Yo canto el cuerpo eléctrico
En 1980, entre los años de la liberación sexual y a las puertas de la tragedia del sida, el crítico y novelista Edmund White publicaba Estados del deseo, un libro que narra su recorrido por los estados y ciudades de la Norteamérica profunda para auscultar cómo vivían, qué anhelaban, qué deseaban, los hombres gays, las mujeres lesbianas y trans norteamericanos. Ahora Blatt & Rios publica por primera vez en castellano esta crónica inigualable.

El proyecto de recorrer los estados y principales ciudades de Norteamérica para registrar y describir en el territorio la vida de gays, lesbianas y trans parece estar inspirado y plenamente justificado en el espíritu vagabundo y democratizante de Walt Whitman. Pero no se trataría, de parte de Edmund White, de una imitación del Whitman real sino más bien una puesta en acción de su figura de poeta, la del vagabundo semidivino que protagoniza Hojas de hierba, el que fascinó a Borges, el que cantó “de sí mismo” y al cuerpo eléctrico. “Yo canto el cuerpo eléctrico/ Me abrazan los ejércitos de quienes amo y yo los abrazo/ No han de soltarme hasta que yo vaya con ellos, hasta que les responda”. Y hacia ellos fue Edmund White, anotador y grabadora en mano, pero sobre todo empuñando su cuerpo de cuarentón algo inseguro que se comprometía como un antropólogo involucrado en el asunto, un sociólogo que a la tercera copa perdía la birome y arrugaba la ropa en un bar o discoteca.

Aunque suene grandilocuente, el proyecto de registrar los “estados del deseo” de Los Ángeles a Chicago, de Nueva York a Dallas, es todo lo contrario. El gigantismo de la geografía, la diversidad tan proliferante que marea, deben haber dejado a White tanto o más perplejo que cuando arrancó viaje. Menos satisfecho o afable, quizás, que John Steinbeck paseando con su perro Charley “en busca de los Estados Unidos”. Pero, sin dudas, transfigurado por la experiencia.

En 1979, Edmund White salió a tomarle el pulso político, social y cultural a la liberación gay. “Y luego vino el sida”, escribe en la introducción fechada en 2014 que abre esta edición en castellano. “Sean cuales sean sus viejas raíces en África, el sida apareció en nuestras conciencias en 1981. Ese fue el año en el que Larry Kramer nos invitó a su glamoroso departamento en la Quinta Avenida para que el Dr. Alvin Friedman-Kien nos contara sobre esta nueva y extraña enfermedad”. White refiere que en los años que siguieron a ese anuncio médico, los gays más visibles, los más radicalizados y los más activos sexualmente como emblema de esa radicalización, fueron los más golpeados por la enfermedad y la muerte. “Mientras que los hombres en mi libro debatían si los gays tenían un destino especial y una contribución única para hacer a la sociedad, o si son como todos los demás, ahora la discusión se saldó a favor de la asimilación y contra el excepcionalismo gay. Con la llegada del sida y el dominio de estos líderes conformistas, surgió un nuevo puritanismo. Se miraba mal la promiscuidad. Lo que correspondía ahora era establecerse con un compañero en los suburbios y adoptar una hija coreana”. 

Ese abrupto cambio de escena, ese hiato y esa ironía de la vida que White enuncia con más resignación que furia, hacen que la lectura actual de este libro quede recubierta de una pátina de extrañeza, más que de melancolía. Como si ese mundo flotante hubiera quedado suspendido en el tiempo, encerrado en una membrana delgada, insonora; algo terrible, absurdo y cómico a la vez. Pero a no desanimarnos, que el viaje es largo y promete emociones.

