La edad madura

La vida, la guerra, el pasado que vuelve y el futuro peor, su padre peronista silbando un tango, los desastres sin analgesia de una economía cruel, los desamparos ante los amparos truchos, la torre de Babel de una familia inconexa, las nocturnidades furibundas y clandestinas, los vicios menores, los sueños mayores, las camas, las tumbas, las flores y los canteros secos; los veranos con estrellas y vino, las novias a las que no olvida pero de las que no recuerda sus nombres, los inviernos de un hijo enfermo, una mujer señorial que lo invitó un día a morir juntos y la otra, una jovencita que lo salvara de morir de sed y nostalgia; los barcos hundidos y humanidades que rescató, los barquitos que pintó para introducir en la botella, los atardeceres olímpicos, el olor de la nafta en su moto Guzzi reparada, la manteca en el desayuno mientras se cambia la niña para entrar al jardín y la otra niña, la grandecita mayor de edad y compañera duerme aún en su cama matrimonial sin matrimonio; las audiencias de conciliación de hastío, los tíos del campo con la noticia que no habría herencia ya que todo se lo había llevado el corralito; las Malvinas y su transpiración bajo la lluvia intuyendo que perderíamos, el olor de la carne chamuscada, la suya propia, el Mundial 78 con Kempes abrazado a si mismo y el silencio con pérdida de dos dientes y la salud menguada pero el honor intacto, el falso orgullo de los que sus nombres fueron vanagloriados; las botellas de whisky en nombre de borrar todo aquello; los amigos y traficantes de fumatas menores y penas mayores; los contrabandistas que les regalaban yerba mate de la buena y los agradecimentos a Rivero en una noche en Caño 14 pues lo había hecho llorar y hacía años que no podía; los goles errados, la camiseta húmeda de rocío tras el campeonato, las medicaciones para el colesterol; las primeras tomografías y la lucha contra el invasor que no se deja ver; la hipertensión y la tensión en Medio Oriente; la piedad de sentir que hay un mundo mejor; el olor a tierra mojada mientras esperaba a la maestra rural en un cruce de caminos y se guarecían en el auto para hacer el amor; el amor en sus múltiples formas; la pecera donde escondía el anillo de brillantes; el empeño del mismo y la fe renovada con un buen  gobierno, la corona de espinas del Nazareno que le advirtió que habría sacrificios en vano y de los otros; la mesa servida con un tinto y la ranura de la felicidad entrando en ese patio mientras oía la radio a la espera de sus amigos; la noche plena de setiembre donde entró en al aureola de una droga que todo lo abatía y eran la generosidad y el amor; la coraza caída, los orgullos derrotados, la necesidad por el piso y los dientes amarillos; el pelo que temblaba ante cada huracán, y los viajes a Marte sin Marte y la expedición por el mundo de las películas; el llorar solo porque en televisión una Madre recuperaba a su nieto número no sé cuanto; el reencuentro con los sobrevivientes de la primaria; el "señor" que de acá en más cada jovencita con la que se vinculaba le dedicará respetuosamente, y el tener que cuidarse al mirar a un chica pues podía ser ya su hija o nieta; el fin al cigarrillo; las averiguaciones por los aportes y la jubilación en ciernes, el miedo a morir sin haber echado el resto; la plenitud contada en cuentagotas; las cigarras del verano y su sinfonía que lo ponen nervioso; la noticia que alguien le ha dicho que siempre estuvo enamorado de él y era un hombre, la sonrisa solo en un café de ruinas melancólicas, el sentirse apartado de la manada pero dentro de una más lenta pero más sabia; el temblor en una de sus manos, el no poder recordar precisiones y los sueños con sus padres muertos que le aconsejan; y la tragicomedia de quienes lo ven viejo y se lo hacen saber y la pena que le da a él pues intuye que con eso lo cercarán; los jóvenes viejos, los viejos jóvenes; las fotos de Kodak con colores desvaídos, el orín más fuerte y el olor más anciano y la ropa más señorial y la fe y la memoria y la falta de la misma, y los preservativos en la guantera sin uso y las expectativas cada vez menores sobre el cuerpo de mujer; y los músicos que le dedican un tema como si el ya estuviese muerto y los talleres abandonados, y el barrio con otra luna y otras caras y el sentirse desconocido en una tierra nueva y buena a la vez, y decir "esto en mi época no pasaba", y las aspirinas y las medialunas que ya no podrás comer y la esperanza que se torna experanza y el amor de nuevo en sus explosivas y variadas formas que nunca lo abandona, como ese dolor en los huesos y el insomnio por entender al mundo nuevo y el pensar y repensar que ha hecho con su vida, y el por qué de esta crueldad exagerada de estos gobernantes sin fe, esta regresión exagerada a pretender ser una colonia por culpa de los votantes y el manejo de las noticias y la ceguera de los que odian porque le dicen que lo hagan, esta mentira sin patria ni corazón, ahora que con sesenta ya entró atravesando el arco de la edad madura y todo tiene otro color, ni mejor ni peor, solo otro pigmento y otro es el camino hacia la luz que brilla, que no es ni túnel ni muerte, solo las faroles del parque donde en este amanecer primaveral el tipo se pasea y silba la canción de Charly A los jóvenes de ayer, como lo hacía su papá con algunos tangos.

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