Fotografía
Los espacios secretos
La sobria e intensa fotografía de la mexicana Graciela Iturbide se dio a conocer a fines de los años setenta, cuando retrató a los habitantes del desierto de Sonora. Y desde entonces se expandió hasta que ahora su mirada en blanco y negro la convirtió en una de las fotógrafas más famosas de América latina. Iturbide está presentando en Buenos Aires la muestra Tiempo suspendido con dos de sus series más crípticas: la primera de fotografías que tomó en el baño de Frida Kahlo y El jardín botánico de Oaxaca, un ensayo donde las plantas son protegidas con estructuras que las sostienen y guían, en semejanza con las prótesis de Frida.
Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.Autorretrato con serpientes,  2006.
Autorretrato con serpientes, 2006.Autorretrato con serpientes, 2006. 

Graciela Iturbide dice que trabaja sorprendiéndose con lo que ve. Y que se sorprende con lo que descubre luego de mirar los contactos de sus fotos. Le pasó con “la mujer ángel”, su famosa fotografía de una dama que pasea por una colina, vestida de mariposa, con una radio en la mano. Una imagen que no recuerda a qué hora tomó y en la cual casi no había reparado hasta que Pedro Ortiz Monasterio le advirtió sobre la fuerza de ese fotograma. Por eso dice que hay dos sorpresas para un fotógrafo: la de la toma y la de la selección, y que la fotografía es un pretexto para conocer el mundo, la cultura y a uno mismo. Graciela Iturbide dice también que soñó que sus negativos se quemaban y que la mujer de las iguanas y la de la radio –dos de sus tomas más conocidas– escapaban corriendo de sus negativos, para salvarse. Dice, además, que mucho de lo que sabe se lo enseñó Manuel Álvarez Bravo. Y que él no fue su maestro de fotografía sino de vida. Que le enseñó a mirar pintura para ser fotógrafa y a no vender obra a precios exorbitantes porque la fotografía es como el grabado y se reproduce para ser apreciada en revistas y libros. Graciela Iturbide dice que todo es documento, hasta lo abstracto. Que, para ella, la realidad es en blanco y negro. Que sólo ve en blanco y negro. Y que no es feminista sino femenina. Que es Graciela Iturbide. 

Jardín botánico Oaxaca, 1998-1999.

Nacida en 1942, la venerada fotógrafa mexicana reafirma en cada uno de sus trabajos una capacidad de observación capaz de atravesar la realidad perpendicularmente. La aparente sencillez de las tomas directas que conforman toda su obra no le impidió nunca expresar una profundidad metafísica y surreal que habla de las cosas más íntimas del alma. Es esa aguda sencillez de mirada, heredada quizá de su maestro, aquella que Graciela Iturbide esgrime para escrutar el mundo. Con ella encaró el primer trabajo que la hiciera conocida: Los que viven en la arena (1978), en el que retrató a los habitantes del pueblo Seri del desierto de Sonora, situado al noroeste de México.
Después de Los que viven en la arena, vino Juchitán de las mujeres, la serie con la que Graciela Iturbide trascendió las fronteras de México. Diez años tardó en fotografiar la vida cotidiana de ese pueblo del istmo de Tehantepec, conviviendo con sus habitantes (1979-1988). Un lugar donde son los hombres quienes mueren de amor por las hembras y, ellas, quienes deciden cual es hombre que desean, tenga pito dulce o salado –como llaman allí a los campesinos y a los marinos, respectivamente–. Iturbide entendió que esa cultura se situaba fuera de todo parámetro conocido y lo expresó con claridad en sus fotografías. Retrató mujeres con serpientes, hembras sosteniendo un cocodrilo de madera, una pared ensangrentada que hace recordar los sacrificios mayas y hasta a un homosexual reflejado en un espejo con el cual parece devolver su otro yo a la fotógrafa y reafirmar, al mismo tiempo, una cultura donde su condición es venerada. 
Constructora de imágenes que mezclan el asombro con la duda, Iturbide es una fotógrafa que, a pesar de ser dueña de un estilo fotográfico de sobriedad suprema, no propone en sus trabajos una simbología explícita ni una explicación fácilmente aprehensible. Es la fuerza escondida en sus imágenes aquello que nos hace viajar hacia adentro y conmovernos hasta el tuétano. Porque nadie que observe sus ensayos verá a la fotografía de la misma manera que antes de este baldazo de perplejidad y certeza conjunta, con el que desconcierta nuestra mirada en cada foto.

