Opinión
Ahora, los vietnamitas

Todas las noticias principales de la última semana, excepto por la recuperación de la nieta 129, semana tuvieron como protagonista al Gobierno. Eso obliga a ciertas reflexiones para que cualquier crítica justificada sobre las movidas oficiales no haga perder de vista los grados de responsabilidad opositora.

Como si fuese en forma repentina, el macrismo descubrió que no sólo puede perder en PASO y primera vuelta. Los últimos relevamientos acercados por Jaime Durán Barba, además de sus declaraciones públicas, dejaron un escenario sombrío que incluye caer derrotados frente a Cristina en el ballottage. Y como ya se sabe respecto de los cambiemitas o, por lo menos, de su mesa chica, si no lo dice el ecuatoriano no vale. 

El Fondo Monetario piensa lo mismo y la propia ministra de economía realmente existente, Christine Lagarde, lo advirtió en su mensaje inédito, burdo, insolente, enviado desde Washington. Les recomendó a los candidatos presidenciales que luego de las próximas elecciones se dispongan a mantener las políticas actuales, porque “sería una tontería, de parte de cualquiera, darle la espalda al trabajo que se está haciendo”. 

Se supone que la señora no tiene un pelo de tonta y es consciente de que juega su cargo de directora del organismo. Opta por curarse en salud y previene que el éxito del programa depende de que continúe a rajatabla. Lo prioritario de su virtual amenaza pasa por sugerir ya mismo que Macri no podría ganar de ninguna manera si persisten las actuales condiciones, que todo postulante opositor que triunfase deberá seguramente replantear el pago de la deuda, que las medidas en ese sentido tendrán (alta) aceptación popular y que ni el Presidente ni su equipo parecen tener la muñeca política necesaria para remontar el derrumbe.

Entonces, el Gobierno movió o eso intenta. 

Hasta hace un par de semanas, solamente había signos de cómo crujía la interna oficial y, mucho más, la aliancista. Heidi estaba no tan subrepticiamente de punta, azuzada además porque la alcanzó el entramado de espionaje ilegal que amparan, de mínima, Casa Rosada y sus estructuras mediático-judiciales.

Dicen cerca de la gobernadora que ya no puede encarar ni el acting de los timbreos (ahora se dedica al carpool, junto con Macri, por rutas vacías de Saladillo), en un conurbano bonaerense sostenido a duras penas por la dirigencia de los movimientos sociales. Gorilaje eterno y desprevenidos, que viven excitados contra piqueteros urbanos y problemas de tránsito, deberían agradecer profundamente que apenas haya este tipo de ebullición controlada.

Otros síntomas eran y son las destemplanzas de los radicales, con advertencia de romper incluida, que se sumaron al resultado de las elecciones patagónicas.

Tan ciertos como la fortaleza de los oficialismos provinciales y como que la unidad en el arco de peronismo y kirchnerismo no cubrió expectativas demasiado amplias, quizá, lo es que las candidaturas de Cambiemos tuvieron un corolario patético.  

¿El consuelo es que al menos no ganaron los K? ¿Cuál alivio es ése siendo que en las tres provincias reveladas en las urnas basta sacar cuentas de qué sucedería en el traslado nacional? 

Incluso con dudas en Capital que se adosan a las de “la provincia” donde Heidi debería remontar al interior la catástrofe en el conurbano salvo por San Isidro, Vicente López y, tal vez, Lanús, Cambiemos gracias si podría descansar en Mendoza y Jujuy... con la salvedad de que allí también sus gobernadores radicales desdoblaron fechas para no quedar pegados a la boleta con el nombre de Macri.

Vidal coronó con la presión para que el Gobierno modifique por decreto las reglas electorales. Se suprimen las listas colectoras, que el capanga jujeño supo usar en 2015 para ganar el ejecutivo provincial y, de ese modo, impedir que un candidato a gobernador -peronista, bonaerense, lo único que les importa- pueda ser compartido por aspirantes a la Presidencia. Por ejemplo, o como exclusivo ejemplo, Cristina y Massa a presidente no podrán llevar en sus listas a un aspirante acordado para gobernar la Provincia. Hay que ponerle nombre a esas cosas.

