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LOS OBREROS FRANCESES INAUGURAN UNA NUEVA FORMA DE PROTESTA
Los ludditas volvieron en Francia

Para resistir los despidos masivos, el personal de dos plantas amenaza con tirar ácido sulfúrico y explotar bombonas de gas.

Un grupo de desocupados toman por asalto la Bolsa de Comercio de París en protesta por su situación.
En Francia, los desempleados y los a punto de serlo eligieron la protesta violenta para ser escuchados. 


Por Eduardo Febbro
Desde París

t.gif (862 bytes) Dos conflictos sociales ligados a la quiebra de empresas y al despido de su personal desembocaron en Francia en una nueva forma de lucha obrera que los sociólogos ya califican como “social-terrorismo”. En vez de huelgas, ocupaciones de fábricas o las tradicionales manifestaciones callejeras, los olvidados del crecimiento y de la nueva economía pasaron a la acción violenta. El personal de una planta textil del este de Francia, Cellatex, y el de una cervecera filial del gigante holandés Heineken situada al nordeste del país amenazaron respectivamente con verter ácido sulfúrico en un río y con hacer explotar las bombonas de gas si sus reivindicaciones no se tomaban en cuenta. 
No pedían ni mejores horarios, ni aumentos de salario, ni condiciones de trabajo más adecuadas: sólo exigían lo que más falta en una región ya castigada por la recesión económica y las reestructuraciones industriales: trabajo. Los obreros de Cellatex vertieron en un brazo del río Meuse 5.000 litros de ácido sulfúrico mezclado con colorante a fin de presionar a los poderes públicos y a los dueños de la empresa para que se comprometieran a que las condiciones del despido del personal fuesen dignas, es decir, concretamente, que les propusiesen trabajos alternativos y un salario digno evitando así el pozo del desempleo. El personal de la planta cervecera de Adelshoffen activó la cuenta regresiva de la mecha de las bombonas de gas luego de que la dirección de Heineken anunciara el cierre de la planta y el despido de los 101 empleados. En ambos casos, el carácter radical de la lucha tiene objetivos similares y un mismo fondo. No se trata únicamente de evitar quedarse sin trabajo. Los obreros ponen en tela de juicio la forma en que las empresas fueron a la quiebra. 
“Somos cien despedidos y la empresa se comprometió con un plan que apenas permite reubicar en otras fábricas a 24 personas. Es una tomada de pelo. Nosotros no tenemos nada que perder, ya estamos jugados. Si hace falta haremos volar las bombonas de gas”, decía ayer un delegado CGT de Adelshoffen, Thierry Durr. El mismo discurso llevó al personal de la planta textil de Cellatex a arrojar al río los 5.000 litros de ácido sulfúrico. La única diferencia entre los dos es que los obreros textiles ganaron la batalla mientras que los cerveceros esperan aún una respuesta. El gobierno y la empresa presentaron un protocolo garantizando la capacitación y la reubicación de la mayoría del personal en otros puestos de trabajo. Pero más allá de los acuerdos, los poderes públicos reconocen a media voz el carácter excepcional de las dos acciones que, coinciden en señalar, “van a la par con la violencia económica” que llevó a las empresas a la quiebra. Los ingredientes que componen las dos historias no difieren en mucho. El cierre de Cellatex es producto de la lenta agonía de la industria textil francesa que no puede “competir” con los precios y la calidad de los textiles provenientes del sudeste asiático. “Nadie quiere invertir en un ramo regido por la especulación y la concentración de grandes grupos que respetan la doctrina de la nueva economía: esfuerzo e inversiones mínimas para una ganancia máxima”, comenta un sindicalista de Cellatex.
El drama de Adelshoffen es igual. Situada en Alsacia, la región francesa cuna de la cerveza por excelencia, la planta paga el tributo de la concentración industrial y la búsqueda del “costo mínimo” que, en realidad, mata la originalidad del producto al tiempo que incrementa las ganancias de sus propietarios. A mediados del siglo XIX, la región contaba con casi 300 productores de cerveza. Hoy sólo quedan 8. Las grandes multinacionales como Heineken o Kronenburg fueron comprando a los pequeños productores mientras las nuevas tecnologías permitían producir cada vez más con menos. 
A condiciones extremas, medidas extremas, parece clamar a coro el personal de las dos empresas. Los epítetos no faltaron para calificar las amenazas de los obreros. “Social-terrorismo”, “talibanes suicidas”, “Chernobyl social”. Las repercusiones de la acción obrera son tales que incluso hasta un diario serio como Le Monde barajó la hipótesis de un piloto de avión en conflicto con la dirección que provocaría un accidente adrede. “Para nosotros –comenta otro cegetista de Adelshoffen–, no se trata de terrorismo, ni siquiera de chantaje. Es comer o morir, el trabajo y la dignidad contra el sacrificio social. Si la nueva economía es la humillación del hombre, entonces no me importa que la nueva forma de acción contenga un acto violento. Pero no está dirigido contra la gente común. Son los útiles de trabajo los que, en semejantes condiciones, se convierten en el arma que apunta a quien quiere matarnos”.

 

 

Claves:

Ante el anuncio de despidos masivos, los empleados de dos empresas amenazaron con medidas violentas para que su situación sea reconsiderada.
Los grupos sindicales franceses ya adoptaron esta forma de protesta el año pasado, cuando destruyeron un local de McDonald’s. Como en las manifestaciones anticapitalistas de Seattle, Washington y Londres, las medidas intentan denunciar los efectos negativos de la globalización. 

 

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