Descubren que la región central tuvo presencia humana antes de lo que se creía

Los tatarabuelos pampeanos

Un grupo de arqueólogos liderado por Gustavo Politis confirmó señales humanas de hace 14 mil años, a partir de la datación de restos animales extinguidos en la ciudad de Tres Arroyos. El hueso de un caballo americano, la pista determinante.
Gustavo Politis, investigador del Conicet y director de un instituto de investigaciones arqueológicas.Gustavo Politis, investigador del Conicet y director de un instituto de investigaciones arqueológicas.Gustavo Politis, investigador del Conicet y director de un instituto de investigaciones arqueológicas.Gustavo Politis, investigador del Conicet y director de un instituto de investigaciones arqueológicas.Gustavo Politis, investigador del Conicet y director de un instituto de investigaciones arqueológicas.
Gustavo Politis, investigador del Conicet y director de un instituto de investigaciones arqueológicas. 

Si bien hasta el momento las señales humanas más antiguas en la región pampeana tenían alrededor de 13 mil años, un grupo interdisciplinario de investigadores comprobó que la llegada de los primeros seres humanos que la habitaron fue previa. Por intermedio del análisis radiocarbónico –y a partir de otras técnicas de medición como el acelerador de partículas– de un hueso de caballo americano corroboraron que la fecha debía desplazarse otros mil años hacia un pasado todavía más remoto.
Gracias a las últimas novedades, es posible afirmar que la especie conocida como Homo sapiens ocupó los alrededores de la actual ciudad de Tres Arroyos hace 14 mil años. Gustavo Politis –investigador superior del Conicet y director del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Paleontológicas del Cuaternario Pampeano– describe cómo fue el proceso de hallazgo y posterior confirmación, y por otra parte comparte su perspectiva acerca de la arqueología, una disciplina que permite narrar la historia humana en la región a partir de un abordaje científico riguroso e indispensable.
–Usted es arqueólogo hace más de 30 años, pero su vocación científica se perfiló cuando apenas era un niño.    
–Es cierto, de pequeño recibí cierta influencia de un tío que, si bien era marino mercante, se apasionaba por la arqueología. Me críe en Necochea y cuando salía a caminar por los alrededores de mi pueblo siempre localizaba boleadoras, morteros y restos indígenas. De modo que desde bien temprano, a eso de los 13 o 14 años, este tipo de hallazgos movilizó mi espíritu curioso.
–¿De qué manera?
–Quería saber a quién habían pertenecido, qué antigüedad tenían y todo tipo de datos vinculados a ello. Luego, comencé con la realización de las primeras “expediciones”. Cuando tenía 15 años gané una feria de ciencias con un proyecto arqueológico cuya instancia final se realizó en Olavarría. Como uno de los jurados era, en aquel entonces, el director del Instituto de Investigaciones de la localidad conseguí una beca para realizar las primeras  prácticas. Allí comenzó mi interés mas profundo por la disciplina. Más tarde, fui a estudiar a la Universidad de La Plata, egresé como arqueólogo y, por último, continué con el doctorado. Allí trabajo como profesor y también en la Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires.
–Cuénteme acerca de sus investigaciones respecto a la ocupación humana en la región pampeana.
–Mientras estudiaba la Licenciatura le informaron a un profesor, el doctor Alberto Rex González, sobre la existencia del sitio arqueológico Arroyo Seco, ubicado en la ciudad de Tres Arroyos. Se trataba de una localización de mucho valor, cuyos niveles más profundos registraban restos de fauna extinguida y artefactos de piedra. Pero eso no es suficiente para plantear una gran antigüedad. En sentido general, es necesario comprender que los sitios arqueológicos son sistemas complejos y sus componentes se transforman con el correr del tiempo. Es decir, nada se conserva intacto como lo dejaron los indígenas miles de años atrás. Existen procesos de erosión, de deflación, cuevas de roedores, raíces y otras variables. Por ello, se requiere de estudios integrales que combinen conocimientos de otras áreas como la arqueología y la geología, también.
–Y en concreto, ¿en qué se basa su investigación? ¿De qué manera confirmaron, hace pocos días, la existencia humana hace 14 mil años?
