Cómo se concretó el proyecto televisivo más revulsivo de los años 80
Pasando revista: Fragmentos de "La noticia rebelde", el libro de Diego Igal
Salas, Castelo y Abrevaya en la última temporada de La noticia rebeldeSalas, Castelo y Abrevaya en la última temporada de La noticia rebeldeSalas, Castelo y Abrevaya en la última temporada de La noticia rebeldeSalas, Castelo y Abrevaya en la última temporada de La noticia rebeldeSalas, Castelo y Abrevaya en la última temporada de La noticia rebelde
Salas, Castelo y Abrevaya en la última temporada de La noticia rebelde 

EL REGRESO

Al regresar la democracia, Raúl Becerra y Adolfo Castelo fueron a consultar el destino del ciclo Semanario insólito con las nuevas autoridades de la emisora. Para Becerra habían hecho, en la medida de lo que permitían los militares, un programa contestatario, revolucionario y rebelde.

El que los atendió fue Mauricio Farberman, uno de los primeros responsables artísticos de la recuperación del canal. “Quédense tranquilos que lo de ustedes ya está”, les prometió, tirado en un sillón. Sin embargo, ya entrado 1984, nunca los llamaron.

Las sospechas que comenzaron a crecer en las mentes de los ex conductores las confirmaría Becerra unos meses más tarde. Un día lo llamó Gachi Ferrari para contarle que le habían ofrecido la posibilidad de presentar una propuesta de programa infantil. Sin experiencia, Gachi le pidió ayuda a Becerra. Juntos garabatearon la idea en la confitería Rond Point y ella la presentó.

-Esto es extraordinario. Lo hacemos- dijeron en el canal.

A los pocos días, Ferrari escuchó lo que temía: el proyecto sí, Becerra no. “Sin Becerra no lo hago”, cerró Ferrari.

Becerra supo así que su nombre y el de Castelo habían quedado asociados a la gestión de la dictadura y, creyendo que por un tiempo no podría volver a su gran pasión, retornó al ámbito publicitario con una productora que asesoraba a las tres marcas de jeans más importantes del momento (Wrangler, Calvin Klein y Fiorucci). En eso estaba, cuando a fines del 84 un contador amigo le sugirió ir a ver al hombre con oficinas en el tercer piso de Córdoba 836: Raúl Naya.

Becerra y Naya se conocían del sector, pero nunca habían trabajado juntos. Naya todavía no había cumplido 40 años para 1985 y estaba al frente de una agencia que había iniciado el padre. El fuerte eran los avisos en la gráfica y, para entonces, los principales eran los que pautaban en las últimas páginas de la revista dominical del diario Clarín. Manejaba relación fluida tanto con radicales como peronistas y la única incursión televisiva había sido el programa de ATC Consulta popular con el aporte de un sistema de encuestas telefónicas.

Ya reunidos, Becerra y Castelo explicaron la idea de hacer un noticiero, pero en clave de humor. Naya escuchó y comentó: “Me encanta pero un programa diario y con esas características implica la producción de un noticiero. ¿Por qué no los van a ver a Marín y Montero que están con Mesa de noticias?”

Castelo y Becerra aceptaron pero con Montero la respuesta fue otra: “Me encanta la idea” –celebró—pero tengo dos periodistas a los que les produzco un programa de radio que me vinieron a ofrecer más o menos lo mismo y si lo hago con ustedes me van a decir que los cagué. ¿Por qué no se juntan y lo hacen con ellos? Son Jorge Guinzburg y Carlos Abrevaya”.

A Becerra le sonaron conocidos esos apellidos.

 

DE DONDE VENGO

Cuando sobrevino la dictadura y se amordazó a la prensa, inclusive las revistas de humor, Abrevaya y Guinzburg se las rebuscaron como tantos otros en la publicidad –ellos en la agencia Lintas- sin abandonar del todo el periodismo. En aquel nefasto 1976 surgió otra iniciativa de Cascioli: un mensuario de espectáculos llamado Perdón, en la que Guinzburg y Abrevaya serían prosecretarios de redacción, pero que por las bajas ventas tendría sólo dos números.

