La mesa está servida
Fechado hace 50 años casi exactos –el 28 de junio de 1969–, La mesa era el cuarto libro de poesía de Darío Canton. Con un total de 2604 versos, se publicó en 1972 a instancias del mítico editor Arnaldo Orfila Reynal de la por entonces flamante editorial Siglo XXI. Su adscripción al experimentalismo más libre y lúdico que pudiera concebirse contribuyó a llamar la atención sobre un libro que escamoteaba el nombre de su autor. Pero su recepción y permanencia en el tiempo fue también obra de una crítica que lo tomó en serio como eje de una renovación de la literatura, el lenguaje y las poéticas en boga desde los años 70. A 50 años de aquel iluminado momento en que Canton despertó con unos versos en la punta de la lengua, la editorial Zindo & Gafuri lo vuelve a poner en circulación. Aquí se publica una versión del prólogo que acompaña esta nueva edición de La mesa.
Imagen: Dirk Skiba

Escrito hace cincuenta años –la redacción del poema, tal como está fechado, se terminó el 28 de junio de 1969–, La mesa es el cuarto libro de poesía que publicó Darío Canton, en 1972, por una recién fundada editorial Siglo XXI de Argentina. Antes, habían aparecido en otros sellos La saga del peronismo, Corrupción de la naranja y Poamorio, en 1964, 1968 y 1969, respectivamente. Como ocurre en amplias áreas o zonas del arte, la literatura y la poesía, y como relata Canton en el segundo tomo de su monumental autobiografía De la misma llama, Los años en el Di Tella (1963-1971), el libro “nació de un sueño”: “Una noche, la del sábado 26 de junio (de 1967), después de haber terminado el trabajo, me fui a acostar, supongo que no más allá de las 24. Al rato me desperté diciéndome internamente, a oscuras, unas líneas sobre la mesa. Sonaba de lo más extraño pero igual encendí el velador (...) tomé papel y bolígrafo (‘birome’) y escribí durante algo más de una hora. (...) Al terminar puse la hora, 2.30 a.m., y la fecha, que anoté mal y corregí días después, inicialmente sólo había puesto el mes. Apagué la luz y me dormí”. Y continúa el relato: “A la mañana siguiente releí lo que había escrito y me fui hasta la salita, habitación contigua al comedor (…), para consultar el tomo correspondiente del Diccionario Enciclopédico Espasa. Encontré muchas referencias vinculadas con la palabra mesa, voces afines, etc. Estoy seguro de que pensé que tenía un filón, la punta de un ovillo a desenrollar. Nada hice con él, sin embargo, en lo inmediato, puesto que estaba demasiado ocupado. Ese manuscrito original  tenía unas 160 líneas aproximadamente, sin contar la mayoría de las interpolaciones”.

Luego se reproducen en el tomo autobiográfico esas líneas primigenias y otros manuscritos, y más narraciones en torno a un trabajo ininterrumpido –aun con vaivenes– durante dos años.

Finalmente, La mesa tendrá 2604 versos, con listados de descripciones, comparaciones, parentescos, asociaciones y “deformaciones” (masa, misa, mosa –por moza–, musa…); “catalogando”, “historiando”. Con versos con “definiciones” sorprendentes, paradojales, como aquellos que hablan de la muerte y el catafalco que sostiene el ataúd como algo que sería “el comienzo/ de la vida subterránea”. También, tipos de mesas: “mesas de dibujo/ mesas de operaciones/ mesas de torturas/ mesas de saldos/ mesas de correos”, entre muchas más. Y originales hallazgos: “mesántropo/ híbrido de mesa y hombre”; con todo tipo de paráfrasis irónicas y humorísticas; en varios casos, tomando frases célebres, como las de Mahoma, Heráclito, Galileo Galilei, Ortega y Gasset (“¡Argentinos, a las mesas!”). Es un trabajo imaginativo y proliferante, abarcador y amplio, potente.

Tras varios intentos y propuestas de publicación en instituciones y editoriales de Argentina y de otros países, desde México, el mítico editor Arnaldo Orfila Reynal responderá al envío de Canton (poema y carta fechada el 13 de agosto de 1970) favorablemente, quedando en manos de la filial argentina de Siglo XXI la concreción de la publicación, ocurrida finalmente en 1972. El autor, a posteriori, hizo un descubrimiento: “sólo siete años más tarde supe que aquél lo había dado a leer en México a Gabriel Zaid, quien había recomendado su publicación”.

