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Culpas y goles

Por Martín Prieto

En el Mundial de 1978 en mi casa había un televisor que transmitía imágenes en blanco, negro y gris. Era un regalo que nos había hecho mi abuela Sara a mi hermana y a mí, una vez que consideró que teníamos suficiente edad —16 y 17— como para poder ver televisión sin entontecernos: porque mi hermana y yo fuimos educados en una época en la que se consideraba que la televisión era dañina para la formación psíquica, sentimental e intelectual de los niños y aún de los jóvenes. En el Phillips entonces, veíamos los partidos del Mundial, pero yo no me acuerdo tanto de los partidos como de mi amigo Germán cuando, en alguna jugada de ataque o de defensa de extremo riesgo y cuando la pelota salía virada y uno no podía distinguir si hacia el arco, hacia el fondo o hacia el cielo, levantaba los brazos y gritaba "­falta la tridimensional!", que no sé si era un chiste de él, o su interpretación de un chiste ajeno, pero cuya gracia para mí está sólidamente y sólo ligada no a su modesta conceptualidad, sino a la increíble cara de quien la interpretaba.

Por cierto: ver los partidos —no todos, algunos, ni pensar en ir a la cancha, empezar a tomarse la cosa más o menos en serio recién después del partido contra Polonia, cuando emergen finalmente Fillol y Kempes como dos titanes en el ring—, gritar los goles, salir a bardear y hasta sugerirles a los holandeses que se colgaran de la rama y fueran a buscar la copa a na nana na na nana no me impidió escribir un artículo, una nota, una opinión, para la revista de la escuela a la que iba entonces que se llamaba "Fútbol: el opio de los pueblos" que, por supuesto, no se publicó.

Esto, claro, no habla a favor de mi valentía sino que retrata mi ingenuidad.

Sin embargo, me gustaría reflexionar acerca de la convivencia de dos actos aparentememente contradictorios, como festejar los goles de Kempes que veía a través de la pantalla del Phillips que nos había regalado mi abuela y luego sentarme frente a una máquina y escribir un artículo alertando a nadie acerca de cómo "el pueblo", o lo que yo barruntaba entonces que era "el pueblo", adormecido por la fantasía del once de Menotti, se despreocupaba de cosas más urgentes: políticas, económicas y culturales.

Acusar al fútbol de la existencia de la dictadura, o acusarlo de la benevolencia de buena parte de la sociedad argentina con la dictadura, hoy parece ser hasta un buen negocio editorial, pero también podríamos acusar a las telenovelas como propiciadoras de lo mismo. La señora que, aletargada frente a una pantalla, se pregunta por el tamaño de la papa que tiene en la boca Leonor Benedetto en "Rosa...de lejos" en lugar de estar en la calle golpeando cacerolas, es tan responsable como aquel o aquella que en lugar de barricadas, levanta hipótesis acerca del gol que se comió Oscar Ortiz contra los brasileños, también en 1978.

Hay ahora una suerte de consenso, de pacto, que habla de la culpa que sentimos, o debemos sentir, o imaginamos sentir los argentinos, por haber gritado los goles del Mundial mientras en los campos de concentración compatriotas torturaban y mataban compatriotas: me gustaría sacar por un momento el tema de ese contexto y volverlo contemporáneo.

Hace unos días, un tal Benítez, de la selección de Paraguay, en el borde del área grande, levantó la cabeza, apuntó, y sacó un disparo formidable que se clavó en el ángulo del arco rival y que significó la impensada clasificación del equipo paraguayo a la segunda ronda. Eso no duró nada, y fue maravilloso: la guapeada de Benítez, la línea que trazó la pelota en el aire, el rincón que quedaba entre la mano del arquero y el vertice de los palos, que tenía exactamente el tamaño de una pelota y que, visto de atrás, fue de súbito cubierto, atravesado, por el objeto de su misma dimensión. Pero ni Benítez, ni su disparo, ni la línea que trazó la pelota en el aire, ni aquellos que, siendo paraguayos o no, gritaron ese gol, tienen nada que ver con que un número creciente de energúmenos crean que Paraguay es una nación más culta y democrática desde entonces.

No es culpable quien haya gritado los goles de Kempes, ni quien haya sabido discernir y disfrutar del talento de Daniel Bertoni, o de René Houseman, aunque sea más fácil admitir con liviandad coyuntural y pasajera el peso de esa culpa, que reflexionar acerca de las motivaciones profundas de las verdaderas: dentro de muchos argentinos hay un monstruo que duerme.