El país de los hombres sin sombra

De golpe en un país no muy lejano muchos hombres y mujeres se quedaron repentinamente sin sombra. El hecho ocurrió en uno de esos veranos ardientes que se acentuaban cada año, lo que obligaba a buscar siempre alguna protección frente a los implacables rayos del sol. Los cambios de clima que calentaban el mundo, debido la utilización irracional de los recursos naturales, los hacían cada vez más dañinos.
Unos meses atrás la mayoría de sus ciudadanos, no importa si grande o pequeña, atiborrada por el universo mediático, se había dejado convencer por un político que se decía comprador de sombras y les prometía a cambio de ellas el oro y el moro. Muchos aceptaron y casi instantáneamente notaron que se sentían más aligerados. Buscaron en sus bolsillos y sus billeteras estaban intactas, se palparon el cuerpo y no les faltaba ningún miembro, sólo mirando hacia atrás se apercibieron que algo extraño les sucedía: no tenían más su propia sombra que apresuradamente habían vendido.
Caminaron bastante para ver si no estaban equivocados y si las sombras aun los seguían. Cuando pasaban junto a algunos altos edificios se alegraban porque creían que las habían recobrado, pero una vez que los dejaban atrás ya no las tenían: pertenecían a aquellos y abandonaban sus cuerpos ni bien se iban alejando.
De todos modos, no le dieron en un principio mucha importancia. En verdad lo que les servía, cuando hacía mucho calor, era cualquier otra sombra, no la suya, aunque la suya podía servir a otros. Ahora, que el calor era insoportable, veían que les resultaba difícil resguardase bajo los balcones, los techos salientes o hasta los mismos árboles o arbustos por las multitudes que se apretujaban allí. Ni siquiera podían encontrar un lugar para cubrirse donde no daba el sol detrás de los monumentos de los innumerables héroes que habían salvado la patria ni refugiarse en iglesias o edificios públicos, cuyos responsables, asustados porque la gente quería entrar en ellos por la fuerza para aliviarse un poco del insufrible calor, los habían cerrado. Los espacios al aire libre, como bosques y plazas, estaban repletos.
Claro que podían quedarse en sus casas y allí estarían al menos algo protegidos, aunque prender el aire acondicionado costaba una fortuna y los podía llevar a la ruina, pero pronto se dieron cuenta de los muchos inconvenientes que comenzaban a tener. En verdad, al mirarse al espejo no percibían sus sombras ni proyectando detrás de sus cuerpos una lámpara. Estaban cada vez más asustados. Sus fieles compañeras los habían acompañado a todos lados en cada momento de sus vidas y ahora las extrañaban.
Entonces se acordaron de alguien: el hombre en quienes confiaron les había prometido para siempre un país con una superficie lustrosa y lisa, sin que lo nublara sombra alguna, donde todo el mundo pudiera caminar tranquilamente evitando los tropiezos que traían los problemas de todos los días. Les decía que en las sombras anidaba la corrupción y que era preciso quitárselas a todos momentáneamente para después poder reemplazarlas por otras mucho más controladas y acordes con los tiempos que se vivía. Esa fue su respuesta, no debían preocuparse, él les proporcionaría unas nuevas. 
Pasaron los días y poco a poco se dieron cuenta que sus sombras comenzaron a reaparecer, pero extrañamente cada vez más chicas. Por un lado, ya no les era posible recuperar una parte de la memoria que ellas guardaban, por otro, notaban que no se correspondían con las de sus antiguos cuerpos sino con otros cada vez más magros y pequeños.
En los espejos comenzaban a notar de nuevo cuerpos y sombras pero ya no se reconocían en ellos, sus estaturas se habían reducido y sus mentes estaban comenzando a atrofiarse. Algunos prendieron la televisión y allí estaba el señor de las sombras muy contento confesando que se había apropiado de millones de ellas, pero era para el bien de todos, les permitía adaptar sus cuerpos y necesidades a la moda actual. Ahora podrían darse el lujo de comer poco, gastar menos y vivir alivianados de sus pesares en una encantadora y ligera austeridad, y no por la fuerza, sino en un mundo democrático. Hasta los entierros iban a ser más baratos porque los ataúdes serían más chicos, mientras que  la memoria perdida les era útil para no recordar tiempos pasados de consumo disoluto y también muchos momentos que deshonraban a gente honorable y merecían olvidarse.
En cambio, las sombras se llevarían al exterior como un rubro principal de nuestras exportaciones para venderlas a buen precio. En muchos lados las necesitaban para oscurecer los cielos y hacer desaparecer más fácilmente en su bruma a actuales adversarios. A su vez, para aquellos muy ricos que podían darse el lujo de descansar en paradisíacas islas junto al mar les permitiría llevarlas permanentemente como sombrillas de lujo que podían manejar a su antojo usando sus manos libres para acariciar a sus queridas o queridos, protegidos del sol. 
Se abría así una gran industria que necesitaba poca y muy ligera mano de obra. Entre aquellos que se morían prematuramente al achicarse o se adaptaban a sus nuevos cuerpos, la baja de costos y la baratura de los productos estaba garantizada. Ahora los habitantes de ese país tendrían lo que se merecían. Competitividad y hambre cercano a cero más adaptable a los nuevos tiempos.

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