Por un margen mínimo, el estado del sur se inclinó a favor de Trump, quien se alzó con 29 votos clave en el colegio electoral

Otra vez Florida le puso su sello a la elección

El Le Pen de las Américas puso a los demócratas en el patíbulo. Ni las vulgaridades del candidato republicano, ni su ignorancia en política internacional, ni sus vociferaciones sobre los latinos espantaron a los votantes de Florida.
Simpatizantes de Trump apoyan a su candidato en Casselberry, estado de Florida.Simpatizantes de Trump apoyan a su candidato en Casselberry, estado de Florida.Simpatizantes de Trump apoyan a su candidato en Casselberry, estado de Florida.Simpatizantes de Trump apoyan a su candidato en Casselberry, estado de Florida.Simpatizantes de Trump apoyan a su candidato en Casselberry, estado de Florida.
Simpatizantes de Trump apoyan a su candidato en Casselberry, estado de Florida. 
Imagen: EFE

PáginaI12 En Estados Unidos
Desde Miami, Florida

Fernando de la Hoya siente que este es el día más feliz de su vida. Este cubano norteamericano de la segunda generación es un “trumpista” irrestricto. El Jean Marie Le Pen de las Américas (el fundador de la xenófoba extrema derecha francesa) puso a los demócratas en el patíbulo.  Ni las vulgaridades del candidato republicano, ni su ignorancia en política internacional,  contra los mexicanos y los latinos en general, nada lo disuadió de votar por otra opción. “Aunque me gusta su perfil, no voto realmente a Donald Trump, voto contra el sistema de castas que se apoderó de la Nación norteamericana. El le devolverá al pueblo lo que le pertenece”, dice con efervescencia rencorosa. Los trumpistas fanatizados tienen una expresión a la vez etérea, áspera y artificial, como si hubiesen salido de un museo de cera. Lo que pasó en Florida los llevó al paraíso. Una victoria de Trump casi adquirida al filo de la navaja. 
Hay muchos parecidos a Fernando en Miami, aunque los otros, los que adherían a Hilary Clinton, parecían ser bastantes más entre los latinos, los votantes de origen haitiano, los afroamericanos y las mujeres. Pero aquí, todo podía ser engañoso. Y lo fue. El voto en Florida se decide a último momento y las victorias se suelen obtener, como la que se perfilaba anoche, por un puñado de papeles. Incluso si, como lo resalta el director del Foro de Opinión Pública Latina de la Florida International University (FIU), Eduardo Gamarra, “hay más de un 80% de los hispanos que se identifican con la candidata demócrata, Hillary Clinton”. Las minorías fueron entonces decisivas y, entre ellas, los 27 millones de hispanos que tenían derecho a voto, el 12% del electorado global del país, del cual el 8% está en Florida. La Asociación Nacional de Latinos Electos (NALEO) calculó que más de 13 millones de latinos acudirían a las urnas. Otra encuestadora, Latino Decisions, subió la apuesta hispana con una cifra de votantes que casi llega a los 15 millones. Pero las minorías, en Florida, no impidieron que lo imposible se fuera haciendo realidad.
La danza de cifras resultó tanto más paradójica cuanto que esas minorías menoscabadas por Trump, mujeres e hispanos, detentaron la fórmula final. Trump se anotaba un triunfo inesperado  en el escenario donde se proyecta la pieza a escala nacional. El Estado de Florida es el pulmón de la victoria. Sin los votos mayoritarios de estas tierras de sol y playas lujuriosas, de ricos extravagantes y latinos que forjaron la historia de la región, las puertas de la Casa Blanca permanecerían cerradas. En las elecciones del 2000, el entonces candidato demócrata Al Gore perdió la elección presidencial por 537 votos ante el republicano Georges Bush. Esa diferencia hizo pasar Florida a las arcas de Bush y certificó su acceso a la Casa Blanca. Los sondeos eran apretados. Algunas encuestas le daban una ventaja de un punto y medio a la candidata demócrata, muy poco en el contexto de un Estado que cambia su orientación con la rapidez de una ola. Los partidarios de Donald Trump sostenían con fe mística que el embrutecedor de multitudes ganaría por una mezcla de voluntad popular y contribución divina. La historia electoral no permitía sin embargo tanto optimismo, al menos en lo que atañe a las tan buscadas minorías. Desde 1976, los hispanos de Estados Unidos le dieron su voto a los demócratas, sin interrupción. Lo mismo ocurrió con el voto de los afroamericanos. El Rope Center contabilizó en 2008 un 95% de los votos de los afroamericanos a favor de Barack Obama. En cuanto a las mujeres, su voto también se inclina, aunque en menores proporciones, hacia la balanza demócrata. Queda la decisión de los blancos. En este segmento, los porcentajes se invierten: en las últimas diez elecciones presidenciales los blancos de Estados Unidos eligieron a los republicanos. Allí se enredaba el enigma determinante de Florida. El profesor Eduardo Gamarra recuerda que, en este Estado, “el 66% de los votantes está constituido por un electorado blanco muy sensible a los mensajes de Trump y del Partido Republicano”. Ese porcentaje y sus inclinaciones electorales se hace patente en cuanto uno se interna tierra adentro y se aleja de la ciudad cosmopolita. El mundo más rural es blanco y votó por Trump. Florida es también un receptor de ricos jubilados blancos, también proclives a Donald Trump. No se