Posverdad, el lenguaje y las neurociencias
La era de la barbarie discursiva
La ética del psicoanálisis se orienta según "la relación del ser hablante con su cuerpo", única definición del goce.

Hay quienes hablan de posverdad para referirse al fenómeno por el cual se puede decir cualquier disparate o canallada sin que tales dichos reporten mayores consecuencias. Esto es, por ejemplo: negar a sabiendas que el otro sabe que el emisor sabe que todos saben que se está mintiendo. Cuando el emisor del mensaje, el otro que escucha y todos los testigos coinciden en la falsedad de una frase sin que esto suponga la descalificación del mentiroso, estamos en el terreno de la barbarie discursiva.

Esta denominada posverdad cuenta con antecedentes tanto más nobles que su actual formato. Durante la Edad Media tuvo lugar la querella de los universales. La misma refiere la contienda entre dos distintas maneras de abordar el lenguaje: la corriente realista que abogaba por la efectiva existencia de arquetipos que amparan a los individuos que pertenecen a una clase, y por otro el nominalismo, cuya tesis pone el énfasis en la existencia de sujetos individuales al tiempo que rechaza toda existencia efectiva de arquetipo o esencias. De hecho, en su versión más extrema, el nominalismo (Roscelino) considera que una palabra no es más que un soplo de aire en la voz. Es decir, si para el enfoque realista el arquetipo rosa tiene existencia efectiva y engloba a todos los individuos contenidos en esa clase, para la perspectiva nominalista cada rosa tiene una existencia fáctica y contingente que no se ampara en esencia trascendente alguna.

Lo cierto es que desde entonces el pensamiento ha producido distintos desplazamientos que, según los casos, han adoptado posiciones más realistas o nominalistas. Por ejemplo la "teoría de las ficciones" de Jeremy Bentham postula que la conducta humana está determinada por construcciones de lenguaje que no van más allá de ser ficciones legales. Sucede que autores como Richard Rorty -cumbre del pragmatismo norteamericano- se inclinaron por un nominalismo extremo cuyas derivaciones hacen tambalear la capacidad referencial del lenguaje. Confunden real con la estructura de ficción propia de la verdad hecha de palabras. La consecuencia política de esta perspectiva es el denominado pacto de los ironistas liberales. Dice Rorty: "Ironista designa a esas personas que reconocen la contingencia de sus creencias y de sus deseos más fundamentales: personas lo bastante historicistas y nominalistas para haber abandonado la idea de que esas creencias y esos deseos fundamentales remiten a algo más allá del tiempo y del azar"(1).

Desde ya, esta escisión entre palabra y referente, entre semblante y real, constituye la condición para que el único real admitido con que sostener una convivencia civilizada sean los mapas que aportan las neurociencias (previa interpretación del observador cuya neutralidad, desde ya, es pura fantasía). Lejos de esta perspectiva, la ética del psicoanálisis se orienta según "la relación del ser hablante con su cuerpo, puesto que no hay otra definición posible del goce" (2).

*Psicoanalista.

1- Richard Rorty, "Contingencia, ironía y solidaridad", Paidós, 1996, p 18.

2- Jacques Lacan, "Hablo a las paredes", Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 70.

 

 

 

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