Vale decir

De la ausencia, un valor

Para su serie en curso Ones that Got Away, el diseñador Fernando Reza, de alias “Fro”, continúa rindiendo tributo a las películas “más intrigantes e infames que jamás fueron filmadas”. Lo hace creando pósters ficticios para aquellos títulos que aunque prometían, no lograron pasar la etapa de preproducción. Por caso, Superman Lives, cinta que de haberse rodado hubiese tenido a un Nicolas Cage de capa timoneado por Tim Burton. “Producida por Jon Peters y escrita por Kevin Smith, la película hubiese estado poblada de arañas gigantescas, naves espaciales con cráneos, peleas de osos polares”, cuenta Reza en su sitio, y pronto suma que “es la única versión del superhéroe que muestra poca consideración por el material de origen. De hecho, algunas de las órdenes que supuestamente recibió Smith al ser fichado como guionista fueron: ni vuelo ni supertraje”. Apenas uno de los muchos proyectos condenados al RIP antes de nacer, que Reza rescata del baúl de los recuerdos para darles el afiche que hubiesen merecido de haber visto la luz (del proyector). Los vende, por cierto, vía web, y acompaña cada encargo con una entrada de cine customizada del film en cuestión; ticket de mentirillas, sobra la aclaración. Por lo demás, otras pelis inexistentes a los que este artista con residencia en Los Ángeles homenajea con sus preciosos pósters son: The Vega Brothers, o Doble V Vega, “en el que Tarantino pensaba mostrar las hazañas de Vic y Vincent Vega antes de sus desafortunados finales en Reservoir Dogs y Pulp Fiction”. El corazón de las tinieblas, novela de Joseph Conrad que Orson Welles quiso adaptar a la pantalla grande, sin éxito. Ronnie Rocket, “cinta que David Lynch pretendía que sucediera a su ópera prima, Eraserhead, amén de expandir su sombrío tópico distópico industrial”. Y un largo etcétera que incluye frustrados intentos de Hitchcock, Dalí y los hermanos Marx, Guillermo del Toro, Kubrick…

Puja por Choupette

Las Meninas de Velázquez es la pintura que más se acerca a la vida de Choupette, ella es la infanta de la que todos se ocupan; y a mí me ha reducido a un simple esclavo”. Palabras del káiser de la moda, Karl Lagerfeld, al hablar de su queridísima minina. “Un ser divino”, a decir del modisto muerto el pasado febrero, con el que entablaba largas charlas “gracias a sus miradas expresivas”, porque de palabras, palabras: Choupette, nada. Gata modelo (participó de campañas por las que llegó a amasar 3 millones de dólares), gata “escritora” (su libro Choupette: The Private Life of a High-Flying Fashion Cat es biografía autorizada), esta célebre micifuz del Renacimiento goza hoy de una renta vitalicia que le permite mantener el lustroso estilo de vida al que estaba acostumbrada (supo tener dos niñeras, cocinero, guardaespaldas y una veterinaria a punta del cañón, de las mejores de Francia). Si seguirá comiendo caviar fino y recibiendo tratamientos en ojos, pelo y uñas, nada se sabe; lo que sí se conoce es que Choupette es hoy centro involuntario de flor de disputa. De un lado del ring, está la consultora e instagramer Ashley Tschudin, que antaño abrió la cuenta original de IG de la felina (@Choupettesdiary), consiguiendo luego el visto bueno de Lagerfeld, cuyo equipo le mandaba fotos del micho para que ella las publicase. Del otro lado del ring, las cuidadoras actuales de la mascota de Karl, con una tal Françoise a la cabeza, que aparentemente quieren controlar ellas mismas la presencia online de la gatuna, una auténtica mina de pepitas de oro. No solo han dejado de enviarle pics de Choupette a Tschudin: acaban de abrir una cuenta nueva, @ChoupetteOfficiel, que documenta el día a día del animalito de la batahola. Y que fue lanzada hace poco más de dos semanas, coincidiendo su debut en IG con la salida al mercado de la boutique web de Ashley, Choupette’s Diary, donde vende productos de alta gama gatunos. ¿Una casualidad acaso? Difícilmente; al menos es lo que Tschudin intuye. Considera, de hecho, iniciar acciones legales, pero según abogados varios, tiene todas las de perder. Le aconsejan que conserve la marca, fiche a alguna gatita que se asemeje a la de Karl, y ruegue que no la obliguen a bajar las cientos de fotos que viene subiendo desde 2012. De Choupette, dicho está, a la que por otra parte jamás ha visto personalmente…

El lado oscuro del tenis

Ganador del título junior de Wimbledon en 2014, tildado hace añares de joven promesa, el neoyorkino Noah Rubin jamás ha logrado pegar el salto definitivo que lo deposite en el top 100 mundial. Lo que sí ha conseguido, sin embargo, es desnudar los sinsabores y las penurias que envuelven a su deporte de mil amores, el tenis, a través de un proyecto cada vez más popular. Hablamos de Behind the Racquet, que este muchacho de 23 pirulos estrenó a comienzos de este año vía Instagram (también cuenta con cuentas de Facebook y Twitter), donde comparte las declaraciones confesionales de otros tenistas, revelando el costado menos glamoroso de la disciplina. “Estoy tratando de abrir la cabeza y los ojos de la gente sobre lo que en realidad sucede en el mundo del tenis, un deporte decididamente duro”, asegura Rubin, cuya propuesta pareciera decir: hay más tribulaciones que triunfos, y las heridas duran más que las victorias, a juzgar por las historias en primera persona de los decenas de colegas que ya ha entrevistado; CiCi Bellis, Ana Konjuh, Sachia Vickery, Bradley Klahn, Madison Keys, entre ellos. También al argentino Marco Trungelliti, que por denunciar a comienzos de año el arreglo de partidos a la Unidad de Integridad del Tenis (TIU), devino paria, recibiendo mensajes de odio, acusado además de suicidio profesional (“Acaso lo haya sido, pero mataría mi carrera varios cientos de veces antes de ser voluntariamente parte de un sistema corrupto”, dice en Behind the Racquet el santiagueño). “No creo que las personas realmente conozcan nuestras historias. Creo que hay una falta de conexión entre los aficionados y los jugadores”, ofrece Noah Rubin, que en su proyecto reúne relatos de extrema vulnerabilidad de tenistas: desde problemas financieros, ataques de pánico y ansiedad, trastornos alimenticios, tartamudez y bullying, hasta racismo, depresión, constantes lesiones, agotamiento físico y emocional. “La mayoría de la gente piensa que todos volamos en jet privado, jugamos ante 15 mil personas y nos hospedamos en el Ritz, pero la realidad para los que vivimos entre el Top 100 y 200 es otra: en general jugamos en clubes que con suerte tienen jueces de línea y ningún recogepelotas”, subraya Noah. Sueña, de hecho, con una reestructuración del tenis que lo revitalice, mejore las condiciones para deportistas, conquiste a una nueva generación de fans. Piensa, por caso, que es necesario que se ponga más énfasis en los equipos para que la disciplina sea menos aislada; que se acorte la duración de los partidos, y que las temporadas sean menos extensas, para permitir una mejor sanación y un mayor descanso de los tenistas.  

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