Desde la Patagonia argentina

Pasadas las 22 del viernes 20 de enero, cuando los cinco integrantes de Perras on the Beach saltaron sobre el escenario de El Primer Color, en la jornada inicial de ese festival con base en San Martín de Los Andes, pocos esperaban uno de los momentos musicales más sustanciosos de todo el Corredor Patagónico. “Somos de Mendoza, nos gusta el porro”, presentaba Simón Poxyran, un cantante de 19 años, largo, flaco, de boca grande, pelo oxigenado y cierto aspecto de yonki inofensivo. Aunque esa frase inicial –seguida por otras que aludían al uso de drogas y disparaban contra el municipio local– detonaría la indignación de algunos vecinos en redes sociales y medios de la zona, la música de los cuyanos lograba ubicarse con facilidad por encima del escándalo: sus canciones de impulso hormonal y espíritu punk incluidas en su debut Chupalapija –que los puso en el podio entre las revelaciones en la Encuesta 2016 del NO– resultaban un soundtrack honesto, novedoso y atractivo para el comienzo de una semana de turismo musical en el centro de la Patagonia Argentina.

Como kilómetro cero de la edición 2017 del Corredor Patagónico –segundo año para un circuito en crecimiento de festivales de música emergente que se realizan en la zona–, El Primer Color concentró algunas de las bandas jóvenes más movedizas y personales del under nacional. Sobre el escenario, montado en el centro de la Plaza San Martín, en un alto de cemento que se abre en medio de una ciudad protegida por montañas tupidas de un verde oscuro y recostada a orillas del Lago Lácar, la amplia diversidad entre géneros y formas de abordar la canción fueron constante de las dos jornadas: desde la lectura patagónica del sello Laptra por parte de los barilochenses Augusto y los músicos que ya no están y el trance chamánico de Shaman Herrera, pasando por el folclore multicolor de Paloma del Cerro y la canción sintética de Luz París, hasta el funk-rock bailable de Cachengue y los simepagan boys y el gesto power pop sensible y ajustado de los mendocinos Usted Señalemelo.

Barda y Jin Yerei en Mucho Gustok

“Buscamos las bandas más activas, las que tuvieron más movimiento durante el año y las que más nos hubiera gustado ver”, decía Javier Araya, un entusiasta del rock emergente instalado en San Martín de los Andes, diseñador, conductor de radio y productor de El Primer Color desde hace tres años. “Quería un festival en donde las cabezas de cartel fueran las que en los festivales grandes siempre están ahí abajo, buscando un lugarcito. El objetivo es mostrar algo que está pasando ahora, antes de que te lo cuenten.”

Con poncho y una banda apuntalada por un bombo legüero, Diego Martez desplegaba la última versión de su proyecto personal, adelantando algunas canciones de Lo perdido, su próximo disco. Bajo producción de Shaman, lo nuevo de Martez rompe su habitual packaging frágil e introspectivo para proyectarse con presencia a través de un folklore algo oscuro y moderno, que deja ver con claridad el paso de Herrera por esta nueva fase creativa. “Alguien que amamos y admiramos”, decía Martez sobre el productor antes de invitarlo a cantar la canción que nombra su nuevo disco, en uno de los momentos más magnéticos de su show.

Rock al Río

A unos minutos de distancia, Las Sombras se cargaba un set de picos explosivos, sobre riffs de guitarras distorsionadas y ese extraño porte bluesrockero, mezcla árida entre Los Espíritus y The Who. Atrás Hay Truenos, en cambio, proponía un lapso de esa tensión climática, eléctrica y algo nostálgica condensada en Bronce, su último disco, álbum argentino del año en la Encuesta del NO. En combustión con el entorno abierto, debajo de un cielo frío y estrellado, los neuquinos lograban encender sobre el escenario varios chispazos de trance químico.

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A 470 kilómetros hacia el noreste, en General Roca, la segunda parada del Corredor Patagónico reforzaba la propuesta de pluralismo federal, esta vez a orillas del Río Negro. Las tres jornadas de esta nueva edición de Rock al Río (20 a 22 de enero), que empalmaron como la pata alternativa de la tradicional Fiesta Nacional de la Manzana, tuvo desde un buen resumen de los últimos proyectos más distorsionados del territorio argentino (Kepler, Knei, Riel, Las Sombras) hasta exponentes con conceptos de carácter experimental o electrónico (Atrás Hay Truenos, Barda, Eric Mandarina).

“Somos una banda nueva, disculpen que los temas son nuevos”, avisaba Rosario Bléfari al inicio del show de Paisaje Escondido, su nuevo grupo de espíritu viajero. Con Ariel Schlichter en sintes y efectos y Federico Olio en percusión, este formato disipa las estructuras de las canciones de Bléfari tornándolas lapsos imprevistos e irrepetibles, pequeños experimentos casuales como saltos al vacío de cuatro minutos. Sobre un escenario a la orilla del río y bajo un atardecer despejado y caliente, canciones clásicas como Estrella solitaria (de Suárez), Viento helado o Lobo hacían evidente el concepto lúdico de este proyecto que permite ver algo de la incertidumbre fluctuante de los procesos creativos en tiempo real. “Estas canciones nunca serán tocadas de vuelta, son temas que nunca cierran”, decía Rosario.