Consultado por e-mail, Gabriel Zaid tuvo la gentileza de responder. Esto escribió el poeta y ensayista: “Me alegra que La mesa se reedite, y lamento no recordar si presenté un dictamen escrito. Pero sí recuerdo mi argumento central: Es una poesía completamente distinta de la que se está haciendo”. Estas son palabras recientes, de comienzos de 2019, producidas por una impresión todavía viva en el recuerdo, tras casi medio siglo transcurrido; y –un detalle a señalar– coinciden con la autoevaluación que hiciera Canton en su momento. En la carta a Orfila Reynal le dijo respecto al libro: “Creo que es algo que vale, bastante insólito y experimental y que apunta a una renovación en muchos terrenos”.

Como parte de la colección “Mínima”, el libro contó con una peculiaridad que llamó la atención y generó preguntas y cuestionamientos (públicos y privados) por entonces: no llevó el nombre del autor, ni en la tapa ni dentro del volumen. La portada, además, reproducía tres naranjas, en alusión (muy deliberada) a un libro anterior. Pese al anonimato, poco tiempo después, comenzarían a llegarle a Canton –por distintas vías– valiosas repercusiones.

RECEPCIONES Y REACCIONES

Entre las lecturas, reacciones y comunicaciones que generó La mesa tras su aparición  –recopiladas en el tercer tomo de De la misma llama, De plomo y poesía (1972-1979), alojadas también en www.dariocanton. com–, se pueden destacar algunas:

La de la crítica y ensayista Josefina Ludmer, publicada en junio de 1973 en la revista Latinoamericana: “se suscita, mediante una extraordinaria parodia del pensamiento universitario, una relación cognoscitiva que trabaja sobre la afirmación-negación permanente de lo ya sabido, que ‘sabe’ porque ‘rememora’ no una entidad (la mesa como objeto) sino un sintagma: ‘la mesa’, y convoca a la totalidad del ‘saber’ para construir un tipo de ciencia materna que es poesía, negando específicamente la escisión que practicaba la sociedad burguesa entre lo poético y lo prosaico, lo culto y lo popular, lo divertido y lo instructivo”.

La del poeta y periodista Efraín Huerta, en el Diario de México, en dos entregas, el 21 y 22 de marzo de 1973. En la primera dice de La mesa: “es un librito en versos libérrimos cortitos, certeros y absolutamente lógicos”. “Pero fue el epígrafe el que me dejó lelo. Es un texto sociológico, filosófico y económico, firmado por ¡Carlos Marx! La última relación entre El Capital y una mesa”. En la segunda, luego de la cita correspondiente de El capital, prometida en la nota anterior, afirma sobre Canton y su libro: “armado hasta los dientes de la lógica, el autor juega de maravilla con el vocablo mesa; lo exprime, deshace, rehace, como cuando habla de los científicos mexicanos que descubrieron el mesomerismo, o teoría de la mera mesa… Hay que leer este librito, al amparo de la sabia y simpática santa de habla española del siglo XVI: Santa Mesita de Luz. Y reír: hasta el paroxismo humorístico”.

La del poeta y escritor José Emilio Pacheco, vía carta personal, fechada en México D.F. el 20 de abril de 1973. Allí le dice: “Es un libro que me hubiera gustado escribir y que por desgracia no podré hacer nunca”. A lo que agrega: “El despliegue de imaginación, de inteligencia, de vocabulario me deja atónito. No sé si es prosa o poesía o algo más, pero me doy cuenta perfectamente que sólo podría existir en esta forma. Me sorprende y me agrada que el libro sea anónimo”. 

La del crítico David Musselwhite desde Kingston, Jamaica, también como comunicación personal, ese mismo año 1973, fechada el 2 de febrero. Haciendo asociaciones con Derrida, Saussure y Freud, le recuerda también que Foucault, en Las palabras y las cosas, utilizó el mismo objeto, una mesa, en pasajes de su libro. Concluye: “creo que implícita en La mesa está la idea de que todo puede ser derivado de una palabra original y nuclear”.