Heidi con los pelos de punta fue una excelente mixtura de título y composición fotográfica en la portada de PáginaI12, el viernes.

Sin embargo, es la foto de hoy. Fuerte, pero nada más. 

Es la foto que, corroborada por el gurú ecuatoriano, prendió luz de anaranjada a roja entre el equipazo macrista. De allí que, cual de la noche a la mañana, el Gobierno empezó a mostrar en público –y ni hablar en reserva– unas actitudes inimaginables para la soberbia cambiemita. 

De repente se les ocurrió que está bueno refrescar vínculos con obispos,  entidades agropecuarias, industriales, financistas y, en fin, ese mundo corporativo ante el que –sobre todo en cabeza de Marcos Peña, debutado a los gritos en Diputados– creían superfluas las estimulaciones. 

El operativo Lavagna, aunque fuere puro humo, surgió desde órganos del establishment que incluyen periodistas otrora intimísimos. Se ve que tuvo su efecto. Lavagna es fuego de aviso amigo, permítase la obviedad. Pero, por lo que se ve al momento, ni siquiera le da para ser un siete bravo. Sí un ancho falso para trabar la primera hasta comprobarse que, definitivamente, Macri no puede repechar la cuesta económica. En primer término, la inflacionaria.

A partir de ahí, el Gobierno incurre en el mayor sacrilegio de su abc ideológico: hablar de control de precios en la canasta básica, por supuesto que reemplazando “control” por acuerdo. Y asimismo cuidando que el grupo de productos esenciales no sea referido como dentro de Precios Cuidados. Una añoranza de la nefasta herencia kirchnerista que de golpe miran con cariño, o como último recurso.

Los supermercadistas previenen que se trata del abastecimiento, por parte de las cadenas oligopólicas con las que, ay, cartelizan las góndolas. ¿El Gobierno procederá a sancionar a las empresas que no cumplan con lo pactado? ¿Con qué estructura de una Secretaría de Comercio desmantelada? ¿Habrá también acuerdo sobre el componente tarifario? ¿Cómo haría la gestión macrista para renegar de unos genes que piensan al Estado sólo como regulador de sus intereses?

Suena utópico pero, como sea, el Gobierno mueve. Lo urge su descalabro, quema tácticas de su manual, Macri grita, el vietnamita Peña ahora también. Pero mueve, cuando se creía que estaba en la inopia absoluta. 

Puede pasar que la puesta en escena de preocuparse por los precios activamente sea nada más que eso. Reconocen, como si fuera poco, que todo arreglo al que se llegue es para tirar hasta octubre. Impresionante. 

Sin embargo, ¿dónde está escrito -en interpretación política de sectores medios- que no les saldría bien la hipótesis de un control inflacionario sobre el cementerio en la pérdida del poder adquisitivo, más los dólares angustiantes del FMI hasta fin de año, más el ingreso de los exportadores para aguantar el tipo de cambio, más otros artificios en créditos impagables de la Anses y algún empuje del efecto paritarias?

Sí no corren más el republicanismo y la lucha contra la corrupción. El resto requiere de una oposición que no se siente a ver pasar el cadáver del enemigo.

Es aceptable que no se apure en sus definiciones electorales.

Pero más correcto todavía sería que los engaños cambiemitas sean resistidos con propuestas de futuro y refutados punto por punto. No fue lo que pasó en estos días, al lanzarse el Plan Retazos (es como lo llama Durán Barba, según el vietnamita Peña que llamó a luchar “cuerpo a cuerpo” y por el alma de largo plazo, con “las mamis” de los grupos de WhatsApp y los vecinos inseguros, no por la economía aunque un poquito sí).

Definir al candidato y mientras tanto contestar sólidamente no son aspectos incompatibles. Más bien lo contrario.

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