Una luz en el estanque

Una vez mi mamá me contó algo gracioso y a la vez inquietante. Mi abuelo, que por ese entonces tenía poco más de cincuenta años, le dijo, señalando a su esposa, mi abuela: "Esta mujer es más fría que un témpano", enojado, visiblemente malhumorado. Lo primero que pensé fue que algo de razón podría haber en todo eso. Sin embargo, quien me parecía una persona callada y reservada era mi abuelo, y no mi abuela. Pero él era una persona muy tierna, que siempre estaba pendiente de la felicidad de sus nietos, regalándonos juguetes para fines de año o para nuestros cumpleaños, aguardándonos en la tranquera de su casa del campo cuando llegábamos para pasar nuestras vacaciones de invierno y contarnos que la tía Ida, su hermana menor, había superado las doce horas cocinando tallarines caseros, dulces de todos los colores y tortas que les regalaba a los viajeros que deambulaban de pueblo en pueblo.

Un domingo mi tía Ida nos prometió que un rato antes del almuerzo juntaría en un fuentón los higos que colgaban de la higuera para que nosotros los peláramos. Mi abuela estaba inquieta, molesta, hablaba sola mucho más que siempre porque mi abuelo se demoraba en la cañada arreglando unos alambres de púas que los animales habían dejado maltrechos. Salí de la habitación atándome los cordones de las zapatillas y le pregunté con quién hablaba porque su voz sonaba desprolija. Mi abuela cruzó su brazo en el mío y me llevó a donde había un laurel enorme y una quinta perfumada por rosas amarillas y rojas. "Ves ‑me dijo con una sonrisa tímida‑, son grandes, redondas y tan hermosas como los aros que colgaban de la oreja de mi madre cuando yo era una niña. Y cuando estoy sola me siento acá para pasar un largo rato viéndolas". Mi hermana apareció detrás del baño de los ancestros y me dijo que me apurara porque una rana había asomado su cabeza. Mi abuela me miró correr de una punta a la otra y me gritó que no pierda mucho tiempo.

Eran poco más de las once cuando llegamos y la encontramos a mi tía Ida en el gallinero dándole de comer a unos gansos domésticos. Abrió la puerta y nos hizo pasar para que intentáramos acariciar a los más pequeños. Mis padres cruzaron el jardín con las bolsas de arpillera que habíamos encontrado en el galpón de las herramientas. Nos habíamos prometido que juntaríamos una cantidad desmesurada de higos silvestres. La tía Ida miró a mis padres y dijo que caminaban algo más lento, cansino o con una paciencia arrítmica, y le aseguró a mi hermana que esa desazón era la razón por la que mis abuelos no estaban presentes. Yo la escuché y no comprendí cómo se había dado cuenta, y aunque me pareció una observación valedera cuando nos dejó solos en el gallinero y mi hermana me recordó que si nos hubiésemos amuchado en los asientos traseros mis abuelos no habrían faltado al almuerzo sentí algo parecido al desaliento. Estuvimos una media hora formando figuras zigzagueantes y juntando nuestras palmas para que los gansos picotearan los granos de maíz más frescos. Y cuando caíamos en la cuenta de que teníamos que comprobar si la higuera estaba vacía una mariposa cayó contra las piedras que formaban un sendero desparejo.

Corrimos apurados hasta la cocina porque parte del ala había desaparecido y la única manera de remediarla era reemplazando el espacio vacío con un pedazo diminuto de cinta adhesiva. Mi tía Ida removió servilletas y manteles en los cajones del aparador viejo y encontró una estrecha y transparente. Mi mamá nos miró con cara de otro mundo y le hizo repetir a mi tía Ida el castigo que había recibido mi abuela cuando era una niña y retorcía a los sapos en una máquina de fiambres en desuso. Hablaron de las oraciones que mi abuela les ofrecía a los muertos minutos antes de las cinco cuando aún no había amanecido, y de su paciencia infinita, y su obsesión y recurrente rutina para preparar el almuerzo y la cena a una hora comedida. Pero nada desvió nuestra atención de nuestro experimento, porque creíamos que manteniendo el pulso firme y parejo lograríamos que la mariposa retomara su vuelo. Cuando finalmente era evidente que habíamos perdido el tiempo para pelar los higos y la comida estaba servida todo salió como nosotros no habíamos creído. La cinta arrastraba más y más vestigios verdes y amarillos y el ala lentamente se redujo a una ilusión sin sentido. Debíamos tomar una decisión y mi hermana me preguntaba una y otra vez lo mismo. No queríamos que sufriera, y cualquier elección se suspendía en un abismo porque desconocíamos el momento oportuno.

Después, mucho tiempo después, le conté a mi mamá mis recuerdos y le pregunté por ese día tan significativo en la casa de mis abuelos paternos. Quería saber qué le había respondido mi abuela a mi abuelo: si había escuchado y se había hecho la tonta, si su reacción le había hecho pensar que mi mamá no debía enterarse de esas cosas, o si simplemente había respondido de una manera quejosa. Algo así como "Mientras vos medís mi temperatura, yo voy a seguir calentando la sopa". Pero lo que ella me dijo me sorprendió sobremanera. Esperó a la hora de la siesta y se sentó con mi mamá en los sillones de plástico con tiras naranjas que había en el patio. Era domingo, claro, el tiempo pasaba de largo y su hijo junto a sus nietos dormían en la habitación con estufa de bronce. "¿Sabés una cosa, nena? ‑le dijo‑: éramos inmigrantes, hijos de inmigrantes, y estábamos acostumbrados a vivir como la vida se nos ofrecía, siempre ocupándonos del tiempo, y nunca alcanzaba, nunca alcanzaba lo que la vida nos había dado sin pedirnos otra cosa que esa tozuda visión que teníamos".

Me sorprendió sobremanera porque mi abuela había dado en la tecla. O al menos eso creí y sigo creyendo al recordar su inequívoca respuesta cuando le pedía que se cuide después de despedirme. Ella me decía: "Ah ‑y se reía, mucho‑, ¿de qué querés que me cuide?" O cuando mi abuelo se sentaba bajo la parra deshilachada y leía el diario que compraba a la mañana y releía al caer la media tarde, y en un tono repleto de complicidades me explicaba que el toro se subía a las vacas para ver por dónde andaban los otros animales. Creo que esa sonrisa y esa risa tímida de mi abuela no eran muy diferentes a la expresión de mi abuelo, a su propia manera de ver reflejada la vida en sí mismo y en los demás. Extraño mucho a mis abuelos, y cuando tengo la ocasión de recordarlos siento una dicha que se parece a su ternura, a la ternura que nos prodigaban a mi hermana y a mí en esos días helados de invierno cuando se acercaban nuestras vacaciones y estábamos ansiosos porque el almanaque acumularía los días que pasaríamos sin bañarnos en el estanque de cemento. Después de todo, al fin nada es cierto. Sólo es cierto lo que llevamos puesto.

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