Gloria Peirano habla de La ruta de los hospitales
“Una muerte temprana te arroja a la vida”
En su tercera novela, la escritora narra “el mundo de una madre y una hija”. Se trata de un libro autobiográfico, pero escrito en segunda persona.
“Más allá de la novela, esta ruta de los hospitales vive en mí”, confiesa Peirano.“Más allá de la novela, esta ruta de los hospitales vive en mí”, confiesa Peirano.“Más allá de la novela, esta ruta de los hospitales vive en mí”, confiesa Peirano.“Más allá de la novela, esta ruta de los hospitales vive en mí”, confiesa Peirano.“Más allá de la novela, esta ruta de los hospitales vive en mí”, confiesa Peirano.
“Más allá de la novela, esta ruta de los hospitales vive en mí”, confiesa Peirano. 
Imagen: Joaquín Salguero

La voz de la madre es un oráculo que franquea el tiempo. Esa madre nutricionista habla con su hija, una niña espectadora muda y embelesada que la acompaña. El drama de la conversación transcurre a veces en los jardines, pabellones o en la cocina de los hospitales donde trabaja: Muñiz, Roca, Español, Británico, Fiorito, Gandulfo, Fernández. Las dos están unidas por el cordón umbilical de una perturbadora herencia. Son huérfanas: el padre de la madre murió cuando ella tenía 22 años; el padre de la hija, cuando la niña tenía 7 años. Esa voz de la madre, en segunda persona, pone a distancia la emoción, sin perder sensibilidad y belleza narrativa. Se podría decir, parafraseando una suerte de estribillo de La ruta de los hospitales (Alfaguara), la tercera novela de Gloria Peirano, que no hay nada más peronista que un hospital al atardecer. El peronismo es el fantasma que recorre la novela y para la nutricionista –que trabajó en la Fundación Eva Perón– es mucho más que eso aún: “Tengo pelo castaño oscuro, ondea hacia atrás. Soy peronista sentimental, como todos. Es que Eva daría su vida por el General. El viento envuelve a la gente que se acerca al auto, sus rostros se estiran, también sus bocas al clamar por Eva Perón, sentada, marmórea, allí adentro, en el asiento posterior, que levanta la mano, los roza, como la mano de Fito en el aire de esa mañana en el Hospital Español de Temperley, barriendo la nada”. 

   No hay nada más íntimo y descarnado que el diálogo entre una madre y una hija. Peirano –profesora de Morfología y Sintaxis en la licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes (UNA)– escribe como si inhalara poesía y exhalara versos que se configuran en frases pulidas con una notable perfección. “Lo que me pasa con las novelas es extraño: me surge primero el título siempre. La ruta de los hospitales empezó a partir de una experiencia autobiográfica: yo fui llevada de chica por mi madre a los hospitales en los que trabajó. Ella era nutricionista. Yo hice esa ruta de los hospitales, yo era la niña en el asiento del copiloto del auto. Conozco esos hospitales con la percepción infantil; es extraño que una niña vea lo que sucede en los hospitales. Esa percepción queda grabada en la memoria en un lugar diferente, que tiene que ver con una idealización, con un paraíso perdido; justo ese espacio que está tan asociado a la enfermedad para mí era un lugar de juego, un lugar de belleza. Más allá de la novela, esta ruta de los hospitales vive en mí”, confiesa Peirano a PáginaI12. 

–¿Cómo ideaste la manera de narrar, ese “tú” que es el “yo” de una madre muerta, de una voz que ya no está?

–La primera operación que hice con este material autobiográfico fue transformarlo en verdadero. Esto es una novela, no es una crónica, está distanciada de lo emocional. La contraseña para transformar lo autobiográfico en verdadero es el lenguaje, la sintaxis, además yo soy especialista en sintaxis. Construir esa segunda persona me permitía instalar esa voz. Si existía ese “tú”, desde ese “tú” podía construir con mayor facilidad esa distancia respecto del material autobiográfico. La contraseña me decía: “escribí en segunda persona”; una segunda persona que sería omnisciente, que conoce el pasado, el presente y el futuro; que conoce el futuro de esa hija. Está muerta, pero además conoce lo que sucede incluso después de su muerte. 

–”El pan con el queso migra de la mano inmensa del cocinero a la mía, luego a la tuya, extendida y demasiado abierta, con los dedos un poco curvados hacia abajo, y entonces se posa en la pequeña mano del niño. Esto es peronismo, lo sabemos. No es caridad, es peronismo, porque así lo entiendo yo, que jamás hablo de política, aunque sí de sombras…”. Qué hermosa descripción. ¿De dónde viene esta imagen y la frase que pronuncia esa madre?

–Hay algunos lectores que me dijeron que es una novela peronista. El peronismo formaba parte del imaginario de mi madre; me interesaba incluir lo histórico, en segundo plano, a partir de la subjetividad del personaje, no directamente. La idea del hospital público está muy ligada a la idea del peronismo. El peronismo aparece en la novela de manera transversal y en segundo plano. Esto es lo que intenté: que no fuera el centro de la novela, sino un vector histórico que acompañe la épica de las mujeres peronistas. Mi madre no venía de familia peronista; el peronismo aparece como algo secreto y vergonzante frente a su familia, pero muy valorado en su quehacer. 

La nutricionista recuerda –vuelve a pasar por su corazón determinadas escenas– y habla. “Me pesaron y midieron en enagua, después de esperar en la fila de mujeres morochas, y tenía el peso y la altura exactos: 1,7 m y 60 kilos. No se lo podría contar a mi padre, muerto hacía cuatro años, y esa punzada de dolor fue lo que me hizo bajar bruscamente de la balanza, trastabillar, vestirme detrás del biombo, volver a toda velocidad a mis tareas como nutricionista en la Escuela de Enfermería de la Fundación Eva Perón. Para mi madre, el peronismo era un disgusto despectivo, que llevaba instalado en las comisuras de los labios y que podía virar a nítida mueca si se encontraba en los aires de la pampa húmeda, en donde había nacido y donde vivían sus hermanas casadas con hombres de la Unión Democrática, de modo que, cuando esa tarde volví a casa, lo callé”.