–Nuestro equipo se encarga de excavar, extraer  y analizar los  materiales. Contábamos con datos previos que nos permitían pensar que hace unos 13 o 14 mil años los indígenas de la región podrían haber matado a un megaterio –un perezoso gigante–, aunque las evidencias no estaban tan claras. Además, contábamos con un hueso de un caballo americano que según nuestros estudios indicaban la acción humana. De modo que, junto a María Gutiérrez, Daniel Rafuse y Adriana Blasi, nos concentramos en la investigación al respecto. Los insumos ya los teníamos. Lo que restaba era la confirmación mediante técnicas y tecnología de precisión.
–Utilizaron carbono 14 y además enviaron las muestras al exterior para que fueran procesadas  mediante un acelerador de partículas. Cuénteme al respecto.
–Exacto. El hueso fue datado de una manera muy precisa que confirma una antigüedad que se aproxima a los 14 mil años. Uno de los análisis que realizamos fue a partir de la aplicación del carbono 14, técnica que habilita la datación de material orgánico de hasta 40 mil años. Junto con eso, el acelerador de partículas permite, por intermedio de una muestra muy pequeña –basta con unos miligramos de hueso–, la obtención de una datación radiocarbónica muy confiable, ya que se eliminan los potenciales contaminantes.
–¿Por qué este descubrimiento es importante?
–En concreto, el hueso del animal posee marcas antrópicas muy evidentes para el equipo científico, una fractura producto de un golpe contra un yunque. Son señales que apoyan el modelo que explica que los seres humanos llegaron a América después de la última glaciación, producida hace entre 22 y 18 mil años. Arribaron desde Asia cuando los hielos se derretían por el norte y luego se expandieron por el continente. Ni más ni menos que eso: la señal humana más antigua con la que contamos en el sitio. Se trató de los primeros cazadores-recolectores del lugar que convivían con caballos y megaterios.
–La ocupación de indígenas, a nivel regional, se integra con los estudios que se desarrollan en otros sitios arqueológicos de diversas latitudes. Un ejemplo es Monte Verde en Chile.
–Sí, claro. El sitio Monte Verde posee una antigüedad un poco mayor que la nuestra, unos 14 mil quinientos años. Se halla cerca del océano Pacífico y fue habitado por comunidades muy adaptadas al consumo de vegetales y de recursos marinos. El sitio que nosotros investigamos se  encuentra más o menos en la misma latitud pero del otro lado de la Cordillera de los Andes en plena región pampeana.
–Ya que usted investiga cómo fueron los seres humanos que habitaron el país en el pasado, ¿cómo cree que serán los seres humanos del futuro? ¿Cómo piensa que viviremos en el 14 mil d.C.?
–No tengo idea. Es muy difícil saberlo porque el ritmo evolutivo y los modos de socialización se han acelerado a gran escala. Sobre todo, por la fuerte incidencia de las tecnologías y más recientemente, por las redes sociales que han transformado las formas de comunicación y las prácticas culturales. Por ejemplo, los cambios corporales en las maneras de transportarse son relevantes. Lo que caminaba cualquier niño indígena al llegar a los 10 años supera a lo que cualquier adulto-mayor contabiliza, en la actualidad, cuando se aproxima al ocaso de su vida.
–Y desde aquí, en este marco de incertidumbres: ¿cómo cree que será el trabajo arqueológico en el futuro?
–Nuestra sociedad ha generado una variedad importante de formas de registro. Es decir que alguien que quiera saber respecto de nuestras sociedades en el futuro podrá contar con un abanico de documentos mucho mayor que el que nosotros contamos para investigar los primeros grupos que habitaron la región pampeana. La arqueología de tiempos prehispánicos se enfrenta a la falta de registro escrito. Solo nos basamos en los artefactos hallados y en las analogías etnográficas. Por eso siempre es central subrayar que la novedad de cualquier hallazgo reúne mucho esfuerzo. Por ello, generar  un aporte científico original conlleva tiempo y dedicación.
–Es necesario quebrar este imaginario popular que vincula de modo directo y esquemático a la arqueología con los hallazgos espectaculares.
–Exacto. Resulta fundamental comprender que existe un método científico detrás de la arqueología y que los descubrimientos no tienen que ver con la fortuna, sino con la investigación seria y continua. Como en cualquier obra, existe un detrás de escena que es fundamental.

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