Por Jorge Isaías
a Luisito y Degli
Antes las cosas estaban llenas de tiempo.
Los amaneceres eran claros y los atardeceres rodaban lentos hasta convertirse en esa granada violácea esparciendo sus frutitas fugitivas tras los paraísos, los trigales, las cinacinas y los siempreverdes.
Esto lo conversamos mucho en el bar Lombardo con sus dueños: Luisito Broglia y Degli, su mujer. Y cuando a la mesa de ese bar se acercan otros copoblanos, como Roberto Escudero que tiene la memoria más obsesiva y más intacta o mi hermano o Raquel Olaviaga, hija del mejor pelotari que tuvo el pueblo en una época, y estoy recordando el Toni Olaviaga, digo que cuando somos varios los reunidos suelen surgir las anécdotas como cuentas de vidrio que se ponen a brillar en la oscuridad.
De aquél tiempo más lento quiero escribir aquí.
De esos altos veredones de ladrillos bien cocidos como el que rodea todavía la vieja casona del vasco Maturana cuya memoria me lo trae propiamente el bar Lucy que él regenteaba. Cuando el estrépito sólo era de carros de tamberos que iban a buscar la copa mañanera, luego de descargar el contenido de los tarros de tibia leche en los patios de la Cremería o en los camiones cisterna de la Nestlé.
El Vasco era un tipo alto, rubio, tranquilo y siempre sonriente. Usaba boina y faja negras. Fumaba unos eternos cigarrillos que él mismo armaba y que se le escondían ya apagados ya encendidos bajo su denso bigote colorado.
Había escrito bien a lo alto de esa esquina de ladrillos sin revocar: Bar Lucy, que era creo el nombre de su hija mayor y por lo que recuerdo tenía varias más pero no puedo asegurarlo.
Esa esquina, junto a la que fue el "Almacén y Despacho de bebidas Las Colonias" de mi abuelo, se mantienen con sus frentes intactos como en los viejos tiempos.
El resto del pueblo parece haber sido presa de un temporal que lo hizo de nuevo, externamente al menos.
La casa que fue del Vasco cambió varias veces de dueño y hoy se la ve desocupada, en cambio el salón de mi abuelo le sigue haciendo pata ancha a los tiempos en la conducción de don Nievas que la compró a mi familia y ahí resiste frente a los pocos parroquianos, con su estaño viejo, sus botellas de cañas y ginebras y su paciencia infinita.
En el bar de don Nievas he visto una foto de mi amigo Pebeto Aramburu, que le tomó un fotógrafo anónimo en una de sus giras de proselitismo político.
Allí suelo ir con mi viejo a tomar una copa cuando caigo por el pueblo.
El frente de la casa que era del Vasco hace ochava con la de los Giuliano y la del Ewi Renzi y con sólo cruzar en línea recta la calle uno descubre la vieja fonda de doña Elba Mitre, que hace - dicen- las mejores empanadas de toda la redonda.
En esa casa murió su antiguo dueño, don Pascual Andrina, un piamontés de sombrero pajizo y cara colorada. Yo lo vi tirado en ese piso de madera que rodeaban sus gatos y las bordalesas de vino tinto y espeso. El mismo que don Pascual repartía por todos los boliches del pueblo con su viejo forcito T de bigotes, rechinantes y colorado.
Cuando antes escribí que las cosas estaban llenas de tiempo, quise decir que todo era más perfecto y que todas las veredas eran altas y mucho más altos eran los amaneceres que perforaban gallos y ladridos.
En la mesa del Lombardo cada uno arrima como puede los recuerdos que difieren casi siempre del de los otros y saca leñitas secas y crepitantes a la primera pasión.
Es que sobre todos nosotros han pasado como furia los vendavales y el pueblo -el recuerdo del pueblo- a veces no alcanza para defendernos y conjurar tantos males.
Y a veces caemos en cuenta que sólo nuestra propia obsesividad lo mantiene intacto entre nosotros y apostaríamos no sé cuánto, no sé qué para verlo por un instante como era: puñado de casas con sus árboles bien verdes y sus calles de tierra, con mucho movimiento en esas calles atestadas de carros y sulkys y caballos y sus pocos automóviles. O volver a espiar sólo un instante el paso cansino del viejo Mingariello o el carro con las varas brotadas de don Pichi.
Y a veces pensamos qué bueno sería volver al tiempo aquél donde sólo las alas de las mariposas se suspendían en los mediodías y el ronronear de los motores de las trilladoras que iban a buscar el trigo de los campos era la música para nuestros oídos que escapaban junto a todo el piberío de la siesta.
Pero eso era antes, cuando las cosas estaban llenas de tiempo y el tiempo era lo único que sobraba dentro nuestro, además de los sueños.