–”La ruta de los hospitales” es un mundo de mujeres. Los hombres tienen roles muy secundarios en la novela, ¿no?

–Sí, es lo que yo quise contar: el mundo de una madre y una hija, ese vínculo. Por eso también el “tú”, esa intimidad; no hay nada más cercano que la segunda persona: una madre que le habla a una hija. Esta conversación es algo femenino; esto de rizar el rizo que tenemos las mujeres aparece en la novela.

–Hay dos transformaciones que produce la muerte: esa madre huérfana pasa a ser viuda y su hija huérfana. ¿Qué importancia tiene esa viudez y esa orfandad en la novela?

–Me parece que la viudez la lleva a iniciar la ruta de los hospitales, como si contara en ese momento la viudez de la madre de la voz, del personaje que habla, y su orfandad, que la acompaña siempre. Como la permanente mención a su padre es la que la lleva a inaugurar una ruta. La orfandad implica inaugurar una ruta siempre nueva: ella aprende a manejar, sale a la ruta de los hospitales y tiene una hija a la que incluye, que además es huérfana de padre. Cuando sos huérfano, te tenés que inventar una ruta. También hay una apelación a que todos somos huérfanos y tenemos que hacer algo con eso.

–Pero algunos son más huérfanos que otros, en el sentido que la experiencia de una muerte temprana del padre o la madre los marca definitivamente al arrojarlos a la vida de lleno…

–Una muerte temprana te arroja a la vida y tenés que resolverlo. Como si la orfandad te arrojara a un movimiento incesante. El origen de esta ruta, de este trabajo, lo cuenta avanzada la novela, tiene que ver con la muerte de su padre.

–El hecho de que tanto la madre como la hija hayan estado atravesadas por las muertes prematuras de sus padres, ¿es también autobiográfico?

–Sí, eso también es autobiográfico.

–¿Qué reflexión te merece esta herencia de orfandad?

–Esa pregunta solo la puede hacer una huérfana (risas). La orfandad temprana cambia tu condición en el mundo y cuando uno es niño no es tan común. Entonces uno sabe que tiene esa condición cambiada y los demás no. La orfandad en la infancia es muy dolorosa. Y por eso da un poco de vergüenza, como si uno fuera el culpable de ser huérfano. Ese es el estigma del huérfano: “algo habré hecho para no tener papá”... Es indecible en esa edad, pero se lo piensa, como si uno fuera responsable de esa muerte. Mi padre murió cuando yo tenía 7 años y el padre de mi mamá murió cuando ella tenía 22... Yo soy muy desconfiada de lo autobiográfico porque no me interesa lo emocional en estado puro. Me interesa lo emocional atravesado por el lenguaje. Trato de que el lector al final sienta la misma emoción que yo siento al escribir, pero en el durante está el lenguaje. 

– “Nunca me haré transparente para que puedas escribir”, se lee en la novela. ¿El trabajo con el lenguaje estaría en el campo de lo barroco?

–No, no creo que sea barroco. Tal vez pienso más en el mundo de la frase; como yo me dedico a la sintaxis es muy importante para mí como quehacer, como estudio, y en la escritura se ve reflejada. Lo que más me interesa es la construcción de la frase. Cuando escribo, avanzo de frase a frase.

–¿Sin frase no hay escritura?

–Sin frase no hay escritura y toda frase es un drama en movimiento. Si yo construyo una frase, puedo pasar a la siguiente. Como si colocara ladrillos; una cosa bastante obsesiva. Quizá la palabra obsesiva aplicada al tratamiento del lenguaje da algo barroco, pero no es intencional.

–No hay transparencia ni sencillez en la construcción de tus frases...

–Yo valoro mucho la transparencia, pero entiendo que puede haber alteración del orden en el trabajo con la sintaxis, que me resulta muy natural. El tratamiento del lenguaje es lo único que me permite pensar en lo literario. Que se me vuelva el lenguaje extraño; extrañarlo.

–Quizá el hecho de que no seas transparente puede ser una manera de poner lejos la emoción, porque transparencia y emoción suelen ir de la mano y no siempre funcionan bien.

–Sí, puede ser una forma de trabajar… El único material con el que puede trabajar un escritor es el material de la experiencia. El tema es cómo lo vuelve verdadero. Ese es el gran desafío…

“No hay nada más real que un hospital al atardecer”, dice la narradora–nutricionista. Peirano repite lo mismo que escribió y sonríe: “No hay nada más real que un hospital al atardecer por su belleza. Un hospital como el Muñiz es muy bello –pondera la escritora–. Me pasó una cosa muy curiosa: yo no incluí en la ruta un hospital que sí conozco solo por relatos y lo había olvidado completamente. Mi madre hablaba muchísimo del Muñiz, hospital entre los hospitales, el más real de los hospitales. Y hablaba también del Garrigós, un psiquiátrico, que no aparece en la novela porque ella nunca me llevó a hospitales psiquiátricos. Un hospital siempre es un imán para mí, sobre todo un hospital antiguo”.

–¿Todos tus libros están atravesados por el trabajo con el lenguaje?

–Sí, todos. Esta es mi tercera novela; antes escribí Miramar y Las escenas vacías. Un escritor canibaliza los materiales de la experiencia para transformarlos en verdadero. Verdadero significa que para el lector sea posible de leer. Mi contraseña es la frase.

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