La del estudioso de la literatura, la filosofía y la historia Joaquim de Montezuma de Carvalho, quien le envió a Canton una extensa carta, erudita y chispeante de creatividad, humor e ingenio: “Es un libro que tiene muchas lecturas. Así, es un tratado poeti-lógico, como Usted lo subtitula. Porque la lógica de los físicos –Leonardo da Vinci, Galileo Galilei, Einstein, o vuestro exfísico Ernesto Sabato, etc.– es siempre una intuición primeramente poética. La Física nace de la poesía y no a la inversa. Ser lógico no quiere decir anti-poético. Eso es el racionalismo barato”. Y sigue: “Claro que en su libro hay otra especie de lógica, también: la lógica discursiva, la del tema en desarrollo ascendente (los XVIII capítulos del continuo Índice General). Pero no es esta lógica (fruto del mero orden, de la mera disposición de varios materiales o subtemas) a lo que me refiero: es a la lógica que desentraña el ser del ser, la que busca la esencia de las cosas, en una tentativa de escalpelizar lo vivo como si fuera algo muerto y anatómico. Esa es la que es la lógica de su libro, desde luego una lógica... ¡poética! Usted intenta definir la mesa con furor, paciencia, velocidad, candidez; así nos va definiendo la mesa. Y consigue definirla: la mesa es todo, es el vientre, el origen y el fin. Es la vida. Es nuestra biografía. Sobre todo, nuestra fuerza de voluntad e ingenio. ¡La mesa es nuestro genio! Si Vicente Huidobro, nuestro creacionista chileno, estuviese vivo y leyese su mágico libro (finalmente, un tratado anti-lógico en la acepción común y radicalmente poética), él diría: amigo Darío Canton: la mesa no se compone de una tabla horizontal o de piedra. Él, como puro creacionista, diría: la mesa se compone de la idea de mesa como una tabla horizontal o de piedra...”.

Para finalizar este breve sumario de sensibles, entusiastas y agudas recepciones, comentarios y respuestas (hubo también gestiones en pos de traducir y publicar La mesa en portugués, por el poeta, editor y traductor Egito Gonçalves; posibilidad que no se concretó), con tan sustanciosos juicios, se puede mencionar lo que escribió algún tiempo después el prolífico autor cordobés -tan “secreto” como ampliamente admirado-, el logorreico Juan Filloy. En el diario de la localidad de Río Cuarto, El pueblo, en octubre de 1977, con el título “Darío Canton: una obra insólita”, Filloy destaca que Poamorio y La mesa son un “conspicuo testimonio de ingeniosidad”, para pasar a revisar otro “insólito”: el Abecedario Médico Canton, publicado ese mismo año. Para Filloy es un volumen “que, acuciando el interés, hace pensar y sonreír en cada ítem”.

LA MESA Y MESSI

La mesa prosiguió su historia. Como parte del devenir de la obra de Canton, acompañó nuevos proyectos, como el “tentempié de poesía” llamado Asemal –la mesa, al revés–, la hoja que regularmente envió a cientos de corresponsales entre los años 1975 y 1979; y sirvió para un parafraseo en una nota que publicó en 1977 en la revista Hispamérica: “Con las manos en la mesa”. Entre sus públicos, interesó, se lo siguió buscando y leyendo por parte de nuevas generaciones de poetas y periodistas en las décadas de 1980 y 1990. Con la llegada del siglo XXI, interesó a más gente joven, como la investigadora Luciana Di Milta, quien contactó a Canton vía Ana Porrúa, para poder acceder a los archivos del poeta, con sus fuentes, borradores y versiones alternativas de este libro (cuestiones narradas en los últimos tomos de De la misma llama). Y en un nuevo libro dedicado a su obra, próximo a publicarse, Canton lleno: Ensayos sobre la obra literaria de Darío Canton, en el que escriben poetas, críticos/as y periodistas, cabe destacarse el trabajo de Delfina Muschietti, quien se enfoca, precisamente, en La mesa, sumándole el Abecedario (en lo que llama “dupla poeti-lógica”) en un extenso y muy inteligente ensayo: desde un amplio background de la historia y las artes –acompañada por las teorizaciones de Tinianov y Bajtín, Derrida y Deleuze– lee y compara minuciosa y creativamente La mesa con autores de la misma generación de Canton, y de las mismas décadas de publicación en Argentina y América Latina; entre otras cosas, recorre la bibliografía y biografía del autor, sus fuentes e inspiraciones; lo filia en aspectos a Tarántula, experimental e inclasificable libro de Bob Dylan; a El mármol, de César Aira; revisa y compara La mesa con La Table de Francis Ponge; y ella misma se sube a la calesita del “delirio controlado” –Canton dixit–, y da varias vueltas, demostrando cómo se pueden seguir una infinidad de perspectivas y “mecanismos”, de direcciones y asociaciones, en/desde la multitud de referencias que contienen y concitan esos dos libros.