El cierre de Perdón y la censura dictatorial los separó en lo laboral. En el primer semestre de 1978, Abrevaya participó de manera activa de la salida de la revista Humor, otra creación de Cascioli. Junto a Cascioli y al dibujante Alfredo Grondona White, Abrevaya fue el inventor del famoso logo con la “R” de registrado encerrada en la “O”. También se le adjudica la “autoría intelectual” del slogan que mantuvo Humor durante años, aquel de “la revista que superó apenas la mediocridad general” y sugerir llamarla Humor registrado luego de una lista de posibles nombres elaborada por Grondona White (como humor es un genérico tuvieron que agregarle lo de registrado).

Sin embargo, en esa época prefirió mantener bajo perfil, trabajar en publicidad y de Humor no sería colaborador asiduo hasta el regreso de la democracia.

Guinzburg, en cambio, se concentró en la publicidad y antes de formar su propia agencia- y agregar algunos avisos memorables como el de la aspiradora Ultracomb, el slogan de Quilmes, “El sabor del encuentro” o el de Aerolíneas, “Gente que quiere a la gente”- pasó por Lautrec, la empresa relacionada a la transformación de canal 7 en Argentina Televisora Color.

En el último año de la dictadura, la dupla, Oskar Blotta y otros humoristas –como Geno Díaz y José María Jaunarena- integraron el plantel de libretistas de Tato para Extra Tato.

Con la democracia, también volvieron algunas publicaciones como Satiricón, ya no con Cascioli, sino de la mano de Blotta. Allí Guinzburg figuró como director creativo y Abrevaya como jefe de redacción.

El sumario tenía un poco de política, un poco de sexo y otro tanto de escatológico, rociado con abundante ironía y mordacidad. Entrevistas eclécticas que iban de Norberto “Pappo” Napolitano y Mario Sapag a Dante Gullo o Eduardo Pavlovsky, informes sobre cómo conseguir un orgasmo, gays casados, la vida sexual en la cárcel o de los discapacitados; las veinte diferencias entre Liza Minelli y Carlos Perciavalle y alguna historieta completaban la grilla.

“Pachequito se murió. Hizo bien”, pusieron en la tapa de un número del verano del 84 en referencia a la muerte del actor Osvaldo Pacheco. El titulo escandalizó a parte del ambiente artístico, porque Pacheco era muy querido y tenía un hermano en la lista de desaparecidos por la dictadura pasada. Además de repercusiones externas con famosos que rechazaban entrevistas y notas, la humorada generó mal clima dentro de la redacción donde también colaboraban Jorge Listosella, Eduardo Maicas, Miguel Gruskoin, Pedro Penizzotto y Marcelo Palomares (aka Peni y Palomares), entre otros. En diciembre siguiente, la revista volvió a cerrar, esta vez, por decisión patronal.

Guinzburg y Abrevaya habían saltado antes del barco no sólo por no encontrar el tono de la revista, sino porque en abril de 1984 habían comenzado el programa En ayunas en radio Excelsior (que era estatal y ocupaba el 910 de la amplitud modulada). En el staff también hubo otras deserciones, por el estilo de notas y porque Blotta no permitía colaborar con Ediciones de la Urraca, la empresa que publicaba Humor y desde ese año sexHumor.

La repercusión de En ayunas puede medirse hoy con dos datos: en 1985 pasó a Belgrano, ya dirigida por Daniel Divinsky y ese mismo año la dupla de marras fue convocada para que debutaran frente a cámara en Telemóvil, para un segmento en el que comentaban noticias y la remataban con algún chiste. El programa iba por canal 13, lo conducía Ramón Andino y tenía la participación, entre otros, de Jorge Telerman y María Laura Santillán.

