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NOVEDOSO METODO DE TRATAMIENTO DE CHICOS ABUSADOS
Un títere en quien confiar

Para establecer la comunicación con chicos maltratados o abusados sexualmente, un equipo del Consejo del Menor introdujo títeres en las entrevistas. Así logró que los niños pudieran expresar sus padecimientos. Cómo es el tratamiento y sus resultados. Los jueces que no creen en los chicos. 


Por Mariana Carbajal

t.gif (862 bytes) “Alguien que escucha un abuso de parte de un chico no vuelve a ser la misma persona. Es un trabajo que deja huellas en el cuerpo y en el alma. Físicamente es muy agobiante.” La que habla es Elena Santa Cruz, titiritera de profesión y de corazón. Sus muñecos han escuchado historias atroces. En una experiencia inédita, un grupo de profesionales del Consejo Nacional del Menor y la Familia (CNMyF) incorporó títeres en el tratamiento de niños víctimas de maltrato y abuso sexual y –según afirman– han conseguido resultados auspiciosos. “Descubrimos el títere como elemento terapéutico. Hasta ahora se usaban como objetos recreativos, pero vimos que los muñecos facilitan la comunicación y son un canal de expresión privilegiado para los chicos”, explicó la psicóloga María Lourdes Molina, titular del equipo. Intencionalmente, ningún muñeco representa a una persona porque “los humanos –recuerda la titiritera– son los que producen daño a los chicos”. Todos son simpáticos animales humanizados: un mono, un pollo, un loro, entre otros personajes. No pueden ser fotografiados y sus nombres se mantendrán en el anonimato debido a que los pequeños violentados les han contado profundos sufrimientos y, con su exposición, podrían perderles la confianza y temer que hayan develado sus dolores.
Cada muñeco tiene una personalidad y una voz bien definida. “Son muy diferentes unos de otros para que los chicos puedan encontrar alguno con el cual identificarse”, señaló la psicóloga Molina, jefa del Departamento de Violencia Familiar, Maltrato Infantil y Abuso Sexual, del CNMyF. El mono, que tiene nombre de una fruta, viste un enterito de jean, que tiene un bolsillo cocido para que no se le escape ningún secreto infantil. A veces, los muñecos nacen especialmente para interactuar con un pequeño en particular, como ocurrió con “Bronca”, el único títere que en esta nota se puede llamar por su nombre, porque su uso ha sido limitado. “Bronca” usa sombrero y no tiene los dientes de arriba. Fue creado para un nene de 6 años que, preso de ira, se golpeaba la cabeza contra la pared y se arrancaba –literalmente– los dientes.
En uno de los encuentros, la titiritera –siempre acompañada por una terapeuta– le presentó al muñeco y se dio el siguiente diálogo:
–Me llamo “Bronca” –le anunció Elena, con el títere calzado en la mano y la voz impostada. 
–Yo también tengo mucha bronca y estoy muy enojado –le replicó el niño.
–Más bronca que yo, seguro que no. Nadie puede tener más bronca que yo.
–Sí, yo. De tanta bronca que tengo me reviento la cabeza contra la pared –lo desafió el pequeño.
–Y ¿por qué creés que yo uso sombrero? Tengo la cabeza llena de chichones –insistió Bronca.
–Pero yo me arranco los dientes –subió la apuesta el nene.
–¿Por qué creés que no tengo ningún diente de arriba? –siguió el duelo.
Cuando ya no podía ganarle con nada, el pequeño largó su secreto más guardado:
–Lo que pasa es que a mí me pasaron cosas muy horribles y por eso estoy tan enojado... 
“El chiquito siguió el tratamiento con su terapeuta, pero ya había podido sacar eso tan pesado que llevaba adentro”, explicó la titiritera, cuya única función es la de manejar los muñecos. El niño había sido separado de su mamá y su papá después de que unos vecinos denunciaran al matrimonio por abusar sexualmente de sus hijos e hijas. Una de ellas, de 15, tuvo un bebé tras ser violada por su padre. Hace un par de meses, la pareja fue condenada a 25 años de prisión. 
Caminar sobre clavos 
