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Yo me pregunto

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La vecinita de enfrente

Durante la semana que pasó, el metejón de Madonna con Inglaterra llegó a su clímax: el jueves bautizó a Rocco (el hijo que tuvo con el director británico Guy “Armas Humeantes” Ritchie); el viernes se casó con el padre de la criatura en un castillo escocés y el matrimonio ya anunció que le tomó tanto cariño a Londres que piensan comprarse una casa en el barrio de Notting Hill, seguir comiendo en San Lorenzo (un restaurante célebre por contarse entre los dilectos de la familia real) y anotar a la pequeña Lourdes en el Cheltenham Ladies’ College, el colegio para señoritas más snob de Londres. Al parecer, desde que Madonna incluyó a Ali G (el cómico inglés que muchos ya consideran el nuevo Benny Hill) como chofer en el video de “Music” y escupe improperios típicamente ingleses como “bollocks” y “plonker”, el imperio está chocho con Madonna (salvo, probablemente, las Spice Girls). Y la cosa está tomando dimensiones que las cuatro chiquilinas del Girl Power ni sueñan alcanzar: cuando a principios de diciembre la Ciccone dio un recital en Londres, por primera vez en siete años el Times, el Guardian y el Daily Telegraph (los tres diarios más importantes de Inglaterra) perdieron su habitual compostura y decidieron ponerlo en tapa, y no en la sección de espectáculos, como ocurrió con los conciertos de U2, Oasis, los Rolling Stones y Peter Gabriel. Según los especialistas en imagen, la figura de Madonna ya ha desplazado a la de Lady Di en el imaginario británico (algo que ella misma se encargó de enfatizar cuando elevó a las autoridades pertinentes un pedido para poder casarse en la misma Catedral de Saint Paul que Diana y el príncipe Carlos). Pero el broche de oro de este idilio estuvo a cargo del tabloide Sun y uno de sus lectores: cuando Dominic Mohan, editor de espectáculos del legendario pasquín, decidió regalar cien entradas entre los lectores, en menos de un día recibió un alud de pedidos vía e-mail desde lugares tan disímiles como Venezuela, Rusia y las islas Fidji y ofreciendo hasta dos mil dólares por cada entrada. Pero el lector de marras fue más allá: dijo estar dispuesto a entregarle a Mohan su mujer por una noche (con el consentimiento de ella) a cambio de dos entradas. Mohan afirmó a los cuatro vientos que el ofrecimiento le parecía un despropósito, pero según los corrillos periodísticos londinenses, durante la noche del recital, el matrimonio en cuestión no tuvo ningún problema para ver a Madonna. Señores del Sun, ¿para cuándo el video A la cama con Mohan?

Mr. Jones
Andrew Loog Oldham fue para los Rolling Stones lo que Brian Epstein fue para Los Beatles: un manager que, más que un manager, era un padre. En las flamantes memorias que acaba de publicar bajo el título Stoned, Oldham recorre sus años con la banda, durante los que se enorgullece de “haber sacado lo peor de ellos”. Entre las múltiples revelaciones que Oldham les regala a los fans, hay una que viene a echar leña al fuego: el día en que la banda estuvo a punto de darle salida a Mick Jagger. Oldham lo cuenta así: “Eric Easton (por entonces comanager de la banda junto a Oldham) estaba terriblemente ansioso por lograr que los Stones pasaran una prueba para tocar por la BBC y logró convencer a Brian Jones, luego de una reunión secreta entre ambos, de que nada debía interponerse en esta gran oportunidad que tenía la banda. Y eso incluía a Mick. Brian coincidía con Eric, señalando que Mick siempre había tenido una voz débil y debía cuidarse si quiere cantar noche tras noche. Simplemente tendremos que deshacernos de él si es necesario, agregó”. Como todos saben, Brian Jones apareció ahogado en su pileta. Durante años, los mismos que afirmaban que Paul McCartney había muerto señalaron a Jagger como probable responsable de la muerte de Jones. Pero cada vez que quisieron hundirlo, Jagger salió a flote.

El título maldito
ataca de nuevo

Dos semanas atrás, Radar registró un extraño fenómeno de títulos mutantes en la cartelera de los cines porteños. El caso en cuestión era el de Qué absurdo es haber crecido, largometraje debut del director Roly Santos, que fue rebautizado por diversas salas capitalinas como Qué aburrido es haber crecido y el más alucinatorio Qué sabio es haber crecido. Pero esta trágica historia de un nombre que pugna por su reconocimiento no termina ahí. Ahora, el caso es un asunto oficial: después de la pobre recaudación que logró la película, los programadores del Complejo Tita Merello parecen haber pasado de la desazón al total arrepentimiento, retitulándola Qué absurdo es haber nacido. Si esto sigue así, no sería extraño que cuando la película finalmente baje de cartel, los cines la sigan anunciando, esta vez con el título Qué absurdo es haber venido.

Todos los finales son iguales

Después de la cantidad de novelas, obras de teatro y biografías cuyo finales Hollywood manoseó al adaptar para la pantalla, Europa parece haberle encontrado la vuelta y se dispone a usar la ignorancia de Hollywood para levantar la alicaída costumbre de leer libros. La idea es de la librería inglesa Waterstone’s y apareció entre el malón de campañas pormocionales que se lanzan para las Fiestas. El afiche es sencillito, pero contundente: una serie de tapas de libros y una leyenda que dice: “Léalos ahora, antes de que Hollywood les cambie el final”. No sería raro que, para la Navidad que viene, Hollywood estrene una película donde un héroe norteamericano libra batalla por sí solo contra una pérfida cadena de librerías inglesas que vende libros con finales distintos a las películas en que estaban basados.

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