¿Por qué Matías Bruno?
El arte de (re)correr fronteras

Matías Bruno nació en Adrogué hace 39 años. Su voz es amable, tanto que cuando uno se acostumbra al tono, de repente una palabra ensaya una estocada y se clava entre los huesos. Estudió Sociología en 2001, cuando la crisis amenazaba con cerrar la sede que la UBA aún conserva en Marcelo T. de Alvear y con clausurar todo espacio de intercambio y reflexión crítica. En aquel entonces, tal vez por respirar tan profundo el oxígeno conurbano, se empezó a interesar por los márgenes y sus protagonistas. Comenzó a trabajar ad honorem –vaya paradoja– en temas demográficos en el cuartel IX de Lomas de Zamora, área de precariedades y asentamientos. En 2003 se unió al Centro de Estudios de Población (Cenep), del cual aún forma parte.   

Entre 2005 y 2010 fue becario del Conicet pero optó por abandonar una promisoria Carrera de Investigador Científico (CIC) porque sentía en ese momento que su curiosidad podría ser coartada por el sedentarismo que, habitualmente, caracteriza a la investigación. La llegada de familias paraguayas y peruanas, a comienzos del siglo XXI, lo empujaba a querer saber más, a pensar acerca de sus trayectorias laborales y sus recorridos de vida. El objetivo era quebrar sentidos comunes y afirmar en un documento llamado tesis que, aunque los argentinos tendemos a mirar la otredad con los ojos un poco vendados, no es homogénea tal marginalidad. Por el contrario, lo que ocurre es que nos acercamos a la pobreza con los ojos del miserabilismo (recaemos en su denostación) o del populismo (acentuamos su glorificación). Así fue como se recibió de Magíster en Demografía Social en la Universidad Nacional de Luján (2010). 

Con ese ánimo de (re)correr fronteras, en 2012 llegó la invitación para dar clases de sociología en el Centro Universitario San Martín que funciona en la Unidad Penal n° 48, en José León Suárez. Desde aquel momento, enseña y aprende de adultos privados de su libertad que, por haber cursado una carrera universitaria, probablemente dispondrán de más opciones al momento de reinsertarse en la sociedad. A las pocas semanas del comienzo de clases, la escena se repite: “el lenguaje tumbero comienza a mezclarse con los conceptos de Marx, Durkheim y Weber. No es que reemplazan sus propias formas de expresión por las nuevas que les proponemos, sino que advierten que hay otras maneras de pensar la realidad, más allá de las que aprendieron durante toda su vida”, suelta Bruno. De eso se trata estudiar después de todo. En el presente, además, se desempeña como consultor de organismos nacionales e internacionales en temas de población. Integró la Comisión Directiva de la Asociación de Estudios de Población de Argentina (AEPA) y actualmente coordina la Comisión Científica sobre Población y Violencias. Todo con el mismo ímpetu y con una promesa latente: que algún buen día los márgenes se vuelvan centros.

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