Knei en Rock al Río

Después, Shaman liquidaba la última parada de su gira patagónica a través de un formato liviano y práctico, acompañado sólo por el peso de su voz, su guitarra de cuerdas de nylon y la tuba de Pablo Girardin, compañero de ruta abocado a sostener las líneas graves de sus canciones. En ese contexto agreste, el conjuro místico de la música de Herrera, inspirada en los paisajes más áridos y desolados del país, parecía alcanzar niveles de combustión emocional irrepetibles. “Ahora me dispongo para lo mejor de la vida... la vida misma”, decía Shaman emocionado, horas después del show, a punto de emprender el regreso a casa para ser padre de su primera hija.

El cierre de la última fecha de Rock al Río tenía en Eric Mandarina uno de sus exponentes más llamativos. Ya sobre una noche de verano cerrada y frente a un público de predominio local, Mandarina sacaba a relucir la habilidad de su tráquea en un show que mezclaba humor y electrónica orgánica con canciones de pulso anfetamínico y bailable. Primero tan sólo con su garganta y su guitarra, alternando sonidos guturales y golpes percusivos, y después acompañado por trombón, trompeta y bajo, Eric repasaba las canciones de Error, su debut, divididas entre el reggae de batalla, el ska-rock y la electrónica, y terminaba llenando el escenario de gente en malla con ganas de bailar. “Cuidemos el río que es hermoso, nosotros tenemos que atravesar mucha basura para llegar a él”, pedía sobre el final, antes de que una larga peregrinación de autos y peatones se perfilara a paso lento camino a la ciudad.

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La parada final del Corredor Patagónico, tras la repentina suspensión del festival Prisma de Bariloche, llegó entre el 24 y el 25 de enero en una nueva edición del Festival Mucho Gustok. Planteado nuevamente sobre Villa Meliquina, un pueblo de escaso acceso turístico ubicado a 35 kilómetros de San Martín de Los Andes, resultó el más logrado del circuito en relación a concepto y forma, agregando el plus de la experiencia agreste a un plan de turismo y música que se instala como gran alternativa de vacaciones de verano.

Con la imponente presencia del lago Meliquina sobre uno de sus extremos, y algunos pocos comercios diseminados entre grandes terrenos en venta, resultaba todo un escenario improbable para un evento de estas características: sin señal de teléfono ni internet, y con la única opción de los generadores eléctricos para alimentar los escenarios. “La desconexión genera un grado de concentración y atención muy especial. Hace que la gente sea más permeable con lo que va pasando con la música”, decía Carla Sanguineti, una de sus responsables.

Mucho Gustok

Desde el mediodía, sobre un parador playero a orillas del lago, se intercalaban propuestas electrónicas –Villa Diamante, Pato Smink, Santi Adano, Barda– y hasta un show de música hindú a cargo del sitarista Sergio Bulgakov en un domo transparente ubicado a metros del agua. Después, a partir de la tardenoche, el escenario principal montado al lado de un centro cultural refugiado entre árboles y del camping donde dormían músicos y público general, cargaba con una grilla centrada en agrupar las nuevas formas del folklore moderno, mezclando su costado digital con su esencia de raíz: desde la épica naturista en la voz de Soema Montenegro, pasando por el imaginario exótico de Weste, como una cleopatra de tez pálida y giros teatrales, hasta Kaleema, una princesita folklórica que siempre arrastra para el lado del baile.

DANA OGAR
El Primer Color

Las presentaciones de Los Cartógrafos, el proyecto de literatura y música improvisada que integran Rosario Bléfari, Romina Zanellato y Nahuel Ugazio, esta vez acompañados por músicos de Paisaje Escondido y Julio & Agosto, y la versión eléctrica sobre el escenario principal de Bulgakov, acompañado por pistas de drum & bass y electro rock, eran algunas de las rarezas más resonantes de un festival que acumulaba público de nacionalidades y culturas de diferentes partes del globo, y que sobre el final alcanzaba un récord de convocatoria que duplicaba el número de habitantes de la villa.  

Sobre la noche del 25, con grandes presentaciones de Fémina, crédito de San Martín de Los Andes que ya proyecta su folklore vivo y mutante por todo el continente americano, y de Chancha Vía Circuito, como un verdadero clásico interno del evento, el cierre del Mucho Gustok lograba cristalizar el extraño efecto de traspolar la experiencia de un festival de música de proyección internacional hacia un punto remoto del mapa, desde algún lugar impensado y poco accesible de la Patagonia Argentina.

DANA OGAR
Shaman en El Primer Color