Sería interminable el recuento de obras y obras –no sólo en la literatura–, donde nuestro noble objeto, la mesa, tiene alguna clase de protagonismo y/o función: desde momentos fundamentales de las historias que se narran de Sócrates y Jesús (las mesas de almuerzos, banquetes, últimas cenas...) como el subtítulo de Mitológicas III, de Lévi-Strauss: “El origen de las maneras de la mesa”, hasta poetas contemporáneos/as; en ficciones y en papeles privados (¿y los objetos básicos, vitales, necesarios, para Robinson Crusoe?: “no me era posible escribir ni comer, ni hacer otras cosas con gusto si no tenía la mesa”). Menciono sólo unas pocas y variopintas citas de autores del siglo XX: Elias Canetti, en una anotación humorística de 1952, publicada en El libro contra la muerte: “Dejó una colección de mesas, y en cada una de ellas se hallaba la primera frase de una obra extraordinaria”; Yukio Mishima: “La mesa es un mueble extraño. Cuando se sienta a su mesa, el novelista tiene la sensación de que le aprieta entre sus brazos y le resulta difícil zafarse” (El color prohibido); Harry Mathews: “Sé que disfrutaré caminar alrededor de la mesa mientras trabajo: el ritmo de la caminata genera líneas y oraciones” (Veinte líneas por día); Néstor Perlongher: “escribo abriéndome paso en este reino de papeles carpetas lapiceras puchos cenizas encendedores cuadernos vasos de whisky (nos vamos para arriba) que es mi mesa (debería decir: de esta mesa, etc., que es mi reino)” (carta personal, publicada en Un barroco de trinchera); J.M.G. Le Clézio: “La cultura no es un fin. La cultura es un alimento, entre otros, una riqueza maleable que sólo existe a través del hombre. El hombre debe utilizarla para formarse, no para olvidarse. Sobre todo, no debe perder de vista que más importante que el arte y la filosofía es el mundo en el que vive. Un mundo preciso, ingenioso, también él infinito, donde cada segundo que pasa le aporta algo, lo transforma, lo fabrica. En el que la punta de una mesa tiene más realidad que la historia de una civilización” (El éxtasis material). Por no hablar de las “actualizaciones” semánticas y asociativas que podrían hacerse hoy: desde el servicio de emergencias médicas de ambulancias, SAME (mesa, al revés), pasando por la “mesaza” de una longeva “estrella” conductora de cenas y almuerzos en la TV, al ídolo mundial del fútbol Messi (un diminutivo incompleto: messi-ta). Y, por si faltara algo, véase Twitter: entre los primeros Trending Topic del día 4 de abril de 2019, alrededor de las 14 horas, se encontraba el hashtag #Quierolacamisetadelamesa. Esto fue un sorteo de camisetas del club Talleres –¡Filloy!–, por parte del programa radial cordobés “La Mesa del Fútbol”... ¿Cómo es que puede una persona, con tanto entusiasmo, casi desparpajo, ponerse a jugar así? ¿Será porque, al ser tan amable y accesible, La mesa genera entusiasmo por sumar y sumarse? El juego que nos propone Canton, si es aceptado y tomado con entusiasmo, puede ser tan atractivo como divertido. Porque, como ya se dijo, La mesa es un artefacto potente, expansivo, tan contagioso como lúdico.

En Darío Canton, tal como escribió Gaston Bachelard en La llama de una vela, tenemos a un artista, a aquel que se adentra en ensoñaciones creadoras y nos invita y convida con la llama de su arte a compartir –véase, una vez más, una feliz coincidencia– la “mesa de la existencia”: aquella sobre la que se desarrolla una dinámica vital, en la cual hay impulso, dirección. “Tensión hacia adelante”, “hacia lo alto”, nos dice Bachelard. Que son las alturas poéticas de todo gran arte, tal como lo contiene La mesa.

Ahora, con esta nueva edición que emprendió y concretó la editorial Zindo & Gafuri tan acertadamente, auguramos un nuevo medio siglo de vida para La mesa.

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