Opinión
Perón y Cristina

Hace exactamente setenta años acontecía en nuestro país un suceso intelectual de impactante envergadura. Impulsado por el gobierno peronista de entonces, se desarrollaba en la provincia de Mendoza un Congreso Internacional de Filosofía. El intenso compromiso del estado con ese emprendimiento y la calidad y variedad de sus concurrentes no registraba antecedentes en América Latina y el producido de sus debates aún conserva un enorme interés.

Es pertinente preguntarse las razones que llevaron a Juan Domingo Perón a involucrarse entusiastamente con esa iniciativa, al punto de concurrir en persona a las deliberaciones y pronunciar un extenso discurso que luego tomaría forma de libro con aspiraciones doctrinarias. En primer lugar, la relación entre el peronismo y la filosofía fue singularmente estrecha, y basta para ello recordar que en su texto "Historia del peronismo" Eva llega a afirmar (siguiendo el modelo clásico del vínculo entre Aristóteles y Alejandro Magno) que los grandes protagonistas de la historia de la humanidad habían sido siempre los militares y los filósofos. Esto es, la alianza entre la fuerza y el saber superior como garantía de la grandeza de las naciones. Su marido, era la encarnación yuxtapuesta de ambos talentos, al servicio de una encrucijada política que requería la suprema clarividencia de los conceptos y la suma de todas las potencias que alimentaban a la patria.

Y en segundo lugar, Perón intentaba allí despejar dudas sobre dos imputaciones que en aquel tiempo insistentemente se le formulaban. Por una parte, su supuesto desprecio por la importancia del pensamiento y las tareas culturales, y por la otra sus mentadas simpatías por el fascismo y el nazismo. Auxiliado en la organización por figuras como Carlos Astrada, Coriolano Alberini y Luis Juan Guerrero, el líder a través del aquel Congreso buscaba conjurar ambas sospechas. Casi todos los principales exponentes de la magna disciplina se dieron cita en el evento, y muchos de ellos participaban de convicciones alejadas absolutamente de cualquier tipo de simpatía con los nacionalismos de derecha en Europa. Es más, si fuese posible bosquejar una síntesis del contenido de aquellas discusiones, podría decirse que allí confrontaron los sectores más adheridos al tomismo con aquellos identificados con la fenomenología existencial (con el mismo Astrada a la cabeza) con cierta prevalencia final de este último grupo.

Sin embargo, a estos objetivos que podríamos calificar como políticos, Perón le incorpora otro a todas luces más trascendente que se liga con una circunstancia civilizatoria radicalmente preocupante. El mundo venía de dos guerras mundiales, espantosas catástrofes morales que habían colocado al género humano al borde de la autodestrucción. Todo el discurso de la modernidad abastecido por las filosofías del progreso había quedado hecho añicos, lo que colocaba a Occidente en un escenario de incertidumbre cultural imposible de disimular.

Siguiendo esa línea, los supuestos aportes del avance tecnológico como vía al bienestar quedaba a las claras en entredicho, pues era justamente esa sofisticación técnica aplicada ahora a los armamentos la que había permitido extender hasta límites aberrantes la capacidad de eliminar vidas humanas. El paroxismo de esa desviación era justamente la llamada Guerra Fría que en aquel entonces se incubaba, y en la cual la fase atómica de los combates llevaba el alerta civilizatorio a su punto máximo de expresión.

Por lo demás, este estado de inquietante decadencia y zozobra no provenía de algunos de los países que aún en aquellos tiempos se catalogaban como bárbaros, sino de un conjunto de naciones que se vanagloriaban presumidamente como representantes de la democracia y el ritmo deseable de la historia. La situación aparecía entonces como terminal, pues la base ideológica y la estructura geopolítica que había controlado el destino de nuestro planeta daban ingentes señales de agotamiento.

Pues bien, como decíamos, Perón se hace presente en ese Congreso y brinda una ponencia que luego se conocerá como "La Comunidad Organizada". El gesto es desde luego estruendoso, pues el Presidente de un recóndito país latinoamericano ofrece ante prestigiosos intelectuales una ambiciosa obra filosófica. Y esto es así no por megalomanía u oportunismo, sino porque el Conductor del Movimiento considera que frente a la crisis de lo que denunciará como "materialismo práctico" (epistemología cientificista que ha capturado tanto al capitalismo como el comunismo) se impone difundir una alternativa que provenga de la fresca inventiva de un continente hasta allí visto como el costado defectivo de Occidente. Esto es, Perón nunca concibió su doctrina apenas como un programa de gobierno o un catálogo de realizaciones sino como un núcleo de sabios principios destinados a evitar que el mundo profundizase su rumbo hacia el precipicio.

