Amigos con beneficios
La Academia Nacional de Bellas Artes festeja 80 años con una serie de muestras y publicaciones inéditas de sus archivos documentales y artísticos. En ese marco, el Museo de Arte Decorativo presenta el legado de Alfredo González Garaño, miembro fundador de la Academia. Es la primera vez que se muestran al público piezas que documentan la amistad de Garaño con Malharro, Cittadini, López Naguil, Gómez Cornet, Blanes Viale, Cao, Pelele, Alejandro Sirio,Le Corbusier y Prebisch –de estos últimos, dibujos de sus planes para la Nueve de Julio–, Ricardo Güiraldes y Oliverio Girondo, entre otros. Una colección que es también un redescubrimiento.
La pieza principal es una Atucha decadente y orientalista, del pincel de Anglada Camarasa.La pieza principal es una Atucha decadente y orientalista, del pincel de Anglada Camarasa.La pieza principal es una Atucha decadente y orientalista, del pincel de Anglada Camarasa.La pieza principal es una Atucha decadente y orientalista, del pincel de Anglada Camarasa.La pieza principal es una Atucha decadente y orientalista, del pincel de Anglada Camarasa.
La pieza principal es una Atucha decadente y orientalista, del pincel de Anglada Camarasa. 

Hay algo abrumador en los grandes museos de este mundo, los que crujen de tesoros, los Hermitage, los Louvres, los Prados y la infinitud que es Italia. Hasta el Metropolitan de Nueva York, de este lado del océano, es una inmensidad inabarcable. Estos museos tienen el curioso efecto de poner al arte en un plano casi abstracto: en esas cantidades y calidades, es algo estatal, reunido por fuerzas inexplicables y masivas, más allá de cualquier individuo. Tal vez se pueda decir que esto es un defecto de los museos, porque todos y cada uno de esos lugares comenzaron como colecciones de alguien poderoso o apasionado. Los más grandes arrancaron como las galerías de reyes y emperatrices, los más nuevos como ideas de millonarios dedicados a lucirse. Algunos, como los nuestros, hasta tuvieron el status de ser una forma de construir la Nación, noción pretenciosa que explica que tengamos de los mejores del continente.

López Garaño, el coleccionista, retratado por Le Corbusier.

Lo que resulta relevante para entender que el Museo Nacional de Arte Decorativo le haya dedicado su sala de fumar y su comedor al legado de Alfredo González Garaño a la Academia Nacional de Bellas Artes. Resulta que en esa frase se reúne todo el esquema: el palacete de una familia aficionada al arte, los Errázuriz, transformado en museo público, alimentado con más colecciones privadas donadas o compradas, mostrando ahora más arte legado por un artista que coleccionaba como coleccionan los artistas, entre amigos. Y González Garaño tenía amigos de primera.
La muestra festeja los ochenta años de la Academia mostrando un regalo de uno de sus fundadores, un artista de las primeras generaciones argentinas hoy bastante olvidadón. Garaño hizo lo que se hacía en esa época, formarse en el país, viajar a París –a partir de 1911– y luego terminar, asombroso para nosotros, en España. Claro que era la España que había formado al joven Picasso y tenía unas cuantas cosas que enseñar, lo que explica las colonias argentinas en Madrid y Puerto Pollensa, como explica el bachiller Borges encontrando su lenguaje mientras hablaba de tú. Garaño vuelve al país con la mano segura y un estilo de final de Art Noveau y comienzo de Art Decó que le permitió trabajar como ilustrador, un gusto medio que orientalista y una paleta compleja.

Marietta, musa y esposa del artista legatario, en uno de los varios retratos de la muestra.

Pero lo más relevante para esta muestra es que Garaño volvió también con una notable habilidad para hacer amigos. El “Petiso” –o como se escribía en esos tiempos y figura en alguna dedicatoria, el “Petizo”– paraba con Malharro y Gómez Cornet, recibía a Le Corbusier, trabajaba con caricaturistas como Cao, Sirio y Pelele, charlaba con Güiraldes y Girondo, y hacía reuniones donde los mezclaba con músicos, actores, poetas y arquitectos de los de aquella época, como Alberto Prebisch. La colección legada refleja estas amistadas en papeles dedicados, retratos y bocetos.
La pieza principal, en tamaño, es un retrato muy extraño del maestro de Garaño, Hermenegildo Anglada Camarasa. La tela muestra a una de las Atucha en una suerte de mundo azul, hierática y a la vez frívola y creída, sosteniendo un arco de flores en una suerte de jardín onírico y nocturno. Es un cuadro decadente y enérgico, drogón y complejo, pregnado de lecturas y mucho más de lo que se merecía su protagonista. No es la única mujer en la colección, por supuesto. Garaño figura con un par de pequeñas tintas de damas Art Noveau tardías, de 1920, lánguidas y abstractas, y con un retrato de su mujer Marietta muy bueno pero no muy halagador para la señora. Marietta, como ocurre entre pintores, termina de modelo en varias piezas más, como una encantadora acuarela de Pedro Blanes Viale de 1916 que la muestra curiosamente vestida a la rusa, con camisola abotonada, pantalones, una suerte de gorro frigio y un bastón, de excursión por las Cataratas del Iguazú. Para Marietta también hay varias dedicatorias, como la de dos hieráticas mujeres a la griega, una tinta de Gregorio López Naguil.
Para los que siguen la arquitectura de los tiempos de gloria hay un par de sorpresas. Para empezar, dos dibujos muy bellos y de una exactitud clásica del plan para la Nueve de Julio con el Obelisco como eje. Prebisch había planeado una avenida monumental flanqueada de edificios públicos y privados idénticos y secos, una suerte de paisaje de De Chirico moderno, aséptico y alguito totalitario. Le Corbusier, en cambio, no figura con algún diseño o plan sino con un par de muy buenos retratos de Garaño al lápiz, mostrando que era un buen artista.
Quien visite esta muestra en el Errázuriz puede bajar al subsuelo para ver otra colección-acto de amor, la notable masa de máscaras que reunió la escritora María Luisa Valenzuela en tantísimos viajes. El viejo sótano es, se sabe, bastante grande pero apenas alcanza para contener y exhibir semejante obsesión: las máscaras cubren paredes y más paredes, ordenadas por continentes. Las hay japonesas y chinas, europeas y argentinas, indígenas y africanas, sofisticadas y crudas, compradas en tiendas refinadas y en un chiringuito de mercado rural. Notablemente, todas tienen sus colores vívidos e intactos, sus texturas impecables.
Con lo que dos coleccionistas tan alejados en objetos y épocas, bajo el techo de un museo que arancó como una casa-colección. Este país nunca deja de sorprender.


La muestra Legado González Garaño se puede ver hasta el 27 de noviembre en el Museo de Arte Decorativo, Avda. del Libertador 1902, de martes a domingo de 14 a 19. La muestra Máscaras del mundo. Colección Luisa Valenzuela también estará abierta hasta el 27. Entrada: $20.
El Obelisco en proyecto, de la mano y lápiz de Alberto Prebisch.

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