El mimetismo entre Guinzburg y Abrevaya no se agotaba en lo laboral. Ambos tenían dos hijos –Jorge, dos niñas; Carlos, una niña y un niño-; arrastraban problemas de pareja que derivarían en separaciones, segundas nupcias y más hijos y algunas coincidencias ideológicas que volcaban en notas, entrevistas y la tira Diógenes.

En aquel primer semestre del 85, pero más que nada desde el segundo, y con el visto bueno de Naya y Montero, las dos duplas comenzaron a elaborar el big bang. “Hay que darle oportunidad al milagro”, solía decir Guinzburg cuando todo parecía cuesta arriba. Se conocieron y tantearon en reuniones en casa de alguno o en una agencia de turismo cercana a Sarmiento y Talcahuano del primo de Guinzburg. Congeniaban humores, barajaban ideas de notas, secciones, posibles colaboradores (como Repetto para exteriores) y nombres del programa que anotaban en una pizarra blanca y llegaron a ser cerca de cien.

Fue Abrevaya el que propuso La noticia rebelde y de ahí a asociarlo con El Pastor solitario, el emblemático canto a la tirolesa de Richard Rodgers, incluido en la película protagonizada por Julie Andrews y Christopher Plummer hubo un paso (y un pedido de autorización a SADAIC).

Mientras visitaban canales –a excepción de Canal 9, los cuatro estaban en manos del Estado- para seducir con la propuesta que aún no tenía nombre. La primera emisora a la que recurrieron fue, precisamente, la que se había concesionado al empresario Alejandro Romay en 1984. Víctor Tobi, yerno de Romay y directivo de la emisora, los atendió casi en la puerta. “No, acá no. No creo que a Romay le interese”.

El segundo fue el 2, que transmitía desde la ciudad bonaerense de La Plata y dependía, en lo burocrático del ministerio de Economía. Hasta allí viajaron Becerra y Naya.

La propuesta entusiasmó al entonces gerente artístico Eddie Consalvo y al interventor, pero a Naya los números no le cerraron porque sabían que la pantalla era de poco rating.

Hasta que se presentó un piloto y comenzó una negociación política, ideológica y contractual con las autoridades de ATC. El lunes 2 de diciembre de 1985, Naya llamó a la agencia de turismo del primo de Guinzburg para anunciar que se abría la chance de arrancar el primer día hábil del 86, jueves 2 de enero, y en el horario que dejaba Mesa de noticias por vacaciones (lunes a viernes a las 20). “¿Podemos arrancar en un mes?” preguntó Naya. No había mucho margen para vacilaciones. Había que darle oportunidad al milagro, habrá pensado alguno, varios o los cuatro. Las dos duplas arrancarían juntas un programa que hizo historia pero terminó luego de tres temporadas y media con peleas, distanciamientos y muchos cambios.

PARA ROMPER EL HIELO

Con “Pasando Revista”, la entrevista en el piso fue una de las secciones que alimentó la potencia de La noticia rebelde, además de ser una de las diferencias principales con el antecedente ineludible de Semanario insólito.

Ya en los meses previos a la salida al aire habían decidido incluir el segmento y que Guinzburg se encargara de llevarlo adelante acompañado de Abrevaya o Castelo, principalmente, y Becerra de manera ocasional; y además que fuera frecuencia diaria. Muchos coinciden en que las primeras semanas hubo allí dos hitos que provocaron un cimbronazo en cuanto a audiencia y repercusión. Fueron las noches en las que estuvieron, por separado, el diseñador de moda argentino Francisco “Paco” Jamandreu y el cantante, bailarín y actor español Pedro “Pedrito” Rico Cutillas.

“Para romper el hielo ¿le tenés miedo al sida?, arrancó Guinzburg sin anestesia el diálogo. Jamandreu, por entonces de sesenta y seis años y una vasta trayectoria. En esa época, y por culpa de la confesión que había hecho el año anterior el actor Rock Hudson, tener el VIH se asociaba a la homosexualidad, del tema se hablaba poco y se ignoraba mucho. “No, porque hay que cuidarse, y ser limpito”, contestó con naturalidad el ex modisto de Eva Perón que no ocultaba su elección sexual.

