Abulia gatuna, corroborada

Basquiat de seguro lo sabía, igual Matisse, Picasso o Georgia O’Keeffe; ni qué decir Florence Henri, Edward Gorey, Claude Cahun, John Cage. Todos, después de todo, tuvieron gatos; y los queridos michifuces –tan venerados por los antiguos egipcios por su don apara velar por las almas de los muertos y, claro, por su capacidad inoxidable para el misterio y el sigilo– no han cambiado particularmente sus costumbres con el correr de los tiempos. De allí que no sorprenda especialmente -al menos, a los humanos que conviven con alguno de los 600 millones de felinos domésticos que habitan hoy día el mundo- cierta reciente conclusión científica: tu gato sí te escucha cuando lo llamás, distingue su nombre entre otras palabras; si no te responde, si no se vuelve, si no se acerca, es porque... no tiene ganas. La perenne incógnita, “¿me está ignorando?”, tiene ¡por fin! esperada respuesta: sí, sí lo hace. “La ciencia tiene menos compresión de las habilidades sociales y cognitivas de los gatos que de los perros domésticos. Investigaciones pasadas han demostrado que los canes reconocen los estados emocionales de las personas y que el tono de voz del dueño afecta el modo en que responden, en que se comparten. Los más entrenados, por caso, pueden distinguir entre 1000 palabras o símbolos distintos. Los gatos, empero, permanecen un misterio; en parte porque no son típicamente analizados por su capacidad social y, en parte porque, bueno, son gatos”, señala el Wall Street Journal, a cuento de la susodicha “novedad”, que acaba de publicarse en la revista científica Scientific Reports. Una investigación de varios meses realizada por la Universidad de Tokio, dirigida por la bióloga cognitiva Atsuko Saito, orgullosa humana del felino Okara, para la que se estudió el comportamiento de 78 gatos de hogares japoneses y de cat-cafés, amén de desgranar si reconocían sus nombres. ¿En qué consistió el experimento? Pues, en decirles 4 palabras seguidas de su nombre, y así detectar si respondían a este último: ya se moviendo sus orejas, su cabeza, su cola, o maullando, cualquier reacción era considerada por igual. Y tras mucho mirar, notaron los investigadores que sí, efectivamente reaccionaban; aunque rara vez se movían de su lugar, síntoma de característico desinterés. Del mínimo esfuerzo, ni hablar. Con todo, aclara Saito que “es improbable que los gatos asocien a sus nombres con su propia individualidad; es más probable, en cambio, que lo asocien al premio que se corresponde con el sonido; puede ser comida, mimos, jugar”. “Cuando de aprendizaje se trata, los gatos son tan buenos como los perros. Es solo que no son precisamente adeptos a demostrar a sus dueños lo que han aprendidos”, opina John Bradshaw, biólogo de la Universidad de Bristol. Y otros expertos gatunos suman su parecer: “Básicamente los premiamos por hacer lo que tienen ganas de hacer. Si se sientan en tu regazo, te quedás quieto para no molestarlos. Son más piolas para manipularnos que nosotros a ellos”. Una verdad a muchas voces. Amén. 

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