H.I.J.A.
RESISTENCIAS | El 7 de marzo se estrena Femicidio. Un caso, múltiples luchas, un documental de Mara Avila donde narra en primera persona el femicidio de su madre en 2005. Graduada en Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires, Avila creó esta pieza para presentar como tesina de su carrera, que además es una investigación sobre el rol de los medios en la representación de los crímenes machistas, sobre todo tras la irrupción del Ni Una Menos en la agenda pública. Un retrato emocional y social de quienes quedan sin visibilidad después del desastre.
Imagen: Jose Nico

En un momento de las casi dos horas que dura Femicidio. Un caso, múltiples luchas, Mara Avila dice que baila para mover lo que no se ve. Explica, a través de fotos y de su propio relato, que después del femicidio de su madre (que en 2005 ni siquiera era nombrado como femicidio y que fue caratulado por la justicia como homicidio simple) pasó largos años sin saber cómo vehiculizar la bronca, el dolor, la espesura de eso que todavía no podía ni poner en palabras. Primero viajó, desarmó todo lo que su mamá había fundado para vivir con ella después de la separación con su padre y pronto empezó a sentir esa bruma en su cabeza que no la dejaba pensar, y que solo pudo empezar a desarmar bailando, estudiando, hablando. “Y me vino muy bien que venga una terapeuta y le ponga nombre a lo que me estaba pasando, que era estrés post traumático, porque si bien yo tenía 25 años, no era “grande” como me dijo una vez una periodista. Yo era una nena y para mí mi mamá era todo” dice ahora. Por eso, estrenar este documental es para ella un cierre y un comienzo. Y un gran símbolo que se estrene un día antes del próximo Paro Internacional Feminista del 8M en el Gaumont, a metros del Congreso, donde tantas veces levantó la bandera por su madre y por todas las víctimas. “Yo no decidí la fecha pero viene muy bien” dice Mara, que a la plaza no faltó nunca desde el 3 de junio de 2015 y que hiló su documental en la idea de que poner el cuerpo es fundamental para exorcizar el dolor y para llamar la atención a quienes son indiferentes sobre el machismo, su capacidad de matar y la absoluta invisibilización de lo que ella llama “víctimas colaterales”. “Quedamos vivos y vivas pero hay un signo de pregunta sobre nuestras vidas que lleva mucho tiempo sanar” explica y dice que las ficciones sobre hijos e hijas de desaparecidxs la ayudaron a contar su propia historia pero que cree que la suya es la primera sobre una hija víctima de femicidio. 

A María Elena Gómez la mataron el 19 de julio de 2005 adentro de su propio auto, en una calle iluminada de Puerto Madero. Fueron los mismos agentes de Prefectura que custodian la zona quienes escucharon sus gritos de auxilio y detuvieron al asesino, Ernesto Jorge Narcisi. Ella tenía 53 años, era profesora de inglés, y salió durante cuatro meses con quien terminó matándola a puñaladas. Mara lo vio algunas veces `pero no le gustaba cómo trataba a su mamá. Sin embargo, jamás supo de un problema entre ellxs hasta ahora, que hizo el documental. “La mayoría de las cosas me las enteré de cuatro años a esta parte, porque antes nadie me había contado demasiado. Supe que él una vez le había pegado y ella se lo había comentado a un amigo, también supe que esa noche ella se quiso separar, y también me enteré, y esto está en el documental, que mi tía, mi tío y mis primos vieron el auto en la tele y lo reconocieron, pero se acostaron a dormir hasta que los llamaron para avisarles que, efectivamente, ese era el coche de mi mamá”. La tía de Mara, hermana de su papá, le cuenta esto en una parte de la película en que ella va a visitarla, toman mate, y casi llorando le explica que se fueron a la cama en shock, que no pudieron reaccionar. Pero toda esa madeja de emociones no le impidió seguir adelante, investigar más. Mara fue a la hemeroteca de la biblioteca nacional y le sacó fotos a todos los diarios que dieron cuenta de la noticia. “Crimen pasional”, “Sangriento drama pasional”, “Pasión y muerte en el coqueto Puerto Madero” fueron algunos de los titulares. Pero lo que más le llamó la atención no fue esa insistencia en citar el amor intenso como causa de asesinato sino la literatura en torno a un crimen de género: “en Crónica escribieron, sin firmar, que a mi mamá la habían apuñalado en la vagina. Eso además de falso es truculento y saca el foco de donde tiene que estar: el tipo, que encima era ex policía y sobre eso jamás se dijo nada, apenas la conocía, cuando la agredió le pidió perdón de rodillas y le dijo que sin ella su vida no tenía sentido. Ponerle romanticismo a eso es tan violento como decir que fue apuñalada en la vagina” dice ahora y cita su tesis. “Mi singularidad, como personaje en la historia y como personaje en el film, creo que tuvo que ver con un trabajo de reconstrucción de mi psique y de mi subjetividad, a la vez que con un trabajo concreto de investigación sobre mi cuerpo en tanto que cuerpo político. Gran parte de toda esta investigación-reparación-creación la hice en mi espacio de psicoanálisis; en mi casa como lugar de introspección cotidiana; a la salida de los cines luego de ver films documentales y de ficción que me inspiraban; en mis lecturas sobre género y sobre duelos; en mi contacto con otrxs familiares de víctimas; en mi activismo junto al movimiento de mujeres y al colectivo LGTTBI; y en mis clases de danza contemporánea, bajo la guía de mi profesora, Jimena Pérez Salerno, y en compañía de mis compañeros y compañeras de danza” escribió. 

Narcisi estuvo ocho años preso y su liberación fue un cimbronazo en la vida de Mara. Eso también lo cuenta en la película y habla de lo llamativo que le resulta que nadie hable sobre eso. “Creo que es el estupor que todavía produce sobre nuestros cuerpos la muerte violenta de alguien tan cercano. Nuestros propios lugares como mujeres en una sociedad que nos condena de antemano, o que nos pone en ese lugar edulcorado de pasiones perfumadas” dice Mara y explica que tiene una alerta en su mail que le avisa cuando se escribe “crimen pasional” en los medios. Todavía ocurre y parte del objetivo de su documental es que deje de ocurrir, al tiempo que alienta a otros y otras a narrar sus propias historias. “Es una reparación y un alivio” dice.

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