La idea de introducir los títeres en el abordaje terapéutico de víctimas de maltrato y abuso sexual surgió a partir de la experiencia de Elena en la recreación de niños encerrados en institutos de menores. “Cuando hacía las funciones, los chicos me contaban muchas cosas tremendas y yo esperaba que las repitieran en su terapia”, recordó la titiritera, de 37 años. Desde los 18 años concurre, como voluntaria, a entretener con sus títeres a chicos institucionalizados por problemas con la ley u hospitalizados con cuadros graves (ver aparte). Elena conoció a Lourdes Molina y le comentó su inquietud. La psicóloga, que venía trabajando con niños violentados hacía tiempo, le propuso incorporarse a su equipo. La experiencia lleva cuatro años de sistematización. En 1999 fue presentada en el Congreso de Infancia Maltratada realizado en la ciudad española de Valencia y una semana atrás en las II Jornadas de Formación “Niñez y Adolescencia en situación de riesgo”, de la Facultad de Psicología de la Universidad del Salvador.
El departamento de Maltrato Infantil y Abuso Sexual del CNMyF atendió en el primer semestre de 2000 a 241 niños-víctimas, derivados de juzgados. El 37 por ciento, de 6 a 10 años; el 28 por ciento, de 1 a 5. En 1999 fueron más de 300. En el 86 por ciento de los casos, el maltrato y abuso tuvo lugar en el seno mismo del hogar y fue ejercido por algún integrante de la familia (ver aparte). “Esta realidad hace que a los chicos les cuesta mucho más develar el abuso”, señaló Molina.
Los títeres no son usados con todos los chicos. “Cuando se pueden expresar libremente, no los introducimos”, aclaró la psicóloga. En la terapia, el títere no pierde nunca su esencia de personaje fantástico. “El muñeco hace preguntas muy abiertas para que el nene pueda contar lo que quiera. Comprobamos que el títere facilita la comunicación. Muchos chicos víctimas de maltrato están tan acostumbrados a callar que les cuesta bastante poner en palabras lo que sufrieron. Pero cuando pueden depositar eso que vivieron en un lugar, como el espacio terapéutico, pueden empezar a reorganizar su vida”, agregó la jefa del departamento. 
Molina recordó el caso de un grupo de tres hermanitos de 4 a 6 años que desnudaban compulsivamente a los títeres, con excepción de los pies. En cada sesión ocurría una escena similar: siempre los dejaban calzados o con medias y no decían nada. “Cuatro meses después del primer encuentro pudieron contar el abuso que sufrían: sus padres los castigaban en los pies, los hacían caminar sobre una bandeja con clavos o arrodillarse sobre un rallador”, contó Molina.
La mayoría de los menores que recibe tratamiento en el Departamento de Maltrato Infantil y Abuso Sexual, del CNMyF, deben declarar en causas judiciales como testigos-víctimas de esos delitos. “Encontramos que los tiempos procesales no son los mismos que los terapéuticos. Hay dos grupos de magistrados: aquellos que están dispuestos a escuchar a los chicos y aquellos que no. Estos últimos pretenden que los niños develen el abuso rápidamente, en una o dos entrevistas, porque si no, consideran que se cae la prueba. Un chico necesita que se le respeten sus tiempos para poder sacar todo lo que ha padecido, en un vínculo de confianza”, observó Molina. 
Los chicos, muchas veces, expresan los abusos con gestos, sin demasiadas palabras. “Para algunos jueces, eso no significa nada y los abusadores son absueltos por falta de mérito. Esta suerte de descreimiento del Poder Judicial ha dejado a los chicos desvalidos y desprotegidos”, cuestionó la psicóloga. Una de las razones por las cuales el equipo que encabeza Molina no trabaja con muñecos sexuados, como otros especialistas que tratan niños abusados, es para evitar que el testimonio del menor sea cuestionado en el juicio contra los ofensores. “Muchos abogados defensores suelen alegar que con ese tipo de técnica (que permite que los chicos señalen qué partes del cuerpo les tocaban y de qué forma) se les trasmiten conocimientos sexuales no apropiados para la edad de los chicos y pueden impugnar su declaración”, explicó Molina.
Elena trabaja sin retablo, la casita que habitualmente usan los titiriteros para realizar la función. Tiene sus motivos y así los explica: “El poder mirar a los chicos a los ojos me da mayor ductilidad. Además, estos chicos que tienen muchísimas historias ocultas en su vida no quieren nada más escondido delante de sus ojos”.

