Una coreógrafa elige su película favorita: Diana Szeinblum y Las alas del deseo, de Wim Wenders.
Entre el cielo y la Tierra

Podría decir que el cine es el valle de mis pasiones. Así es como mi primer recuerdo de asistir al cine marca todas las noches oscuras de mi infancia. De muy niña soñaba con los cisnes de Tchaikovsky, música que tarareaba igual que las canciones de María Elena Walsh. Mi madre y padre, influenciados por mi deseo, me llevaron a ver el El lago de los cisnes. Ya sentada en la platea, con mi cuerpecito de niña frente a semejante pantalla, me dispuse a ver en imagen lo que había fantaseado tantas tardes con mi disco de pasta y su tapa de bailarinas de tutus blancos. Todo venía siendo superador, cuando de repente, en un primer plano devastador, con el atributo único de la lente cinematográfica, apareció la cara del horror: el brujo, una imagen fuera de cualquier plan, una imagen para la que no estaba de ninguna manera preparada. Así se introduce en mí lo que diagnosticaron como terrores nocturnos, ví esa cara pintarrajeada en cada rincón oscuro por años. Freud diría que experimenté lo siniestro, y yo entendí que del cine no saldría nunca más ilesa.

Después descubrí el amor con Melody, la tristeza con Oh Lili, el deseo con El último tango en París, la alegría con La fiesta inolvidable –en la que dejé, avergonzada, un charco de pis debajo de la butaca–, y la ira con El Resplandor.

En 1987 se estrenó Las Alas del deseo de Wim Wenders, la inmortal historia de dos hombres que son ángeles. Sí, angeles. El argumento de la película es desde el inicio un truco extraño. Viven en blanco y negro y atestiguan el devenir de la vida en la Berlín por entonces dividida. Por su condición invisible, no toman parte de los asuntos; se trata, sin embargo, de ángeles que en sus disquisiciones filosóficas encuentran en las palabras, los sonidos, los objetos, los comportamientos, aquello que construye al género humano. Por eso uno de ellos, con el afán de sentir las pasiones de los mortales, decide sacrificar su inmortalidad y desciende al melancólico mundo del color, el mundo real y finito .

Acostumbrada a que el cine me tome y me lleve a su último destino, estaba esta vez frente a una pelicula que abría un jardín diferente, donde todo estaba fuera, fuera y mas allá. Wenders dispone a sus personajes del blanco y negro por detrás de las cosas y usa la contemplación como una forma de mirar el mundo. En su película escuchan más de lo que hablan, cierran los ojos frente a los codiciados primeros planos, sólo los niños y los necesitados tienen la capacidad de verlos, elige una luz sepia al acecho de lo que se deja entrever, filma una ciudad deforme por sus figuras olvidadas en alturas inquietantes que dejan sentir lo que hay entre, lo que hay entre el espacio y la tierra. Cada tanto, bellos textos poéticos de Peter Handke hablan de las pasiones, pero no de una e inalcanzable, sino de todas juntas, maraña que cada espectador podrá decifrar a su manera, pero no después en su casa, sino ahí, en la soledad misma del encuentro del cuerpo y el fotograma.

Las imágenes eran visiones panorámicas como al acecho de lo invisible, pero curiosamente desde mi butaca algo se dejaba ver, yo no paraba de ver. La pelicula fue para mí un suave impacto físico que en su combinación me dejó viajando por una frecuencia que logró descubrir, abrir, percibir, permanecer, en los intersticios.

De niña escuchaba voces. Amaba jugar con los ojos cerrados. Era muy mala en el colegio, me decían que vivía en el limbo. Bailar era para mí como respirar, mi capítulo preferido era el de Alicia cuando caía al precipicio. El viento era apasionante para mí, recuerdo abrir las ventanas del auto de mi papá para sentirlo, practicaba mucho mirar panorámicamente, esto hacía que permaneciera frente al mar por horas, veía en las nubes los monstruos más perfectos. 

Probablemente tuve un ángel durante mi infancia como guía, un ángel que me mostró el orden humano pero en ocasiones me dejó entrever otros órdenes visibles. El resultado fue una niñez difícil, dolorosa, solitaria, pero que al mismo tiempo creó en mí un deseo feroz de transitar este mundo para ser parte del otro y volver a toparme con él. 

Nota al pie: Años más tarde me fui a vivir a Alemania tras el Tanzteather de Pina Bausch, y hace no muchos años Wenders filma Pina, un documental homenaje a su trabajo. Todas coincidencias que, como entenderán, no son nada casuales para mí.


Diana Szeinblum es bailarina y coreógrafa. Bailó en la Compañía del Teatro San Martín con dirección de Oscar Araíz. Estudió en la Folkwang Tanz Schule (Alemania). Bailó con la Compañía F.T.S. bajo la dirección artística de Pina Bausch, donde trabajó con coreógrafos como Susanne Linke y Urs Dietrich, entre otros. Creó las obras Secreto y Malibu, subsidiada por Antorchas; A la hora de oro, para el Ballet del Teatro San Martín; 34 metros, sur, video-danza en homenaje a Kaguel para el CETC; Alaska, subsidiada x Prodanza; La mesa es un pedazo de madera para el TACEC; Brasilia, a pedido del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago; Una cosa por vez, subsidiada x Prodanza; Sansón para la Compañía Nacional; Los Contempladores, performance para Bienal de Performance 2015; Mi contundente situación para El Borde de Sí Mismo en el MAMBA y Adentro!  para el CTBA,Teatro la Ribera. Recibió numerosos premios como Teatro del Mundo, Trinidad Guevara y realizó giras por Latinoamérica, Europa y Asia.

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