podía desdeñar ese dato, más las constantes históricas. Por ello el resultado era incierto y el voto de las minorías, su movilización, aún más capital esta vez que en otras consultas. Los especialistas analizan el voto hispano en dos entidades distintas: la de los cubanos norteamericanos, y la de los demás. Los primeros suman algo más del 35% de votos a favor de Donald Trump, los segundos apenas 8%. En Florida votaron cerca de un millón ochocientos mil hispanos del total de 12 millones de votantes que hay en este Estado. Es importante destacar el paulatino desapego del famoso voto cubano con respecto al Partido Republicano. Durante décadas, el cubano fue un voto cautivo de los republicanos y su narrativa anticastrista. Ya no. En 2012, 48% de los cubanos votaron por Barak Obama. Los cálculos ya mencionados situaban hoy ese voto en apenas 35% para Donald Trump. Pero el resultado desmiente esas proyecciones.La otra comunidad que tenía en sus manos el rumbo de historia fue la puertorriqueña. Entre ellos, la adhesión a los demócratas es masiva: 83% de los boricuas eligieron a Barak Obama en 2012. Las previsiones apuntaban a una mismo porcentaje en 2016, con el agregado de algo más de 200 mil portorriqueños que desembarcaron en Florida luego de la quiebra de Puerto Rico. Como se trata de un Estado Libre asociado, los portorriqueños tenían derecho a votar apenas llegaban a Estados Unidos. Sin embargo, ese aporte no bastó. 
Los estados mayores de los partidos cuentan con una exacta cartografía electoral para calcular qué caudal del voto de las minorías es necesario para acceder a la Casa Blanca. En lo que atañe a los latinos, eran necesarios el 41% de sus votos para garantizar la presidencia (Obama sumó el 71% en 2012). Florida emitía hoy signos de derrota republicana, muy lejos de lo que ocurrió al final. En este Estado, la narrativa escatológica de Donald Trump no se reflejaba en la realidad. Es un Estado rico, con una taza de crecimiento superior en más de un punto y medio al promedio nacional. Además, vista desde Miami, la idea de un muro es un disparate. La ciudad es una babel. Se habla español corriente y mucho francés y créole traído por los inmigrados haitianos. La riqueza no proviene de la unicidad racial blanca, sino de la mezcla y el intercambio comercial frenético que fluye en los rieles de esa mezcla. La teatrología de Donald Trump, su imagen de unos Estados Unidos devastados o invadidos son son una comedia de mal gusto en Florida. Aquí se vive y se hacen negocios con los otros, vengan de donde vengan. Y pese a ello, el aspirante republicano puso su sello triunfal. “El muro es al revés: el muro no lo levantará Donald Trump en ningún lado. El muro lo levantamos nosotros los hispanos contra él. Somos el muro que no lo dejará pasar”, decía Hugo Fuentes, un hispano de origen portorriqueño muy comprometido con el movimiento anti Trump. Con el correr de las ofensas y los insultos del candidato republicano se fue formando una suerte de “contra efecto Trump”, según lo define Fuentes. Las repetidas groserías, al menos en Florida, parecían motivar a muchos hispanos salir a votar. Siempre se ha presentado el voto de esta minoría como importante, pero ahora, asegura Fuentes, “nuestra participación y nuestra decisión reviste un perfil histórico”. Los cálculos realizados a partir del llamado “voto adelantado” auguraban una participación record de los hispanos, tanto más cuanto que, desde las elecciones de 2012, la comunidad hispana suma cuatro millones de nuevos votante. Dos incógnitas centrales alimentaban el misterio: en primer lugar, se trataba de  saber qué pasará no sólo en Florida sino en los Estados como el de Texas, California o Nueva York, donde se concentra el 52% de la comunidad hispana: en segundo, cuánto habrá de cierto en la movilización extraordinaria prometida por los latinos y promovida por las encuestas de NALEO y el Pew Hispanic Center. Esta minoría había sido, hasta ahora, la menos participativa en los procesos electorales: 48% contra el 64% para los blancos y el 67,4% para los afroamericanos. Según las encuestas de NALEO y del Pew Hispanic Center las diferencias del voto hispano entre Clinton y Trump son abrumadoras: entre 60 y 40 puntos. Irrecuperable a primera vista. La campaña de Donald Trump hacia estas minorías determinantes tuvo visos de suicidio político. El republicano apostó por el voto blanco y el voto resentido de los inmigrados. Acertó en Florida, el Estado más clave de todos. Su discurso, además, tornó cruciales el resultado en otros Estados como los de Nevada,  Iowa, Arizona o Carolina del Norte. En cada uno de ellos, la presencia hispana es variable (entre el 5% y el 21% de los votantes. Según reveló de la organización Latino Decisions en un sondeo a pie de urna, más de dos millones de votantes hispanos suplementarios participaron en esta elección. Los resultados en Florida testimonian de un voto trumpista “escondido”. Dijeron una cosa, y votaron otra.
La historia da vueltas y elabora signos curiosos. El primer presidente negro de los Estados Unidos concluye su mandato y la designación del próximo dependía en gran parte del movimiento de las minorías, las mismas que Donald Trump diabolizó hasta la náusea. 

[email protected]

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