Esa propuesta se conocerá como Tercera Posición y tendrá al comunitarismo como estandarte de una convivencia organizada en torno a la norma suprema de la justicia social. Ni el egoísmo individualista propio del liberalismo ni el colectivismo negador de la libertad del cada uno propiciado por el comunismo soviético son ya aceptables, lo que exige pensar un modelo que implique lo que Perón define como "la armonización progresiva entre el yo y el nosotros". Es por tanto un comunitarismo tendencial, regulativo, una concordia por-venir, una construcción y no un dato originario; lo que lo distancia de cualquier forma de organicismo pre-moderno.

Ese autonomismo filosófico orientado a establecer espacios de fraternidad nacional es una base primordial del pensamiento de Perón, siempre orientado a sentar grandes principios con capacidad de aglutinar tras de ellos el sinnúmero de diversidades que se alojan en la patria. Llevado al plano de la política, las renombradas Tres Banderas (soberanía política, independencia económica y justicia social) son la traducción doctrinaria de esa inspiración comunitarista. Valores primordiales con creciente capacidad inclusiva.

Sin embargo, y esto no deja de ser llamativo, mientras Perón invitaba a hermanamientos, la Argentina se dividía drásticamente en dos. Enfrentando a quienes lo amaban como el salvador de los humildes y quienes lo repudiaban como un intolerable tirano. Esa paradoja puede aceptar muchas explicaciones pero una importa especialmente, y es la que remite a otro aspecto fundamental de la perspectiva de Perón. Y nos referimos a su lectura de Clausewitz y las teorías prusianas de la guerra. "La política, como la guerra, es una lucha entre dos voluntades contrapuestas" se lee en "Conducción Política", introduciendo una perspectiva conflictivista y agónica en el pensamiento del líder. Pueblos y naciones colisionando con oligarquías e imperios, esquema que no admite conciliación o armonía sino dramaticidad y desgarramiento.

No sería arbitrario describir la historia del peronismo como la oscilación problemática y a su vez fructífera entre un impulso antagonista (que habilita afectar privilegios pero convulsiona más de lo conveniente el tejido social) y una vocación comunitarista (que facilita construir consensos transformadores pero roza un unanimismo inviable).

No resulta aventurado sostener que el propio Perón era plenamente consciente de los riesgos de estas tensiones y que en sus años de exilio forzado fue imaginando alguna clase de anudamiento. Dos muestras así lo grafican al momento de su retorno. Por un lado la convocatoria a la Hora del Pueblo y el acuerdo con Ricardo Balbín y por el otro la publicación de lo que el mismo calificó como su testamento político ("El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional").

 En ese texto, vuelve a referirse a "La Comunidad Organizada" y a "Conducción Política" como referencias vertebrales de su Doctrina pero luego despliega un pliego programático que explora tender puentes entre el espíritu totalizador y lo insoslayable del conflicto. Esto es, no renuncia a los pilares de su nacionalismo revolucionario (como se le escucha decir falsariamente a algunos representantes de un supuesto "peronismo racional") pero enfatiza sobre grandes líneas que puedan aglutinar a distintas identidades políticas.

Esta rápida reconstrucción interesa de cara a la aparición del libro "Sinceramente" de Cristina Kirchner y su posterior presentación en el predio de la Sociedad Rural. Tanto una cosa como la otra exhiben distintos puntos relevantes pero uno suena especialmente atractivo. La entusiasta apelación de la expresidenta al Perón del 73 y a su denominado "testamento". Mero gesto simbólico orientado a los dirigentes de su partido renuentes a reconocerle liderazgo? No solo ni principalmente. Parece atendible pensar que Cristina ha advertido la dura tarea que tiene por delante si finalmente optase por intentar el retorno al poder. Por una parte mantener vivo el espíritu belicoso que le permitió enfrentar embestidas pasadas y afrontar tormentas futuras, y por la otra evitar la intemperancia y el sectarismo que dificultan edificar mayorías sociales consistentes. Comunidad y conflicto, Pacto Social y lucha contra la desigualdad; maridaje huidizo pero necesario siguiendo la huella del mejor Perón.

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