Rico tenía cincuenta y tres años, y ya era un artista consagrado a base de zarzuelas y bulerías; muy conocido en la Argentina desde la década del ’50, cuando el franquismo lo forzó a exiliarse por gay. Con un dato que tenía de la infancia del personaje, Guinzburg le preguntó:

-¿Es cierto que de chico fuiste torero?

-Sí, es verdad.

-¿Y alguna vez te cogió el toro?

-Sí, sí, claro-concedió el invitado de modales amanerados. -¿Querés que te muestre la cicatriz- retrucó Rico y se levantó para mostrar la cornada debajo de la espalda.

Las risas hicieron difícil la compostura y hubo que forzar un corte.

Claro que la trascendencia que había conseguido la entrevista tenía efectos colaterales. En el primer semestre del 86, los padeció Gabriela Bruzos, la primera encargada de la producción con la tarea de conseguir la/os invitada/os que previamente se listaban. “Ni en pedo voy al reportaje de Guinzburg. Ni por plata”, recuerda que le contestó Olmedo. En cambio, la revista Radiolandia 2000 contó por entonces que la escritora Silvina Bullrich y la actriz “Chunchuna” Villafañe sí pidieron dinero que, por supuesto, nunca se pagó.

No tan directas como la de Olmedo eran las negativas del ochenta por ciento que recibía Bruzos. “Ponían excusas, lugares comunes, pero costaba mucho conseguir un sí de alguien de peso como me reclamaban, y si se conseguía era de alguien insólito, como la cocinera televisiva Chichita de Erquiaga”, insiste.

La lista de invitados se hacía de una manera azarosa, con sugerencias de los conductores o algún que otro productor. Bruzos tenía cierta experiencia, pero la agenda de teléfonos la engrosó en un cuaderno y con lápiz en esos pocos meses que trabajó en el programa.

Un día llegó muy temprano Becerra y comentó que había dos médicos que decían haber encontrado una fórmula para combatir el cáncer en base al veneno de serpiente. “Hay que buscarlos”, ordenó Becerra luego de dar los nombres. Eran las diez de la mañana. Cinco horas más tarde y, luego de decenas de llamados, Bruzos no sólo los había encontrado sino que los “abrochó” para que fueran al piso ese mismo día. En uno de los pasillos del canal se cruzó con Mauro Viale y le pidió los teléfonos. “Mañana te los doy”, le dijo. Viale insistió. “Pedíselos a Guinzburg” zafó Bruzos. La nota se hizo ese mismo día y luego del programa Bruzos se quedó hasta la madrugada atendiendo llamados de gente desesperada para contactar a los médicos.

El rol de Bruzos fue reemplazado por Salatino, que no recuerda negativas de potenciales invitados más que la de los actores Ricardo Darín y Carlos Andrés Calvo, entonces galancitos que no querían socavar la imagen de divos. “No voy a ir para que me hagan de goma”, confesó Carlín sin eufemismos.

El escritor Osvaldo Soriano rechazó ir al piso según él mismo contó. “Es más placentero ser espectador regocijado que víctima rencorosa del mejor programa de humor de la televisión argentina”, escribió en Página/12.

Salatino recuerda una vez en la que se cayó un invitado a último momento: Roberto Goyeneche. El programa estaba al aire y en la desesperación, Salatino comenzó a correr por los pasillos a los gritos. Hasta que, como si estuviera en el desierto, se le presentó un oasis con forma de hombre y cargo de senador: el pampeano Antonio Berhongaray, alfonsinista e integrante del bloque de legisladores radicales de la Cámara Alta. Cual beduino, caminaba desde la entrada de Figueroa Alcorta como si paseara por la orilla del mar. No era un espejismo sino que estaba allí para participar de un programa político.

-¡Senador senador!- comenzó a gritar Salatino.

-¿Qué pasa qué pasa?- se sobresaltó el hombre.

