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EL CUBO DE HIELO DENTRO DE SU VASO DE WHISKY

Por Patricia Suárez

Estuvo a punto de pegarle, zarandearla contra la pared para que gritase un poco, y llevarse él eso, el destartalado aleteo de su voz en el alarido. Pero se contuvo, y lo último que vio fueron los ojos de ella parpadeando negros e inmóviles, como un espasmo en sendas arañas. Abrió la puerta y la fuerza que utilizó permitió al viento colarse, meterse igual que una comadrona a espiar qué estaba ocurriendo entre el hombre y la mujer del piso 11 de la calle Sarmiento, ahí, tan cerca del río, que cuando se asomaban al balcón --cuando ella se asomaba al balcón porque él sufría de vértigos-- podía olerse el pescado y el puerto.

El supo en el momento de irse cómo iba a sonar el portazo que estaba por dar; cuántas cosas iba a aplastar, cómo la noche inmensa y trunca sería desde siempre su noche. Del rincón de la pieza en que estaba apoyada la mujer provenía el tintineo discorde del hielo dentro del perenne vaso de whisky. Ni siquiera era un whisky bueno, de esos importados, sino un whisky con gusto de aguardiente de los que están en los anaqueles de arriba de todo, lidiando con las arañas, en los bares -o la sede de los clubes, como se le llama- de los pueblos. El cerró la puerta con violencia, para acabar de una vez por todas con la mujer, el whisky, la pena, la corriente de aire, la insatisfacción, la vista de las caderas desnudas y machucadas, el rollito de dinero que ella le tiró a la cara, las cartas, el tufo del piso 11. Y se sumergió en el silencio, luego en el hermetismo con olor a tabaco y orín del ascensor, y salió a la calle con su alma sosteniéndose en las paredes enredándose en los afiches de neón -- era neón?-, y sus suelas de goma marcando un ritmo pringoso sobre los lomos de las cucarachas de la avenida.

Se paró en la esquina en que morían los romances y era un constante pulular de gatos, había uno, con el lomo muy arqueado, con cara de niña, que lo miraba amenazante. Se subió al colectivo, pagó su boleto (pesos: treinta y uno con veinte) recorrido indefinido por pueblos y montañas, otra ciudad, el río, la frontera. Se ubicó junto a una señora gorda que hacía palabras cruzadas y amenizaba el viaje con "Hijo ¿podés cerrar la ventanilla?" o "Hijo, ¿querés una rosquita?" y él que se revolvía de vértigo en el asiento, a punto de vomitar por el olor a grasa, ya le habían dicho que sufría del estómago.

Sacó un papelito doblado en ocho del pantalón y leyó: "Sé que hay chicas con el cuerpo mejor formado, pero esto no me preocupa. Yo gozo de la mayor felicidad: sos un hombre bueno y nuestro amor es profundo y verdadero y eterno. Mi corazón y mi vida son tuyas, aunque mi cuerpo no sea bello y puede que mi piel no sea bella, pero yo te pertenezco para siempre..." Adjuntó a la nota una fotografía de ella en traje blanco, de novia, cuando vaya a saber con quién estaba por casarse y la plantó; los rompió y los tiró por la ventanilla. Los papelitos brillaron en la noche como luciérnagas, ojos de la luna despedazados, el deseo tantas veces menguado de descerrajarse un tiro, a lo lejos, asó, los papelitos parecían lágrimas.

La vieja le ofreció por décimo cuarta vez una rosca de grasa y azúcar. Luego él se bajó en La Banda y vomitó. Para su fortuna, la vieja se quedó en esa estación con sus roscas y él siguió al norte, hasta Bolivia o lo que apareciera por allí que le quitara la fiebre del recuerdo. Después supo por un diario de Buenos Aires que lo buscaban. Era una pena. Fue un error, fue un empujón nada más; quizá él hubiera debido quedarse, junto a ella, en el piso 11, y ver lo que pasaba. A lo mejor no pasaba nada, quién sabe. Fue durante un tiempo que lo buscaron, hasta que el nombre de ella entró en el silencio de la historia y de la infamia. Un forense se limitó a comprobar que en la herida de ella había larvas y por eso cuando encontraron el cuerpo haría dos o tres días que ya estaba muerta, asesinada, desmayada contra la pared de la pieza del piso 11 y todavía tenía ella su vaso de whisky. El pensó que ella tendría el hígado tumefacto, que las larvas se estarían comiendo los tumores que le produjo el whisky a lo largo de los años. El pensó todo eso y se alejó por un valle, porque por el momento, había logrado salir de la ciudad, y tenía un vasto valle, vastísimo, por caminar.