A cuarenta años de la visita que comenzó a visibilizar los crímenes de la dictadura  
Eduardo Jozami dio testimonio ante la CIDH mientras estaba preso: "pudimos contar lo que nos había pasado"
Fue entrevistado por los representantes del organismo internacional mientras estaba en la cárcel de Rawson.  "Paradójicamente, la dictadura aceptó la visita  porque se creía ganadora", señala. 
Eduardo Jozami Eduardo Jozami Eduardo Jozami Eduardo Jozami Eduardo Jozami 
Eduardo Jozami  
Imagen: Alejandro Leiva

Su recuerdo más nítido de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) es una fila de hombres apoyados contra una pared en un patio. La espera. Los que estaban en esa fila eran los presos políticos que habían sido designados para dar su testimonio ante la delegación extranjera. Eduardo Jozami estaba en Rawson. Antes había estado en las cárceles de Devoto y de La Plata, donde fue testigo de cómo sacaban de su pabellón a varios presos para fusilarlos. Además, su compañera, Lila Pastoriza, había estado secuestrada en la ESMA desde junio de 1977 hasta octubre de 1978, es decir que conocía de primera mano la existencia de los centros clandestinos. “La vista era una muestra de que empezaba a erosionarse el poder de la dictadura e hizo que se relajara el régimen carcelario aunque, paradójicamente, la dictadura la aceptó porque se sentía ganadora”, dice Jozami 40 años después de aquella entrevista.

Uno de los motivos por los que Jozami fue designado para hablar con los delegados de la CIDH en septiembre de 1979 fue que estuvo en la cárcel de La Plata cuando sacaron y fusilaron a un grupo de presos políticos. “A principios de enero de 1977, en La Plata, hubo una reestructuración, se establecieron pabellones que distinguían entre los Montoneros (Pabellón 1) y los del PRT-ERP (Pabellón 2) y según la información que tenían de quiénes estaban más comprometidos con las organizaciones. Quedaron como los "Pabellones de la muerte". El 5 de enero sacaron de nuestro pabellón a Rufino Pirles y Dardo Cabo. Veinte días después, a Angel Giorgiadis y Julio Urien. La madre de Urien pudo presionar a (el ministro de Interior, Albano) Harguindeguy y Urien apareció en Sierra Chica cuando todos lo dábamos por muerto. En su lugar sacaron a Horacio Rapaport, que apareció muerto con Giorgadis, decían que se habían cortado las venas, como si fuera un suicidio. El director de la cárcel y los militares nos vinieron a ver en esos días y decían que esto iba seguir, que iba a haber una depuración y que todos los que para ellos éramos los más peligrosos íbamos a ser boleta”, recuerda, otra vez, ahora. 

--¿Cuándo supieron dentro de la cárcel que venía la Comisión?

--Teníamos información, aunque no para hacer análisis muy precisos. A veces lo único que teníamos era la revista Gente o Siete Días. Pero teníamos visitas y en el 78 ya se hablaba de la CIDH. Yo empecé a tomarla en serio en abril de 1979, cuando nos llevaron a Rawson. Ahí cambió el régimen en la cárcel, nos permitieron jugar al fútbol, se alargaron los recreos, empezó a entrar el diario de la zona. Había una época en Rawson, a mi no me tocó, en la que la única lectura era la Biblia. Cuando llegué había compañeros que nunca habían mostrado gran vocación por la investigación erudita que conocían la Biblia como egresados de un seminario. Sobre todo, en vísperas de la llegada de la CIDH, cambió el trato. Los castigos y golpes eran menos frecuentes. No como cambiaría después de Malvinas, que era como la retirada, pero hubo un cierto relajamiento de la disciplina.

--¿Por algún motivo fue seleccionado para la entrevista?

-- Creo que por los hechos de La Plata, por supuesto que aproveché para hablar de todo, y por mi condición de periodista, porque siempre hubo una campaña especial por los periodistas, había denuncias de organismos internacionales. También sabía que tenía que hablar de Lila, porque no todos los presos tenían un familiar que había estado desaparecido.

--¿Sabían en la cárcel lo que pasaba en los centros clandestinos?

--Cuando vino a CIDH ya sabíamos bastante. Lila estuvo secuestrada desde junio de 1977 hasta octubre de 1978 en la ESMA. En 1979 estaba en España. Ella me escribía, aunque no me contaba todo. Por supuesto teníamos mil dudas, teníamos la esperanza de que no los mataran a todos. Al menos yo sabía que tenían una lógica muy distinta que la de los presos. Porque aún en los momentos más difíciles, en el fondo uno pensaba que ir preso era como haber firmado un contrato para que no te mataran. Cuando pasaban cosas como en La Plata era como que eso se rompía, que podía pasar cualquier cosa. Pero el mundo de los centros clandestinos no había ningún límite.