Autorretrato en el campo, 1996.

 
Una y otra vez Graciela Iturbide insiste en que lo que le interesa lograr con la fotografía es evidenciar la dignidad del ser humano en cualquier circunstancia. “Busco atrapar la vida en la realidad que me rodea, recordando que mis sueños, mis símbolos y mi imaginación son parte de esa vida. Busco descubrir mi propia nostalgia en los seres humanos. Fotografiar como pretexto de conocer”. 
Es esa misma pasión por investigar los símbolos imaginarios presentes en la realidad, aquello que impulsó las dos series que presenta Graciela Iturbide en la muestra titulada Tiempo suspendido, expuestas en estos días en la Fototeca Latinoamericana de Buenos Aires. Seguramente, dos de las series fotográficas más crípticas de su producción que dialogan ahora, enfrentadas, en las paredes de FoLa. 
La primera está constituida por las fotografías que tomó Iturbide en el baño de Frida Kahlo, un lugar íntimo que contenía cartas secretas, objetos personales, corsés, muletas, batas manchadas de pintura, prótesis, carteles de Stalin, frascos para hacer enemas y otras cosas. El sitio había sido tapiado por instrucciones de Diego Rivera en 1954, luego de la muerte de Frida, y fue reabierto en 2006, cuando Graciela Iturbide pidió autorización para fotografiarlo y reinterpretar a la mítica pintora a través de esos objetos. 
La segunda serie que se muestra en FoLa es un trabajo en desarrollo: El jardín botánico de Oaxaca. Un ensayo iniciado a instancias del pintor Francisco Toledo que dio como fruto el libro Naturata, palabra en latín que significa “naturaleza intervenida por el hombre”. En esas fotografías aparecen sectores de ese jardín y de muchos otros, donde las plantas son protegidas con estructuras que las sostienen y guían, en extraña semejanza con las prótesis de Frida. Por eso, las dos series se   exhiben juntas. 
Pero ninguno de esos dos trabajos tendría el mismo valor si Graciela Iturbide no fuera tan mexicana, si las fotografías que expone en FoLa no destilaran esa mexicanidad a borbotones y si no estuvieran ligadas por un cordón invisible a las grandes obras que dieron forma a la fotografía de su país. Es ese aire mexicano, de identidad inequívoca, el que atraviesa no sólo en la arquitectura de las fotografías de Iturbide, sino también su hondura. 

Autorretrato en el baño de Frida, 2006.

Las dos series exhibidas en la muestra Tiempo suspendido de la Fototeca Latinoamericana tienen como epílogo varios autorretratos tomados por la fotógrafa durante los últimos 25 años. Exhibido en una mesa, el grupo constituye un rompecabezas de sí misma en el cual pájaros, caracoles y serpientes intervienen su rostro, construyendo un mundo simbólico que expone su propio yo de forma por demás enigmática. Plasmado en fotografías que unen lo arcano y moderno, al mismo tiempo. Como cada una de las imágenes que forman parte de la obra de Graciela Iturbide. Cocidas en el fuego cultural del México más profundo. Y alimento, todas, de una mexicanidad renovada e inquietante.  


 

Tiempo Suspendido se puede visitar en Fototeca Latinoamericana (FoLa), Godoy Cruz 2620/2626, hasta el 3 de diciembre, de lunes a domingo de 12 a 20. Entrada general: $ 70.
El baño de Frida, corset en un estante, 2006.

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