 

 

Qué hacer ante un caso

Ante la sospecha de que algún niño puede ser víctima de maltrato o abuso sexual infantil de parte de algún miembro de su familia, el defensor de menores Atilio Alvarez recomendó comunicar el hecho en alguna defensoría de menores. “Los defensores de menores tenemos inmunidad para denunciar y sabemos cómo orientar la denuncia sin destruir pruebas. Si algún particular denuncia a un vecino por este delito y el hecho, a pesar de ser cierto, no puede probarse, el denunciante podría ser acusado de calumnias”, explicó Alvarez. “En los casos en que el victimario pueda ser un maestro es aconsejable que primero comenten la situación en el gabinete psicológico, para que el chico reciba contención, porque es importante que no se bloquee. Los chicos suelen contar este tipo de hechos con una mezcla de inocencia, vergüenza y culpa. Es fundamental no decirle nada que pueda hacerlo sentir culpable como, por ejemplo, ‘¿cómo te dejaste hacer eso?’ o ‘¿a vos te gustaba?’”, advirtió Alvarez. El defensor aclaró además que “no es conveniente que los padres produzcan estrépito público cuando el acusado es un maestro. La exposición es durísima para los chicos. Puede arrastrar el estigma del niño violado toda la vida”, destacó.

 

 

ELENA, UNA TITIRITERA VOLUNTARIA
Una vida entre muñecos

Por M.C.

Elena Santa Cruz tiene la cara lavada, sin maquillaje, una sonrisa tierna y una mirada cálida, que invita a la confesión. Tiene 37 años, un hijo y es titiritera desde los 13. Se nota, porque toda su expresión lo delata, que adora a sus muñecos tanto como a los chicos. “La capacidad de asombro siempre te supera. No tocás el techo nunca”, dice sobre los relatos de maltratos y abuso sexual que escucha a diario de los chicos que reciben tratamiento terapéutico en el Departamento de Violencia del Consejo Nacional del Menor y la Familia. 
Elena es también maestra jardinera, profesora de Tecnología Educativa en la Universidad del Salvador y catequista. Dice que es muy tímida y que por eso se refugia detrás de los muñecos. No sólo los maneja para facilitar la comunicación con las víctimas de violencia. Es titiritera voluntaria en hogares de niños, escuelas y hospitales, adonde concurre especialmente en fechas clave como Navidad, Pascuas, el Día del Niño y el de la Madre, para entretenerlos. La misma función que hace para los más pequeños la repite frente a adolescentes encerrados en institutos de menores y también delante de adultos internados en el pabellón de VIH del Hospital Muñiz. 
“El títere es un acompañamiento terapéutico. El títere no cura nada, pero es un excelente analgésico. Da la cuota de infancia que los chicos no tienen: a los que fueron víctimas de maltratos les han robado la infancia”, afirma. Su mayor satisfacción es verlos relajados y escucharlos reír a carcajadas. “Cuando pasa eso en una sala de un hospital, siento que las paredes se caen y estamos en una plaza”, describe. Dice que a diferencia de un titiritero de espectáculo, ella tiene que ir a buscar a sus espectadores. “El gran desafío de un artista es llegar a la persona y alguien que está dolido no puede buscarme”, apunta Elena. 
Un día, recuerda, estaba haciendo una función para adolescentes con conflictos graves con la ley de un instituto de menores de la Capital Federal. De pronto, uno de los presentes, de 16 años, con severos problemas de conducta y miembro de una banda que había cometido robos a mano armada, empezó a gritar desde el fondo del salón: “Los títeres son una porquería”. La misma frase la repitió varias veces, elevando cada vez más el tono de voz. A través de uno de sus títeres, un mono, Elena lo desafió: “Si creés que soy una porquería, vení que te agarro de los pelos”. El muchacho, de contextura corporal grande, se levantó y empezó a caminar directamente hacia la titiritera. “En ese momento, creí que me iba a pegar. Pero a medida que siguió avanzando, noté cómo se iba desarmando, cada vez parecía más chiquito. Hasta que llegó delante mío, se arrodilló y me dijo: ‘¿Sabés qué pasa, chabón? Yo nunca había visto un títere’. A partir de ahí, siempre fue el primero en llegar al taller de títeres y me respetaba, me acariciaba el pelo y me decía, cariñosamente, tía”.

 


 

EL CASO DEL PROFESOR DE MUSICA DEL JARDIN DE NUÑEZ
Un acusado con “falta de mérito”

En los últimos meses creció el número de denuncias por abuso sexual infantil en colegios porteños. En uno de los hechos que tuvo mayor repercusión pública, un profesor de música de un jardín de infantes de Núñez, que también dictaba clases en otras dos escuelas porteñas, fue acusado de abusar sexualmente de varios de sus alumnos, la mayoría niñas, de 5 a 7 años. “Una de ellas contó que el profesor le había hecho pis sobre su buzo. Otras hicieron dibujos muy particulares que dejaban ver el abuso. Pero a pesar de que en los relatos de las nenas de distintos colegios había compatibilidades muy asombrosas, el tribunal de menores que intervino resolvió ‘falta de mérito’ para procesar al imputado, porque no consideró suficientes los testimonios de los menores”, observó una fuente de la Oficina de Fiscales de Circuito de los barrios de Saavedra y Núñez, que intervino en la causa.
El hecho de no creerles a los niños testigos-víctimas de delitos sexuales suele ser uno de los escollos que deben sortear los defensores de menores y fiscales a la hora de llevar adelante este tipo de denuncias. “Los chicos pueden mentir. Esto es más común en causas de divorcio y lo hacen inducidos por mayores. Pero lo importante es que el relato del niño abra un espacio para la investigación. Hay metodologías para determinar si fabula o no”, señaló Irene Intebi, psiquiatra infanto-juvenil, coordinadora del Programa de Maltrato Infantil del gobierno porteño. 
La decisión de la jueza de menores Nº 6 Susana Leyras, que intervino en el caso del jardín Nueve Lunas, de Núñez, fue apelada por el fiscal José María Campagnoli. Hace dos semanas, la Sala VII de la Cámara de Apelaciones en lo Criminal revocó la falta de mérito dictada en primera instancia, con lo cual la situación procesal del imputado debe ser revisada. Tras conocer por los medios la denuncia realizada en la comisaría 35ª por uno de los padres de una alumna del jardín Nueve Lunas, de Núñez, contra el profesor de música, surgieron otras acusaciones. Padres de alumnos de otros dos colegios en los que el mismo docente dictaba clases (el Jardín de las Barrancas, de Belgrano, y el Colegio San Agustín) declararon en la fiscalía que sus hijas también habrían sido víctimas de abusos sexuales. 
Otra de las denuncias conocidas en los últimos meses fue contra un maestro del jardín de infantes del Normal Nº 1, de Barrio Norte, y la tercera, contra un docente de un primario de San Cristóbal.

