Algo que debe ser escuchado
Imagen: Verónica Bellomo

Como todo paradigma establecido, su deconstrucción y cambio lleva un proceso. Vivir en un pueblo permite mirar las cosas más de cerca. Cuando mi hija mujer era chiquita, pensaba, como resultante lógica del patriarcado, que algún día ella sería Reina de la Manzana, en Villa Regina, lugar donde nació. Pues ella misma era una manzanita, fruto de esa tierra; en tal caso debería estar preparada –suponía– para el reinado. Ahora, a la luz de las realidades que conozco, me río de mí misma. Hace más de quince años vivo en Villa La Angostura. Una cosa que me llamó la atención fue que en general no resultaban ganadoras las niñas locales, es decir: con la fisonomía de las mujeres propias del lugar. El estereotipo de la rubia sonriente se imponía año a año. Pero lo segundo, y no menos importante, era que las reinas no hacían otra cosa más que ganar el concurso; en realidad no había una tarea de representación de la cultura e identidad del pueblo. Se las bonificaba, sí, con una beca estudiantil que durante el reinado pagaba el municipio. Así, alenté a mi hija a que se presentara, para cambiar ese objetivo de mujer-bonita-adorno, bonita, según el canon de belleza sostenido, ya que ella es una joven comprometida socialmente, trabaja y estudia con responsabilidad y abrazó a este pueblo como a su propia cuna. Además también es bonita según los cánones, lo que le daba el changüí para el  concurso; ¿qué podía fallar? La respuesta la tuve prontamente de la mano de una de las miembros del jurado, después de finalizado el certamen: “Tu hija es muy linda, pero ‘Fulanita’… hace tiempo que viene participando y nunca gana. Por ahí la próxima vez le toque a la tuya”. (Me vuelvo a reír de mí y de la situación). Y nada cambió. En realidad los aspectos menos ponderables de los concursos se fueron intensificando. 

Como soy Técnica Universitaria en Gestión Cultural, por mi actividad estudié varios aspectos de la vida del pueblo en ese plano. Para el subsecretario de Cultura, el tema resultaba espinoso por las cosas que veía y entonces comenzó a hacerme consultas al respecto. En principio casi ninguna de las postulantes tenía idea muy clara de cómo eran la gente y el lugar donde vivían. Para ello se estableció entonces una capacitación previa a la que estaban obligadas las participantes y que incluía el recorrido del Casco Histórico y otros sitios patrimoniales del pueblo. Pero dos variables iban en crecimiento y fueron indicativos muy fuertes como para ignorarlos: primero la insistencia de padres y novios para que las chicas se presentaran; segundo, las chicas no querían presentarse. 

De más está decir que si bien el subsecretario se ocupaba de hacer rotar a los jurados año a año y constituirlo en forma confidencial para que ninguno supiera de antemano quiénes eran sus pares y menos aún conocieran la identidad de las participantes, hasta último momento (lo cual dejaba muy afuera el circo mediático de las redes, donde se pondera tanto como se defenestra), de todas formas, por hábitos y costumbres, si bien no podía decir quién resultaría ganadora, sabía intuitivamente quiénes no lo serían. Y éste es un punto de inflexión, sumado a los dos indicadores anteriores. De alguna manera, la merma voluntaria para la participación estaba anunciando algo que debía ser escuchado.

Q Docente y técnica universitaria en Gestión Cultural, redactora de la ordenanza que derogó los concursos de belleza de la Fiesta de los Jardines, de La Angostura, y los reemplazó por la elección de jóvenes destacados.

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