La muy dudosa eficiencia de la orden a los policías de ir Armados fuera de servicio
Con el arma siempre encima
Sólo la PSA ordena a los efectivos que dejen el arma al dejar su turno, y otras fuerzas los cargan por “maricones”. Mientras, no sólo mueren civiles sino que los agentes enfrentan riesgos muy grandes al actuar sin respaldo.
Gatillo fácil: Sonia Colman y Sabrina Olmos murieron por disparos policiales en casos en los que no tenían nada que ver.Gatillo fácil: Sonia Colman y Sabrina Olmos murieron por disparos policiales en casos en los que no tenían nada que ver.Gatillo fácil: Sonia Colman y Sabrina Olmos murieron por disparos policiales en casos en los que no tenían nada que ver.Gatillo fácil: Sonia Colman y Sabrina Olmos murieron por disparos policiales en casos en los que no tenían nada que ver.Gatillo fácil: Sonia Colman y Sabrina Olmos murieron por disparos policiales en casos en los que no tenían nada que ver.
Gatillo fácil: Sonia Colman y Sabrina Olmos murieron por disparos policiales en casos en los que no tenían nada que ver. 

El uso de armas de los efectivos policiales no estando en servicio –como en el caso del micro de Esteban Echeverría– levantó y aún levanta enormes polémicas. En tiempos en que la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) fue diseñada por Marcelo Saín, se determinó que los efectivos deben tomar el arma cuando entran a servicio y dejarla cuando se retiran. La medida provocó una enorme controversia, al punto que los integrantes de la PSA se quejaban porque los trataban de “maricones” los miembros de las otras fuerzas. La idea fue limitar el uso de armas, algo que además deriva en muchas muertes de policías a los que sorprenden cuando intervienen de manera espontánea. El otro objetivo era evitar violencia con el arma reglamentaria en femicidios, peleas, conflictos hasta barriales, accidentes en la manipulación de armas por parte de un familiar, en general un niño, y la intervención no organizada que deriva en que se le dispara a la multitud o a personas que corren por la calle. Las otras fuerzas le permiten a sus efectivos que porten las armas las 24 horas, lo que de por sí ya es un peligro. Aún en servicio, existen tremendos precedentes de policías que disparan a raíz de un robo y que matan a mujeres y niños que no tenían nada que ver. O sea, la intervención policial causó y causa un daño infinitamente mayor que el hecho que la originó. 

La realidad es que hoy, las fuerzas de seguridad habilitan la intervención policial fuera de servicio en forma implícita. Si el efectivo tiene su pistola se le dá la tácita habilitación para usarla. En su momento, el régimen de la PSA intentó imponerse a las demás fuerzas, pero hubo tal resistencia que no prosperó. El dato curioso es que la nueva administración de Cambiemos está tratando de revertir lo que ocurre en la PSA pero se encuentra con un obstáculo: la ley indica que para que el efectivo pueda portar el arma de manera más extendida debe tener un apto psicológico. Y el problema es que los psicólogos se resisten a firmar esos aptos. Igual, el proceso retrógrado está en marcha. 

En la Policía Bonaerense la ley establece que el efectivo sólo debe usar el arma en casos en que está en juego la vida, no la propiedad, del propio policía o de la población. Pero la norma tiene un agregado llamativo: “si voluntariamente interviniere encontrándose fuera de servicio, los actos que realice para cumplir el cometido indicado en este inciso y sus consecuencias, serán considerados a todos los efectos como actos de servicio”. El párrafo dá a entender que la intervención espontánea se lo reconocerá como un mérito. 

Las catástrofes por el uso de armas no se producen sólo cuando el policía no está en servicio sino en muchísimas ocasiones en que tiran a raíz de un robo y matan a personas que no tienen la menor relación con los hechos. 

Según se consigna con detalle en el archivo de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi), que lidera María del Carmen Vergú, hay hechos emblemáticos.

  • En diciembre de 2007, el teniente de la Bonaerense Oscar Benítez mató de un disparo de Itaka a la vendedora ambulante Sonia Colman. Benítez corría a un joven que había robado una billetera con 80 pesos.
  • En marzo de 2017, en La Boca, policías bonaerenses abrieron fuego contra supuestos delincuentes que habían robado un auto en Lanús. Producto de las balas policiales murió una mujer y otra quedó gravemente herida.
  • En el patio del colegio San José, la adolescente Sabrina Olmos recibió un balazo en el pecho y murió de manera instantánea. Corría agosto de 2014. El proyectil salió del arma de un policía en el marco de la persecución por el robo de un automóvil. 
  • La maestra Claudia Flamini, también en La Boca, perdió la vida por un disparo del policía Mariano Socio quien, supuestamente, venía en un grupo de efectivos persiguiendo a cuatro personas sospechosas.
  • En Quilmes, cuatro delincuentes entraron a robar a una casa de comidas. A la salida, se encontraron con un grupo de policías que estaban cargando nafta. Empezaron a disparar en medio de la gente. Una bala dió en la médula de Carla Lacorte que, desde entonces, está en silla de ruedas. 
  • En Mar del Plata un policía que estaba comprando en un supermercado chino intervino a raíz de que entraron dos ladrones. Empezó a disparar y terminó pegándole un tiro letal al hijo de la dueña. 

Los casos se cuentan por decenas y decenas. En el mundo la instrucción policial tiende en la actualidad a limitar el uso de armas lo máximo posible, justamente porque el robo de una propiedad no puede terminar en la muerte de una esposa o un hijo o, como en el caso de Esteban Echeverría, en la muerte de una pasajera. Tener una ministra de Seguridad que alienta el armamento y elogia al efectivo que dispara a discreción, termina influyendo a veteranos que se sienten con licencia para matar y a jóvenes que recién salen de la academia y que creen que si desenfundan y tiran les darán una medalla y  ascenderán en el escalafón muchísimo más rápido.

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