 


 

CADA VEZ EXISTEN MAS DENUNCIAS
Las cifras del horror

Por M.C.

La cantidad de llamadas a la línea “Te Ayudo” del gobierno porteño revela la magnitud del problema de la violencia hacia chicos: cada día, a lo largo de 1999, se recibieron 34 pedidos de ayuda o denuncias de distintos tipos de maltratos. De ese total, tres llamados diarios fueron por casos de abuso sexual infantil. En más de la mitad de esos hechos, el victimario ha sido el padre; en el 17 por ciento, el padrastro; en el 4 por ciento, la madre; y en el 3,6 por ciento, ambos padres. Según coinciden especialistas, cada vez hay mayor conciencia social sobre el problema. Un lugar privilegiado para detectar el maltrato infantil es la escuela. Sin embargo, muchos docentes no están suficientemente capacitados para hacerlo. 
“Hay que instruir a los maestros, porque a los chicos les cuesta mucho contarlo; tienen mucho miedo a decirlo por las consecuencias que podría llegar a tener”, opinó la abogada Elsa Arias, designada presidenta de la Sociedad Argentina de Maltrato Infantil, una entidad en formación, que se dedicará a la prevención de esta problemática, que atraviesa por igual todos los sectores socioeconómicos.
El Programa de Investigación de la Infancia Maltratada, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, se dedicó en los últimos cinco años a rastrear casos de maltrato infantil en las escuelas, para medir el problema. El equipo de investigadores, dirigido por María Inés Bringiotti, relevó una muestra representativa de escuelas de Capital Federal y de la localidad bonaerense de Avellaneda. En la ciudad de Buenos Aires encontraron 1240 alumnos víctimas de distintos tipos de maltratos. Están en esa situación el 7 por mil de los escolares del nivel primario, el 3 por mil de los de nivel inicial y el 15 por mil de chicos de escuelas especiales. El 40 por ciento sufre abandono físico; el 21 por ciento, maltrato emocional; el 15 por ciento, maltrato físico; el 10 por ciento debe trabajar a pesar de ser menor; el 6 por ciento carece de control parental de sus conductas; el 5 por ciento debe mendigar; el 1,4 por ciento tiene conductas delictivas; y el 1,2 por ciento es víctima de abuso sexual. 
“Encontramos bastantes dificultades en la detección del abuso sexual infantil en los colegios. El porcentaje que surge de las encuestas es muy inferior al real. Los docentes tienen mucho miedo y les resulta bastante incómodo hablar del tema. Hay una especie de ‘no meterse’. Muchas veces, incluso, entran en juego historias personales y se sienten muy movilizados”, explicó Bringiotti.
En total, rastrillaron diez de los 21 distritos escolares de la ciudad de Buenos Aires y, en cada uno de ellos, encuestaron a todos los maestros de seis escuelas de nivel inicial y seis primarias, todas ellas públicas.
En Avellaneda, la muestra abarcó establecimientos municipales, provinciales, privados, religiosos y no religiosos. Los datos en ese distrito son más alarmantes. Detectaron maltratos en el 12 por mil de los alumnos de nivel inicial, el 30 por mil de primaria y el 50 por mil de escuelas especiales. Los resultados del relevamiento fueron publicados este año en el libro La escuela ante los niños maltratados, de editorial Paidós. 
“Hace ocho años prácticamente no había denuncias en la Justicia por abuso sexual infantil, pero desde hace cinco años empezó a crecer el número, no porque haya más casos, sino por una mayor conciencia sobre el problema, a pesar de que todavía no existe la suficiente”, observó la abogada Elsa Arias, referente en la temática, quien hasta mayo se desempeñó como defensora de menores tras más de cuarenta años de trabajo en el ámbito judicial.

 

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