Edmund White es novelista, ensayista, crítico literario. En los años setenta despuntaba como un intelectual politizado, progresista, radicalizado. Todavía no se había vuelto un destemplado cascarrabias tipo Gore Vidal. Cree en la causa gay y es un vitalista. Está dispuesto a enfrentar la ola neocon que intuye agazapada tras las luchas de liberación de las minorías. “Durante los últimos quince años intenté reconocer una y otra vez la validez, o más bien la superioridad de las formas alternativas de cultura como la feminista, la drag, la cultura de las drogas”, escribe en Estados del deseo. “El castigo por no aceptar estas pretensiones es que se te tache de virilista, cuadrado, estirado, homofóbico, racional, o simplemente estúpido y ciego. Puesto que me gusta pensar que soy progresista políticamente y dado que soy el primero en admitir el elitismo y la arbitrariedad que rigen las restricciones del ‘arte elevado’ y ‘los valores tradicionales’, soy sensible a esas acusaciones. Pero todavía sigo esperando que estas facciones hagan arte convincente. Hasta entonces seguiré siendo conservador en lo cultural y radical en lo social, una posición insoportable, debo añadir, y bastante opuesta al impulso californiano, que en general presenta una confusión política pero paralelamente una fascinación con cualquier innovación cultural, especialmente si puede funcionar como vehículo para la autorealización”. Hay que señalar aquí que al momento de hacer esa declaración de principios, White se encuentra bajo los rayos del sol californiano en pleno reino del plástico, la tiranía de los espejos y el poper, y los cerebros vaciados de preocupaciones militantes. Viene de Los Angeles, va hacia Portland y Seattle, terra incognita. En San Francisco los sentidos encuentran lo que presentían. Pero la mente se retrae. Están en pleno auge las filosofías orientalistas y las tendencias yoicas que apenas un par de años después se volcarán desesperadamente a buscar la salvación individual frente al sida con naturismo y meditación.  

A medida que avanza, White se encontrará con más diversidad que homogeneidad –entre el hippismo y el leather, por decirlo así–, algo que le permitirá desarrollar sus dotes de cronista, pasar del agudo Steinbeck al clínico Truman Capote, mezclar al sociólogo de las costumbres o el antropólogo urbano (al mejor estilo Perlongher en Brasil, por darnos una referencia local) con el ensayista brillante a lo Sontag o el propio Vidal. Pero siempre se muestra más involucrado que sus posibles modelos. No sólo porque no tiene mayores pretensiones de distanciarse y de hacer de esa distancia un mérito, sino que gusta de dejar expuestas sus propias contradicciones de viajero intelectual, de forastero que sucumbe frente a los encantos locales pero enseguida comprende que nunca puede renunciar del todo a su espíritu neoyorkino, cosmopolita en extremo, ser el intelectual jamesiano que vivió varios años en Europa y que evidentemente considera que –aun entre los gays– por fuera de New York imperan ciertos hábitos de barbarie.

Texas, Cincinnati (su lugar de origen al que regresa tímido y obnubilado), el Medio Oeste, revelan la figura ladeada y fascinante del cowboy gay. Nueva México, las mariquitas latinas, New Orleans, las ensoñadas criaturas que oscilan entre el conservadurismo aristocratizante y la fantasía desatada en los pantanos del sur. Todo ese periplo en los estados “profundos” nos sorprenderán con personajes y relatos notables y, al mismo tiempo, reconocibles en la literatura y el cine, de Carson McCullers a Brokeback Mountain, de Tennessee Williams a Dallas Buyer Club. El final, astutamente, nos deposita de regreso a Nueva York (un ensayo extraordinario sobre el sexo y el ascenso social, un libro en sí mismo) como si el viaje, en su circularidad, marcara en cierta forma una salida de las tierras de la imaginación de vuelta a la dura realidad de las políticas del deseo, puro aquí y ahora.

Pero nadie queda igual, después del viaje, a como era antes de partir. Y uno intuye que si Edmund White salió a verificar los mapas del deseo como una forma de tomarle el pulso a la incipiente liberación sexual, volvió modestamente convencido de que más que liberación encontró libertad y una democracia real, profunda, entre los seres humanos (más de lo que creía, conjeturamos) y a la manera de Whitman, cantó la oración de los cuerpos electrizados, deseantes. Los que estaban vivos, trémulos y vibrantes, y los que muy pronto, en un giro dramático de los acontecimientos, comenzarían a caer rendidos por cientos, miles.

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