Miguel Angel Solá habla de su participación en la película Tampoco tan grandes
“Yo no me propuse hacer reír”
El actor participa en la comedia de Federico Sosa. Dice que su personaje “no intenta causar gracia, sino que simplemente el humor de las situaciones sale de él” y asegura que le interesaba realizar algo diferente a lo que venía haciendo en cine.
Miguel Angel Solá señala que quería “jugar un poco” como actor.Miguel Angel Solá señala que quería “jugar un poco” como actor.Miguel Angel Solá señala que quería “jugar un poco” como actor.Miguel Angel Solá señala que quería “jugar un poco” como actor.Miguel Angel Solá señala que quería “jugar un poco” como actor.
Miguel Angel Solá señala que quería “jugar un poco” como actor. 
Imagen: Guadalupe Lombardo

Lo primero que llama la atención en Tampoco tan grandes, de Federico Sosa, es la participación de Miguel Angel Solá en una comedia. Claro que Natalio no es el personaje protagónico, pero tiene efectos determinantes en la vida de Lola (Paula Reca), una treintañera con trabajo estable y que está por casarse. Pero ella un día se entera de que su padre, a quien siempre creyó muerto, acaba de morir en Mar del Plata. Lola debe viajar en forma urgente a esa ciudad para arreglar los detalles de su herencia. Una serie de vicisitudes la obligan a recurrir a Teo, su ex novio (Andrés Ciavaglia), a quien no ve hace tres años, para que la lleve. Teo es también un treintañero en plena crisis existencial al cuidado de su hermana Rita (María Canale), que está en rehabilitación por drogas. Allí en Mar del Plata, Lola conoce a Natalio, el ex marido de su padre, de luto por la pérdida. Los cuatro emprenden un viaje inesperado hacia Bariloche en el que deberán enfrentarse a sus mayores incapacidades y que fundamentalmente los hará “crecer” de una vez por todas. Solá asegura que le pareció “divertido” encarnar a Natalio. “Un juego de lo que es el desencuentro del amor en gente joven y la pérdida del amor en una persona que, a pesar de querer ser jovial, está mirando la parte de la soledad de la vida”, confiesa, casi al mismo tiempo que asegura que le interesaba hacer algo diferente a lo que había hecho hasta este momento en cine. “Y jugar un poco”, apunta. 

–Su personaje tiene algo de gracioso y algo de melancólico. ¿Cómo fue trabajar esa ambivalencia?

–Es gracioso por la circunstancia. No es que intente hacerse el gracioso. Tiene salidas que son humorísticas pero que él considera normales. No creo que intente causar gracia sino que simplemente el humor de las situaciones sale de él.

–¿Las muertes siempre tienen efectos colaterales en las familias?

–Sí, claro. Las muertes en las familias son horrorosas. Yo perdí a mi madre a los 20 años y al resto de mis parientes en los siguientes siete. Éramos una familia grande y hermosa, llena de arte, de alegría de estar juntos y, de golpe, se fueron muriendo. Pero, además, se fueron muriendo de maneras muy duras. Las muertes duras tienen mucho que ver con lo que hacen en el entorno. Lastiman mucho. 

–¿Las pérdidas siempre hacen crecer a los que quedan?

–A veces, sí y en otras ocasiones no. A veces, hunden mucho a las personas que tienen que remar contracorriente mucho tiempo para poder asumir las cosas.

–A diferencia de otras separaciones, la de la muerte es definitiva. No hay posibilidad de reencontrarse con la persona. ¿Cree que por eso se vive con tanto dramatismo en Occidente?

–No tengo experiencia oriental ni de otro lugar que no sea de Occidente. Sé cómo lo viven en Oriente, donde pasa a ser como algo natural, como una parte de la vida. Pero acá en Occidente estamos también muy condicionados por la cantidad de cosas que tenemos, que hemos generado para distraernos de las cosas esenciales de la vida. Yo sí sé que en lugares supuestamente más atrasados, los ancianos siguen teniendo una enorme importancia en la vida del entorno, de la familia, del grupo, de la tribu. Acá no sé. Acá se ha ido desintegrando el vínculo, ese vínculo que une al padre, al hijo, a la madre, a la hija, al abuelo, a la abuela, a la tía. Por supuesto que hay cientos de familias que siguen unidas, pero todo tiende a que la familia se disgregue o desaparezca. 

–¿El amor es amigo del dolor?

–No es que sea amigo. Es inseparable. La vida es eso: dolor, alegría, un poquito de todo eso junto. Y el dolor no se puede separar del amor. El amor duele. Duele en todas partes. Duele físicamente, mentalmente, duele en la garganta, en el estómago. El amor es eso. 

–Recién decía que su personaje no es gracioso sino que se generan situaciones graciosas por lo excéntrico que es. En ese sentido, ¿para usted es más fácil hacer reír o hacer llorar?

–No sé. Lo único terrible sería que la gente se ría cuando tiene que llorar y que llore cuando tenga que reírse. Pero eso no lo sé. Yo no me propuse hacer reír. Yo propuse hacer un personaje con un almita muy frágil y débil, lastimado por una circunstancia y asombrado por lo que descubre detrás de esa circunstancia, que es una hija que no ha sido suya sino de su amor. Y la empieza a querer y a proteger un poquito, sin aconsejarle como un padre. Protegerla de sí misma, de que no pierda el tiempo, de que la vida es una sola, que hoy es hoy, que no se puede confundir, que el tiempo no vuelve y que éste es lo único que tenemos para darles a los seres humanos. 

–¿El artista puede o debe admirar al personaje que interpreta?

–Puede admirar por determinadas cosas a un personaje. Puede decir: “¡Uy, que libre es este ser humano de poder manifestar estas cosas!, ¡Qué suerte que este ser puede verse así a través de una pantalla!”. Me pasó con Casas de fuego, un tipo que deja toda la vida cómoda por salir a pelear con algo que le va a tirar encima a los gobiernos, a los poderes, a la medicina, a la Iglesia, a todo el mundo. Sin embargo, el tipo siguió, insistió, peleó. Tenía razón. Y murió del mismo mal que investigaba. Todo su equipo murió porque se inoculaban la picadura de vinchuca ya que no tenían manera de probar que era la vinchuca la que provoca el Mal de Chagas. ¿Cómo no vas a admirar a un tipo así? Después, tenés a Valdés Cora, el asesino en Asesinato en el Senado de la Nación. ¿Cómo vas a admirar a ese tipo? 

–¿Hubo algún personaje que lo haya representado mejor que ninguno a usted mismo?

–Con quien más me he identificado fue con Salvador Mazza (el médico de Casas de fuego). También hay un personaje en Una sombra ya pronto serás, el ingeniero, que es un poco como yo, desconcertado. Un boquiabierto ante la vida sin rumbo, sin saber para dónde ir, dónde quedarse, sabiendo que todo está más allá. Es el personaje con el que más me empariento. Me empariento con lo de “a dónde me lleva la vida”, sabiendo que siempre me lleva para allá y que allá está la última cruz. 

–¿Qué le ofreció y qué le quitó el cine a su vida?

–Me ofreció poder comer, seres que no habría conocido si no los hubiera podido hacer. Me ofreció otros seres que ido conociendo que han sido importantísimos en mi vida, con los que he compartido muchas horas de trabajo: actrices, actores, técnicos, directores, productores, asistentes. Me ofreció todo eso. ¿Qué me quitó? No me quitó nada. Me dio todo lo que pudo.  

Tampoco tan grandes se estrena este jueves.

Audiovisual
Audiovisual
Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