Eloisa Solaas viene de ganar el premio a la Mejor Dirección en el Bafici

"Tengo muchos recuerdos de rendir exámenes"

En Las facultades, la cineasta transmite al espectador el vínculo empático que la une a sus personajes, estudiantes de distintas carreras universitarias.
En su film, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico.En su film, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico.En su film, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico.En su film, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico.En su film, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico.
En su film, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico. 
Imagen: Guadalupe Lombardo

Como ocurre con cada edición, este año Bafici volvió a incluir dentro de sus secciones competitivas algunas de las películas nacionales que sin dudas terminarán figurando en la lista de las mejores de la temporada. Entre ellas se destacó en especial Las facultades, ópera prima de Eloisa Solaas, quien se llevó el premio a la Mejor Dirección en la Competencia Argentina.

En Las facultades, Solaas demuestra gran inteligencia narrativa para realizar un acercamiento al ámbito académico a partir del retrato de una serie de estudiantes de distintas carreras universitarias durante sus procesos de estudio y evaluación. Si bien a través de ellos y de los conceptos que cada uno aborda la directora hilvana un relato sobre la cuestión humana desde los ángulos más diversos, su mérito reside sin embargo en la capacidad para transmitir al espectador el vínculo empático que la une a sus personajes.

“La idea apareció en 2014, durante la escritura del guión para un corto que concluía con la escena de un examen final oral. Aquel guión lo abandoné, pero esa escena del final me quedó dando vueltas”, rememora Solaas. “Pero también hay algo personal: tengo muchos recuerdos de rendir orales en la facultad. Estudié Diseño, Imagen y Sonido, y durante muchos años dejé colgadas materias porque los finales orales me daban, bueno... Pateaba esa situación de rendir. Un día, hablando con un amigo, me di cuenta de que quería filmar eso de manera documental, me interesaba poner una cámara en los exámenes. El proceso fue lento, porque fue difícil conseguir el consentimiento de los alumnos y también la cuestión institucional. El primer examen lo filmé en Puán en diciembre de 2014: 'Problemas de la filosofía medieval'. Y el último en 2017”, continúa la directora.

-¿Qué es lo que volvía a sus experiencias en exámenes orales tan especiales que le urgía regresar a ellos para contarlos desde el cine?

-Tengo muy clara la sensación sentir curiosidad por mi propia cara. Algo muy básico. Ese llegar sin dormir, sobre todo al principio de la carrera. Recuerdo un examen que rendí en Puán, "Literatura en las artes combinadas", que fue el primero: me había olvidado de tomar agua, tenía la sensación de estar abrumada, desencajada. Me daba curiosidad ver cómo impactaba esa situación sobre mí misma. Dando clases me tocó ver el contraplano de eso. Creo que se trata de una situación interesante desde lo cinematográfico, un tipo de diálogo muy particular en donde en 20 minutos no solo se juega todo el conocimiento que se adquirió en una materia cursada, sino otro tipo de talento que tiene que ver con la capacidad para ordenar un discurso, la habilidad para convencer, que los nervios no te jueguen en contra.

-Factores que son casi los mismos que en una puesta en escena.

-Exacto, hay algo que tiene que ver con interpretar un rol y en la película en algunos casos se ve muy claro. Incluso, en Ciencias Exactas existe una instancia oral en la que tienen que pensar por qué hicieron esto o lo otro, pero se ve mejor en las carreras humanísticas. Sobre todo en el examen de Derecho, porque incluso el docente lo plantea como el simulacro de una audiencia oral, que ya de por sí es una puesta en escena. Creo que en la abogacía también hay algo muy interpretativo que se nota mucho en los abogados penalistas o en los que se dedican a la política.

-El hecho de que una de las estudiantes que eligió retratar sea una actriz (María Alché), subraya ese vínculo entre el examen y la puesta en escena.

-El de María fue el primer examen que filmé. Su compañero de estudio, Damián Velazco, también es actor de doblajes, y eso les dio facilidad para estar delante de una cámara. Y me ayudó mucho, porque estuve casi un año buscando sin éxito gente dispuesta a ser filmada durante un final, hasta que en un momento hablando con María me contó que estaba estudiando filosofía y cuando se lo propuse enseguida accedió. Me interesó lo que se podía llegar a producir con una cara conocida para el cine, aunque no tenía muy claro cómo iba a funcionar. Incluso, después me planteé jugar más con este borde, con este límite, con la ambigüedad. Pero las estrategias que tienen que ver con esa cuestión de la puesta en escena se dan incluso en los alumnos que no tienen nada que ver con el cine.

