Para bailar no se necesita

nada más que tener deseos de hacerlo

Una discoteca de Rosario reúne domingo por medio a jóvenes discapacitados que bailan y se divierten al ritmo de la música de moda. La entrada es gratuita y los padres de los adolescentes acompañan a sus hijos en este espacio de afecto e integración. Allí nacen historias de amor y amistad.

Por Sergio Roulier

Este no es un baile cualquiera. Es el baile de todos. Van chicos de diferentes edades, de cualquier estrato social y no importa la condición física ni la aptitud mental. Por iniciativa de una escuela especial de Rosario, la confitería bailable Varela de Corrientes al 400 abre sus puertas, domingo por medio de 19 a 21, para que los chicos discapacitados en forma gratuita tengan la oportunidad de divertirse como los otros jóvenes de su edad. Entre ellos, se mezclan historias de amor, noviazgos y simples parejas de baile. Participan los padres, los hermanos, los primos, los docentes y la única obligación es bailar y divertirse. El espacio se denomina "Integración" y asisten discapacitados mentales, chicos con síndrome de Down, jóvenes en sillas de ruedas, ciegos y también los que se llaman "normales".

"La idea del baile surgió por los chicos. Nos pedían compartir un espacio común al de los adolescentes rosarinos. Nos hicimos eco y este es el quinto año que organizamos la actividad", explicó Alicia Carra, directora de la Escuela Subcomisión Segunda Etapa. "Es para todos los pibes de Rosario y está abierto a todas las instituciones. Con entrada libre y gratuita, sin mailings ni tarjetas", completó.

Los chicos llegaron temprano. No existe la histeria del horario. Algunos vinieron acompañados por sus padres y sus hermanos. Las maestras también se acercaron: "No lo hacemos para vigilarlos ni para cuidarlos. Lo hacemos para acompañarlos", acotó la docente Alicia Coppo. Un grupo llegó desde Villa Gobernador Gálvez en el colectivo que fleta cada domingo el intendente Pedro González. Todos ingresaron al local inmediatamente, no hubo colas ni vueltas en la entrada. La música estaba sonando a pleno.

Al ritmo de la canción de las "cocoteras", los pibes se acercaron a la pista. Nada de sacar a bailar ni careteos. Cada uno tomó su pareja y los que vinieron solos se las rebuscaron para no quedarse parados. Rodrigo, con síndrome de Down y unos ojos celestes que son la envidia de cualquier hombre, se movía mientras cantaba el tema de "Laura". Cuando fue consultado por este cronista por qué estaba solo, apenas respondió: "Me gusta bailar así y nada más".

"Eres tú mi vida/ sabes que te quiero/ no me abandones/ nooo..." le cantaba Juan Sebastián a su novia Luciana. Pero él, vestido de pantalón, remera y buzo This Week y con perfume importado, sabía que ella seguiría a su lado. Hace seis años que están de novios y muy enamorados. Luciana dijo: "Me gustan sus ojos, la cara, todo". Y Juan Sebastián poniéndose colorado, agregó: "A mi también me gusta ella. A lo mejor nos vamos a casar".

Según los habitués del lugar, Sergio y Florencia son los que nunca faltaron. Ellos son novios hace tres años, se conocieron en la escuela y su mejor salida es ir a bailar, domingo por medio, a Varela. Caminan tomados de la mano, comparten los tragos y nunca pierden la sonrisa para el otro. Sergio aseguró que ella es "una chica para casarse". Y Florencia dijo "sí", sin esperar la pregunta.

A pocos metros, Chela y Luciano no paraban de moverse al ritmo de la música del Puma Rodríguez. En una pausa, Chela confió cómplice: "venimos a bailar, tomamos algo, nos vemos siempre acá y en otros lugares....". Pero los dos aseguraron que "se portan muy bien".

El mejor momento del baile fue cuando se escuchó el hit "La fuerza del engaño" de la cantante Marcela Morelo. Todos contornearon sus cinturas, levantaron sus brazos y los movieron de un lado a otro, y ninguno dejó de cantar. Cecilia, con minifalda y remera blanca, era la que sabía mejor los pasos de baile. Lorena y Luciana se subieron a la tarima e improvisaron una coreografía. Muriel que sobresalía por su remera tipo militar bailó tomado de la mano con su mamá.

Los padres de los chicos estaban alrededor de la pista. Algunos hacían que miraban para otro lado pero, de vez en cuando, se preocupaban por saber dónde estaba el nene. Las madres bailaron: en la pista con los chicos o entre ellas, y las más tímidas sonreían desde los pasillos. Graciela, la mamá de Florencia, estaba muy contenta de acompañar a su hija. "La nena quiere venir, se viste especialmente, nunca usa la misma ropa y hasta le pide a sus primas algún conjunto para ponerse". Muy cerca, escuchaban los padres de Juan Sebastián. "Venimos siempre con él, sus hermanos y sus primos. Aquí se mueve normalmente, no corre ningún riesgo y le encanta divertirse", comentó Diana, la mamá.

Emanuel, un rubio de pelo lacio, se movía concentrado en la letra de una canción de los Vilma Palma. Su mamá Marta expresó: "Esto es algo normal, se trata de amor, me parece bárbaro que estos chicos tengan un lugar para divertirse y donde puedan desarrollar su gran capacidad de amar".

No se venden bebidas alcohólicas, no hay patovicas y nadie fuma. Eso es lo que distingue al boliche del resto de los demás. Los que asisten a la fiesta tienen la obligación de bailar. No les queda otra. Porque, sino, puede pasar que los que se consideran "normales" tengan la rara sensación de que en ese momento y en ese lugar los "distintos" son ellos mismos.