La foto de tapa es un paisaje brumoso con una chica en primer plano. A la chica le brotan ramas de la cabeza. Ese límite entre lo real y el ensueño es el limbo en el que transcurre Vértigo, el primer libro de cuentos traducido al español de Joanna Walsh, nacida en el Reino Unido en 1970. Y esos dos planos nunca terminan de diferenciarse porque la escritura de Walsh bascula entre la digresión y el sentido, anudando lo disímil. Palabras desbocadas pero a la vez contenidas. Palabras que impactan como dardos en lo absurdo de aquello que en la vida de las personas es tomado con naturalidad: el amor de las madres, la vida en pareja, los vínculos. Ni más ni menos que de aquello que compone cada uno de nuestros días.

Actualmente Joanna Walsh vive en Oxford y además de escritora y periodista es ilustradora y figura en las redes sociales (creadora en Twitter del famoso @read_women). Es una potente activista por los derechos de las mujeres como lo demuestran sus notas para The Guardian, Granta o The London Review Of Books. Es además autora de los libros de relatos (no traducidos todavía al español): Fractals (2013), Grow a Pair (2015), y Worlds from the Word’s End (2017).Y Hotel, su única novela, editada en 2015.

En casi todos los cuentos de este libro las mujeres andan con valijas, o con bolsos. Pero lo que llevan ahí nunca es lo que deberían llevar. Poco o demasiado. Por demás abrigado o liviano. Y esas mujeres acaso podrían ser la misma. Desde la que abre el libro diciendo: “Un amigo me aconsejó que me comprara un vestido rojo en París porque estoy dejando a mi marido”, a la que cierra, metiéndose en lo profundo del mar y desde allí mira lo que tiene con distancia. Y no se trata de insatisfacción, sino de crudeza y honestidad. “Pensar que estar sin ti significaría la libertad, y no lo es. Lo que tengo contigo está fijado a diferentes partes de mi cuerpo. Cuando me muevo, cuando te mueves, una de ellas tira y otras se sueltan, así que no me siento atada a esas partes, aunque lo estoy”.

Hay varios cuentos donde madres observan a hijas como a la pieza de un museo. “Mi hija mueve la cabeza. La veo de lejos, como la vería alguien que no la conociera, un hombre. Tiene doce años. Hace el mismo gesto que hacía a los nueve, a los diez. Un día se convertirá en algo sexual”, dice la narradora de “Vértigo”. Y también hijas que miran a sus madres: “El aire, tanto dentro como fuera de la casa de mi madre, huele a carne frita”, comienza el relato “Claustrofobia”. Y sigue: “¿Acaso no sabes el esfuerzo que he hecho para no ser como tú?” Este relato parece dialogar con “Relatividad” en el que una madre y una hija van a visitar a la abuela y en la estadía, como en un juego de espejos, esa madre descubre cuánto se parece a la propia.

En “El pabellón infantil” una mujer sufre ataques de pánico mientras espera la recuperación de su hijo en el hospital. Porque los hijos son vistos por Walsh desde una perspectiva inquietante y abrumadora. Y por carácter transitivo, también la familia. “Todas las vacaciones son una pesadilla: ahorrás todo el año y ¿qué te encuentras sino la casa de alguien con todos sus trapos sucios familiares? Se creen que no ves por dónde no han pasado el plumero, se creen que no ves las baldosas agrietadas, las manchas de moho detrás del frigo”, reflexiona aquella mujer de último cuento antes de meterse al mar.

Entre los relatos de parejas, se destaca “En línea”, donde la mujer descubre que su marido conoce mujeres por Internet y entonces ella, consciente de que lo “descuidó” se propone ser tan encantadora y ocurrente como imagina que serán ellas. El cuento trabaja articulando el diálogo entre ellos por un lado, y los pensamientos en asociación libre de ella por otro. También hay cuentos de mujeres solas, como “En el otro extremo del mundo” donde una mujer viaja a Francia a dar una conferencia, se siente vieja y no quiere estar ahí. O en “Cuento de verano”, donde la mujer sola busca encontrarse en una fiesta al hombre con el que estuvo saliendo”. O “Año nuevo” que empieza así: “Año nuevo en el sofá. Replegué mi vida sobre sí misma, siete veces. En los últimos pliegues simplemente se dobló. Me sorprendió que fuera tan inmanejable”.

Advirtamos: los cuentos de Walsh no son tradicionales. Tanto en el tratamiento del lenguaje como en la manera de contar. Hay desparpajo, sí. Hay un romper con lo que se espera, sí. Pero no es una escritura experimental. Ni tampoco – como suele suceder en estos casos – esas formas están por delante de los contenidos.

 

Walsh sabe meterse en los mundos comunes para contarlos de un modo original, con palabras que no podrían ir juntas pero que ella hace que funcionen y despidan sentido.