-Usted dice que la película nace a partir de la curiosidad de su propia experiencia como alumna y esa afirmación permite jugar con la idea de que los diferentes protagonistas elegidos integran algo así como un alter ego colectivo. ¿Cómo fue el casting para seleccionar a todos estos alter egos?

-A veces fui por el lado del estudiante, buscando gente que estudiara en determinadas carreras. Llegué hasta ellos a través de conocidos de conocidos y a partir del vínculo con los alumnos llegaba después hasta los docentes. Otras veces fue al revés. En Medicina fue interesante porque es muy difícil filmar ahí. Hay facultades más accesibles que otras y en Medicina está esa cuestión de que “la Facultad no está para boludeces”. Hasta que una serie de cambios en las cátedras me permitió finalmente acceder, pero siempre bajo la condición de que eran ellos los que decidían a quién filmar.

-¿Entonces no siempre tuvo la posibilidad de elegir a sus protagonistas?

-En realidad, la selección se terminó dando en el montaje, porque hay varios exámenes que filmé y finalmente descarté. Hubo mucho de azar. Pero a veces jugó mucho el criterio a priori, como en el caso del alumno que da su examen en el penal. Ahí tenía estudiantes que eran un grupo de personas que estaban presas por distintos motivos y entre ellos había diferentes perfiles. Algunos ya tenían una profesión y estudiaban como una forma de pasar el encierro, pero en otros se jugaba un sentido de transformación más claro: chicos que se metieron en la delincuencia muy jóvenes, que vienen de un contexto marginal y realmente no tuvieron la posibilidad de estudiar. Me parecía mucho más interesante ese proceso.

-Justamente, el chico que estudia sociología en la cárcel es quien acapara el protagonismo dentro del relato. ¿Eso fue planificado o también surgió en instancias posteriores, como el montaje?

-Eso fue una sorpresa. No sabía lo que iba a pasar y ahí se jugó algo que es lo que, en el mejor de los casos, debería suceder en los exámenes orales. Si bien en la película hay humor y cierta crítica a determinadas situaciones de poder que se dan dentro de las instituciones educativas, creo que ese es un valor de las universidades nacionales, porque en otros países e incluso en la Argentina hay otras facultades que privilegian otro tipo de evaluación, la cosa escrita. En el examen de ese chico, Jonathan, se da algo interesante. La docente que lo evalúa le propone usar el concepto de los tipos ideales de Weber para analizar el contexto de la vida en la cárcel y él prácticamente termina dando una clase sobre un tema del cual sabe mucho más que ella. Entonces se produce no diría una inversión de roles, pero sí una situación más elástica donde la relación de poder se desdibuja, aunque es obvio que ella sigue teniendo el control de la evaluación.

-Esa escena también ilustra de qué modo el conocimiento usado con inteligencia permite modificar el mundo. Porque en su análisis ese chico modifica el lugar desde el cual él mismo vive su contexto de encierro.

-Creo que en el hecho de hacer una carrera se juega también la apropiación de una identidad: la profesión, el título. Y la situación de rendir un examen es un pequeño ensayo de eso: apropiarse de un conocimiento y ponerlo en práctica de una manera muy física. El caso de Jonathan es interesante porque el ya tiene una identidad, por la cantidad de años que estuvo preso, un recorrido con una carga simbólica, su propio sistema de valores, cosas que él también pone en juego en ese examen. Entonces, me parece muy rico ese cruce entre el conocimiento que va adquiriendo, su identidad de preso y esa nueva identidad de sociólogo que empieza a construir.

-¿También hiciste un castings de las facultades que querías incluir en el relato? ¿Por qué elegiste seguir a alumnos de determinadas carreras?

-Quería que hubiera un equilibrio entre humanísticas, exactas, científicas, en un sentido de ir transitando temas muy diversos. Tenía claro que quería que estuvieran Derecho y Medicina, porque son icónicas y tradicionales. En un momento empezaron a interesarme las relaciones que surgían entre algunos temas, por eso en Derecho elegí que sea Penal, porque hay un vínculo directo con Jonathan. O lo que se da entre Medicina y Filosofía, vinculando el tema del cuerpo y el alma. Y me quedé con ganas de filmar en Psicología, porque siento que también podría haber aportado algo a esa construcción.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