Aparición del cuarto número de la revista que mira el fútbol con ojo crítico
Las historias de “Don Julio”
Imagen: DyN

Al que se tope con Don Julio en un quiosco o una librería le tienen que gustar dos cosas: el fútbol y la lectura. Desde el nombre la revista alude a un hombre que era así llamado por sus cortesanos, otros hombres chiquitos y carentes de pensamiento propio. Lo curioso es que el producto se mimetiza con la identidad de Grondona pero en sus páginas no encontraremos denuncias de corrupción, dirigentes de buen pasar y escándalos como el de la FIFA. Todo lo contrario, porque no se lo propone. Acaso porque en un sentido sea la contracara de la revista Un Caño –un título más romántico si se trata del juego– pero que en su actual edición virtual sigue molestando con sus investigaciones. Don Julio se para en otro lugar. Elige contar historias olvidadas con un estilo tributario del non fiction. No se impone dejar desnuda a la maquinaria que todo lo contamina. Ni profesa un mantra periodístico específico.   
Cuando salió en junio de 2013, sus editores se autoproclamaron diferentes y en rigor lo son. Desde su declaración de principios ya lo decían: “Somos Don Julio porque no tenemos nada que ver con él”. Por lo pronto, los periodistas, reporteros gráficos y la diseñadora que hacen la revista no frecuentan ni le sacan provecho al poder. Lo hacían, sí, otros hombres tan chiquitos como aquellos que adulaban a Grondona, pero que usan micrófono o grabador. Responsables en cierta medida de que el dirigente fallecido conservara esa aureola de personaje intocable durante más de tres décadas. 
Si el staff de Don Julio tuviera esa genética, la revista no se hubiera discontinuado, ni sufriría los avatares de un país en pronunciado declive. Volvió ahora, por el cuarto número, con la promesa de regresar en marzo de 2017. Lo dicen sus creadores cuando explican la esencia de lo que hacen en la primera página: “Financiada y distribuida por quienes la editaron”. A pulmón, difundida boca a boca o por las redes sociales. Entregada en mano o vendida en un puñado de librerías y quioscos.
Don Julio tiene un nombre que representa el pasado, sacado de una película de Coppola o Scorsese y que vale lo que pesa. El gramaje de su papel ilustración es el de un libro, porque como dicen sus autores “somos ahora una revista a la que le gusta llamarse libro, un libro al que le gusta llamarse revista y que intenta escribir historias que parten desde el fútbol para, en realidad, contar otra cosa…” 
En cada número se relatan once historias donde el juego es el escenario de fondo, pero lo que atrae son los protagonistas. Un equipo de presos que sale de una cárcel para jugar cada fin de semana en la liga de Dolores se llama Ferroviarios de Sevigné. Un pueblito rural que no llega a 300 habitantes. Llegan esposados a la cancha en un camión del servicio penitenciario y como llegan, vuelven a irse igual después de 90 minutos de libertad condicional mientras corren detrás de una pelota. 
También cuenta Don Julio la vida del papá de Neymar, un puntero del Jabaquara Atlético Clube al que un accidente automovilístico le cambió su vida deportiva. Y que bien pudo cambiársela también a su hijo, el crack del Barcelona. Era un bebé y saltó de la sillita por el choque. Apenas tuvo un corte en la cabeza sin consecuencias peores. Pero el primer Neymar sufrió una luxación grave de pelvis de la que no volvería a recuperarse del todo. Su pequeño, al que la madre quería bautizar Mateus, lo reivindicaría años después. Está muy claro que fue así. 
Historias como esas, o la del detector de talentos de River al que apodan el Ojo o la del argentino Oscar Elizondo que se salvó de morir en un partido del campeonato egipcio –algo tan naturalizado en nuestros torneos–, hacen de Don Julio una revista que vale la pena leer. Hay que darse un tiempo y relajarse para sentirla como ese libro que bien podría haber sido, pero que no lo es del todo. En la ambigüedad de su formato perviven dos amores que van de la mano: el fútbol y la crónica narrativa. Como los Neymar, cuando el padre llevaba a su hijo a ver los partidos que jugaba en el interior de San Pablo. 
En una entrevista de 2014, Federico Bassahún, uno de sus editores, decía: “En Don Julio nos conformamos con hacer una revista que nos devolvió las ganas de hacer periodismo”. Se nota que no las perdieron, más allá de la ausencia de publicidad o de otros estímulos materiales. En el fútbol y su periferia siempre hay materia prima para encontrar buenas historias. Hay que tener la mente despierta para detectarlas, investigar en sus pliegues después y una pluma lúcida para escribirlas. La revista-libro conserva las tres cosas. Como la tortuga, Don Julio busca alejarse a paso lento pero seguro de la dinámica dominante en la mayoría de la prensa deportiva.

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