Lo más hermoso

‑‑No te podés perder, dice mi amigo. El camino es paralelo a la línea de las sierras, reafirma.

No tengo miedo de perderme. Deseo perderme para encontrar el camino de vuelta (por lo menos, coqueteo con la idea). A medida que avanzo el sol se hace intenso, desacelero el paso y voy despojándome, poco a poco, de los abrigos. Un cartel vial anuncia que estoy llegando a Cerro de Oro. A la izquierda hay un camino de tierra que sube a la montaña y decido desviarme con el afán de la aventura. Llevo una mochila, una botella de agua y una cámara de fotos a la que no le doy descanso. Un zorro cruza el camino. Cortaderas dejan marcas en los brazos desnudos. Espinillos se adhieren a la ropa. Atravieso unas pocas casas modestas de las que salen perros que ladran (nunca falta un perro en el paisaje). No me inmuto, sólo son voces que alteran el silencio. El camino se hace estrecho hasta del tamaño de la huella de un animal que ha caminado mucho tiempo. Soy un animal que viene caminando desde hace mucho tiempo. Pero, a diferencia del otro (el otro animal), mi huella se ensancha y se hace profunda. Decido volver en el momento en que llego a una tranquera que limita la frontera con el espacio privado. Maldigo la propiedad privada. Albert está viajando por España. Compró un celular de última generación y toma fotos de todo lo que encuentra a su paso. Las envía a sus amigos por whatsapp al instante.

Así es como sigo su recorrido. Madrid, la Alhambra, ostras en Narbona, un sol entre girasoles (Van Gogh y los cuervos acechan), un crepúsculo sobre un castillo, un puente sobre el río, un museo en Bilbao, bailaores flamencos en Sevilla. Albert es otro animal que camina y deja huella. Ahora está en Barcelona.

Vuelvo al camino principal. Distingo el pueblo a lo lejos. Aparece el primer caserío.

Desde una ventana una nena levanta la mano, sonrío. Llego a lo que adivino un sitio institucional del pueblo. A la derecha, la plaza con juegos infantiles. Al fondo de la plaza, la Escuela Pública. Al costado de la escuela, la Biblioteca. Confieso que me despertó una gran alegría la presencia de una biblioteca en un espacio en la que se distingue; aunque todo está cerrado y vacío (¿será porque es época de vacaciones?).

Las piernas empiezan a doler y prefiero hacer el primer descanso. Elijo un banco de la plaza. Descalzo los pies, estiro el cuerpo, extiendo los brazos, aflojo las piernas, tomo los primeros sorbos de agua.

Miro hacia la montaña, el sol quema los ojos. Pero no lo suficientemente como para descubrir la silueta de una pequeña iglesia, de líneas simples. A contraluz, la fachada se cubre de  sombras. La imagen es subyugante con apenas tres elementos: una iglesia, un fondo de montañas y un sol enceguecedor. Esta imagen es franca; quiero decir, no miente. Diría que es lo más hermoso que vi en el camino. Me acerco y puedo leer en el frontis La Sagrada Familia en letras de neón. A pesar de que las condiciones de luz no son las ideales para tomar una fotografía decido obturar.

Suena el whatsapp. Abro la imagen. Albert está sonriendo con el fondo de la famosa iglesia que Gaudí embelleció. El epígrafe dice: Es lo más hermoso que vi.

*Este texto se publicó en la sección Crónica de la revista literaria digital Bandidos rurales, que puede leerse haciendo click aqui

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