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Un viaje de Gregorio

Por Gary Vila Ortiz

Con alegría regresó Gregorio, como cucaracha claro, no como Gregorio Samsa, el hijo de Kafka. Un poco envejecido. Y solo, porque Anita se quedó. "He viajado —me dice Gregorio— con melancolía". Los viajes son una de las formas que tienen, al menos para las cucarachas, el viaje. En realidad son mas caseras, apegadas al hogar. "También Anita, la araña, me aclara Gregorio, ella no quiere que la veas como ser humano. Te aseguro que es linda, una exacta combinación de Kim Bassinger, de Julio Roberts, de Wynona Ryder. Tal vez el amor me hace exagerar. Pero es así.

Cuando Gregorio comienza a hablar lo dejo, estoy aprendiendo a escuchar, lo que me cuesta mucho. Pero Gregorio, a quien le he puesto whisky en un platito y le tiro el humo del cigarro encima para que lo aspire, es difícil de interrumpir.

Estuve en un hermoso club de Buenos Aires, el Club del Progreso. Uno de los más lindos que he visto, aunque no he visto muchos. Todo el club respira todas esas cosas que me gustan y que vos, me dice Gregorio, también me gusta.

Curiosamente me preguntaron por vos, uno de ellos ese gran fiscal que Ricardo Molinas, y dos o tres rosarios cuyos apellidos no recuerdo con exactitud, que mandaran recuerdos para Gardelli, para Gilberto Krass, para otra gente de Rosario de la cual fueron amigos.

A la entrada algo me impresionó y no era para menos. Se encuentra la mesa en la cual fue puesto Leandro Alem los momentos que duró con vida después de su suicidio. Eso me hizo recordar un estupendo libro de Julio A. Noble, Cien años: dos vidas, que repasa los tiempos de la Argentina de Alem y Lisandro de la Torre, otro suicida. Dicho sea de paso, ¿se acordarán que el año que viene se cumplen sesenta años de su nacimiento? Será recordado como se debe, es decir recordar lo que pensaba, con su conducta, su amor a la República. Y entonces se me vinieron encima todos los suicidios de argentinos que dejaron el país empobrecido. El de Alem y de la Torre en primer lugar; el de Lugones, Horacio Quiroga y Alfonsina Storni, que se fueron tan cerca uno del otro. Me acordé (y vos vas a tener que prestarme las cartas que te enviaba Alejandra Pizarnik), que se mató en 1972, el mismo año en que murió ese gran músico argentino que fue Juan Carlos Paz.

Gregorio toma un largo sorbo de whisky, lo último que me quedaba de una botella de Old Parr, y me dice que me quiere definir la Argentina. Un intento de una cucaracha un tanto borracha.

Argentina: un país de sobrevivientes, exiliados, desaparecidos, asesinados, muertos de tristeza... Entre estos últimos hablaría de Manuel Peyrou, de García Venturini, de Murena e incluso de Martínez Estrada, todos ellos preocupados por un país que parecía y parece no tener destino.

Todo eso iba que te conoce mucho y te quiere, que se llama Quita Ulla y me dijo que le mandará un gran abrazo al Negro Ielpi. Tenés que cumplir con esa promesa. Aunque aún no sepa por qué me preguntaron por vos y encontré una cantidad de libros tuyos, y vos sabés que las cucarachas no sabemos qué es la mentira, tampoco la verdad. Pero sabemos que es el amor, qué dolorosa que es la impotencia de poder amarse a una cucaracha y a una araña.

Pero así fueron las cosas. El Club del Progreso, muy bello, la gente con mucho más que afecto. Me hicieron sentir mejor que bien, aunque mientras tanto pensaba en Francisco Urondo, en Haroldo Conti, de Roberto Santoro.

Y te tengo una sorpresa, un par de sorpresas. La primera que un poeta, un tal Esteban Moore parece que está conforme con lo que escribía. La otra que en el hotel había muchos rosarinos (el hotel es el Carlton, y esto no es una propaganda, sino un hecho) y además el mozo que nos atendió en un restaurante que no recuerdo el nombre, era hincha fervoroso de Newell's. Y en el hotel también había unos cuantos. Una alegría para vos, pero no se lo contés al Negro Fontanarrosa (que fue lo único que mostré de tu libro. No se cuánto me quedaré con vos, pero vine a releer el libro de Julio A. Noble, porque cada vez que leo se me hace un nudo en la garganta. Y aunque no me crean, las cucarachas y arañas somos más llorosas que nadie. Y una sola cosa más: cada suicidio es un comienzo y no un final. Elliot lo diría mejor: "en mi comienzo está mi fin y en mi fin está mi comienzo".