Un día como hoy nacía Olga Cossettini, quien revolucionó la educación con su proyecto de "La escuela serena". El cineasta Mario Piazza, que reconstruyó esa experiencia que ella no llegó a ver, la recuerda en esta página.
Hoy se conmemora el centenario del nacimiento de una maestra de maestros, tal vez un título demasiado solemne para alguien que como ella hizo de su vida un homenaje a la libertad. Nacida un nueve de agosto, sus padres, que recién pudieron anotarla diez días después decidieron bautizarla con el nombre de Victoria Olga, aunque hoy, a cien años de ese día, todos la recuerden como la Señorita Olga. Oriunda de la vecina San Jorge, cuarta hija de un matrimonio de inmigrantes italianos, en una época que no ofrecía grandes oportunidades a las mujeres la inquieta Olga Cossettini se inclinó las tormentosas inequidades del magisterio a la nublada medianía del matrimonio. Influenciada por un padre maestro, desde muy chica Olga encontró en su casa el perfecto caldo de cultivo para desarrollar una personalidad luminosa e irrepetible.
Entusiasmada por su padre, Antonio Cossettini, un maestro de línea poco ortodoxa que entre las estrategias de enseñanza solía utilizar títeres y proyectores para dar sus clases, Olga se enroló en las filas de la docencia siendo aún muy joven. Con una peculiar concepción del proceso enseñanza�aprendizaje, Olga se recibió de Maestra Normal Rural en Coronda en 1914. Su carrera como docente comenzó en Sunchales, recién a partir de 1923 pudo desempeñarse como maestra en la escuela primaria "Domingo de Oro" de su Rafaela natal. Allí, donde llegó a ser regente, de la mano de otra visionaria, Armanda Arias, comenzó un proyecto que se conocería como "La Escuela Serena", un novedoso concepto de entender la instrucción primaria, del que egresaría, también, otra pionera de la educación santafesina: Rosita Ziperovich.
Promediando la década del 30 se sumergió de lleno en un ambicioso emprendimiento: iniciar una investigación sistemática en pro de reformar las estructuras del ya entonces esclerosado sistema educativo argentino. "Sensiblemente percibió que no se trataba de cambios de horarios ni programas, sino de abrir de par en par las puertas del aula a la vida", sintetiza Amanda Paccotti en el fascículo 19 de la revista Rosario, historia de aquí a la vuelta, dedicado a su obra.
Auténticas adelantadas en materia de educación pública, pronto la dupla Cossettini�Arias comenzó a operar cambios radicales en las currículas oficiales, incluyendo en los programas juegos en el aula, clases en el patio y excursiones afuera de la escuela destinadas a analizar el entorno. Todo este trabajo fue minuciosamente registrado para ser expuesto en congresos y encuentros docentes, enmarcado en lo que a los ojos oficiales aparecía como una ácida crítica al sistema de educación formal de aquél entonces. Pero el marco político�institucional, como siempre, no era el apropiado. Como recuerda Paccotti, "...inevitablemente estas actitudes frontales y más aún provenientes de mujeres inteligentes y liberales no fueron bien vistas por sectores reaccionarios que manipulaban los círculos de poder en Rafaela". Arrinconadas por la intolerancia Arias finalmente renunció al cargo y Olga fue trasladada.
Pero lejos de bajar los brazos, en su nuevo destino la Señorita Olga, vería cristalizado un proyecto que hasta entonces sólo había soñado. En 1935, de la mano de su nueva vieja compañera de ruta, su hermana Leticia, en las instalaciones del establecimiento educativo N§ 69 "Dr. Gabriel Carrasco" en barrio Alberdi, fundaría su tan ansiada "Escuela Serena". Imbuida del pensamiento de algunos apellidos de la vanguardia educativa italiana como Gentile o Lombardo Radice, la directora de "la escuela de la Señorita Olga", propugnaba por una institución abierta a la comunidad, por una educación activa, vinculada al medio, consustanciada con el rescate de los valores éticos en sintonía con la aprehensión del conocimiento.
Allí, en el edificio de Agrelo 1798, bajo el rótulo de "Escuela Experimental", las hermanas Cossettini probaron una técnica hasta entonces desconocida: escuchar la verdad que habita dentro de cada niño. Así, misiones de divulgación cultural, funciones teatrales o muestras de arte, eran algunos de los revolucionarios conceptos incorporados a los programas de matemática, ciencias naturales y lengua, que en otras escuelas se dictaba unidireccionalmente, desde los pizarrones, hacia los bancos.
En permanente contacto epistolar con quien ella consideraba sus maestros, �y entre quienes, por supuesto, se encontraba su padre�, en una ocasión Olga recibió carta en la que un colega de Chivilcoy le expresaba su admiración por los conceptos vertidos en el libro El niño y su expresión. En la misiva, un tal Julio Cortázar, un joven maestro con ambiciones de escritor, expresaba: "Su libro, señorita Cossettini, donde junto a sus palabras llanas y claras se nos muestra la pura poesía de esos poemas y esos cuadros, duerme acaso ya en anaqueles olvidados. Yo no puedo olvidar a sus chicos y a Ud. Leí y vi esos milagrosos frutos de la espontaneidad bien encaminada, y creí comprender la viva lección que de todo ello surge". Y finalizaba diciendo: "Ud. vive plenamente y busca que sus alumnos logren esa total expresión del ser virgen de postulados y preconceptos. Por eso, que queden estas frases mías como claro testimonio de amistad y comprensión".
Una comprensión que sólo halló en sus queridos alumnos, que el 28 de agosto de 1950 ante la cesantía que "por motivos ideológicos" firmó Raúl Rapanella, ministro de Educación del primer gobierno peronista, escribieron en sus cuadernos "queremos justicia, queremos que vuelva la señorita Olga". Muchos años después, descubrirían que los personajes como Olga Cossettini jamás se van. Viven para siempre en la memoria de los libres de pensamiento.