-¡Necesito que me ayude! Soy productor de La noticia rebelde y se nos cayó un invitado. Estamos al aire en este momento.

-¿De qué programa me dijo?

-La noticia rebelde.

-Nooo, ni loco me siento ahí. ¿Con Guinzburg? Nooo, ni loco.

-Por favor, senador, le prometo que se va a portar bien- se envalentó Salatino mientras apoyaba las dos manos en las solapas del traje senatorial.

El senador cedió y aunque se llevó por delante a una puerta de vidrio, terminó sentado en el estudio frente a cámaras. Guinzburg no se portó del todo correctamente: una de las preguntas fue si acudía a un arquitecto para que lo peinara y le disimulara la pelada.

Guinzburg diría años más tarde que sentía “cierto orgullo al pensar que fue a partir de este programa que los políticos se permitieron bajar del bronce y mostrarse como personas de carne y hueso. Aceptar el humor de los otros y hasta darse el gustazo de generar un chiste y participar en un juego que hasta ese momento no parecía lícito”.

Así recordaba que el cordobés José Manuel De la Sota no se había mostrado arrepentido del flamante implante capilar que lucía; el radical Juan Carlos Pugliese había aceptado que de su tierra natal, Tandil, salían los salames más grandes; Álvaro Alsogaray concedió que cuando jugaba al truco el compañero siempre pensaba que tenía el ancho de bastos (por un tic que tenía en el ojo) y el fiscal Ricardo Molinas confesó que sentía vergüenza de estar en el mismo partido que Rafael Martínez Raymonda.

A Alsogaray le preguntaron por qué invitaba tan seguido a Neustadt a su programa (una ironía sobre la frecuencia con la que el liberal iba a Tiempo Nuevo); al radical Juan Manuel Casella si se había reformado la cara con una nueva dentadura y a Antonio Cafiero, cómo podía ser que “un tipo con su experiencia y su pinta tenga la misma voz que Pepe Iglesias”.

Uno que la pasó mal fue Carlos Grosso, que todavía no había sido ungido alcalde porteño por el menemismo y apenas era un cuadro del partido justicialista, allegado al precandidato a presidente que enfrentó a Antonio Cafiero, Carlos Menem. Como sabía que Grosso era licenciado en Letras, los entrevistadores le hicieron varias preguntas sobre literatura y no acertó ninguna. No mejor parado quedó el poderoso diputado César Jaroslavsky cuando tuvo que reconocer que no había pagado unas rifas compradas a un vecino en su Entre Ríos natal.

En las notas contemporáneas al programa, Guinzburg contaba que recibían comentarios del estilo: “Estuvieron flojitos con Fulano, ¿eh? Cómo los cagó Mengano. Como si en lugar de tratar de que el reportaje sea divertido, distinto, uno estuviera obligado a buscar la sangre”.

También explicaba que buscaban que las entrevistas no fueran “epidérmicas ni frívolas sino humorísticas”. Reconocían que no era “un reportaje común, sino con un criterio humorístico”. “Si tiene contenido pero perdió el humor, nosotros sentimos que fue un mal reportaje, y si tiene humor pero no tiene contenido pasa lo mismo”.

Sin embargo, Becerra advertía en otra nota de aquellos días: “Hay que tener en cuenta que nosotros somos más periodistas que cómicos; hemos hecho reportajes que de graciosos no tenían nada pero como reportajes eran excelentes”.

Según Becerra, las entrevistas eran “más o menos similares a las siete pruebas a las que tenía que consagrarse Flash Gordon para considerarse un fenómeno. Son peligrosísimas, pero por otra parte sabe que salvarlas a todas significa la gloria”.

 

Guinzburg evaluaría en el 2001 que en LNR inauguraron “un estilo de reportaje diferente; que hasta ese momento parecía más responder a lo que los entrevistados querían que le pregunten que a lo que quería saber la gente. Tal vez había un ensañamiento, eran muy agresivas las preguntas, era casi un desafío ir a los reportajes. La primera pregunta, para romper el cubito, era lapidaria”.

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