--¿Cómo se enteró mientras estaba preso que habían secuestrado a Lila?

--Ella me escribía por lo menos una vez por mes. Cuando pasó un poco más de un mes empecé a pensar que había pasado algo. Siempre estaba preparado para enterarme que había caído o que se había ido del país. Pasaron un par de semanas más y aparecieron en la visita mi suegra y mi mamá, juntas, para darse fuerza para contarlo.

--¿Y que había podido salir?

-- En cuanto pudo comunicarse con su familia yo ya estaba enterado. Incluso antes de que saliera tuve una entrevista con ella. Esos fueron los peores meses del secuestro. Las victorias y las derrotas uno las vive también a partir de situaciones personales y para mí la derrota de los Montoneros fue cuando cayó Lila y cuando salía, porque los militares creían que habían ganado.

--¿Qué cambió con la visita de la CIDH?

--Marcó un cambio importante respecto al conocimiento público en el exterior y en el país sobre los presos y los desaparecidos. Para lo lógica de los presos, que un día estás preocupado por la revolución mundial y otro por si te van a dar una milanesa con el almuerzo o no, lo de la CIDH fue muy importante. También era una muestra de que empezaba a erosionarse el poder de la dictadura, se relajaba el régimen carcelario y eso daba para sospechar de que empezaba a apresurar una salida política, aunque de todas formas eso no hubiera sucedido así sin Malvinas. En el mismo 79 fueron los primeros episodios de la Contraofensiva y eso demostró que no había motivos para suponer que los militares apuraran la salida democrática. Pero con la CIDH podíamos ante nada menos que representantes de un organismo internacional explayarnos, contar todo lo que nos había pasado. Fue muy distinto a la frustración que sentí después cuando vino el nuncio apostólico, Ubaldo Calabresi. Varios en Rawson nos anotamos para confesarnos porque había un código en las cárceles, y los curas lo aceptaban, de que la confesión era un momento de diálogo. Los creyentes se confesaban de sus pecados pero los que no lo éramos aprovechábamos para hablar de lo que pesaba en la cárcel y pedir ayuda. El obispo de Comodoro Rivadavia, Argimiro Moure, por ejemplo, aceptaba ese diálogo. El Nuncio Apostólico cada vez que vos decías algo sobre la situación de la cárcel, de los maltratos, decía “¿pero pecaste hijo?, y era imposible sacarlo de ahí.  Pero además fue importante la visita porque para Argentina empezó a ser importante la CIDH. Los argentinos se acostumbraron a acudir a la CIDH.

--¿Tenían esperanza en ser liberados a partir de la visita de la CIDH?

--Entre los presos, aun entre los más lucidos y formados, es inevitable que se piense todo el tiempo en la libertad. Si hay un choque en la esquina es un acontecimiento que va a acelerar la salida, y si no hay un choque capaz que también. Algo tan gordo como que viniera a tu pabellón de Rawson una delegación internacionalbviamente estaba queriendo decir que las cosas cambiaban. También teníamos cierta capacidad de análisis que contrarrestaba lo anterior. Paradójicamente la dictadura aceptó que viniera la CIDH porque se sentía ganadora. 

--¿Cómo fue la entrevista?¿Dónde fue?

--De lo que más me acuerdo es de estar esperando en un patio contra la pared, esperábamos que nos tocara el turno, fue bastante largo. Una fila contra la pared. La entrevista fue en un lugar cubierto. La Comisión entró al pabellón pero me parece que la entrevista fue en otro lugar, no en un calabozo ni en un gran salón. Era un señor bajito, centroamericano, amable y se notaba que ya venía convencido de lo que estaba pasando. Supimos es que era muy fuerte el impacto de la denuncia contra los familiares y las Madres que hizo (el relator José María) Muñoz por radio, eso en la cárcel se sintió mucho, mostraba que había cierta capacidad de no rebelarse contra eso en la población. Eso mostraba que no todo el mundo estaba sensibilizado por la represión como nosotros queríamos.

--¿Cuando se fue la CIDH se volvió a endurecer el trato?

--No, ya había pasado la peor época de la represión. Se mantuvo una situación menos rígida, aunque sí había sanciones y golpes que no hubo justo antes de que llegara la Comisión. La situación duró hasta después de Malvinas. Después de Malvinas hubo una situación: vinieron varios oficiales a la cárcel a discutir y a explicar tres temas: el fracaso de Martínez de Hoz, Malvinas y la lucha antisubversiva. Nos preparaban para la salida. Ellos decían que sólo algunos como Videla y Harguindeguy habían tenido que ver con Martínez de Hoz, que no se podía culpar a las Fuerzas Armadas y que lo de Malvinas era el borracho de Galtieri, pero la lucha antisubversiva la defendían todos. Y tiene algo que ver con lo que realmente ocurrió, porque fueron muy hábiles en involucrar a todos los sectores de las tres armas en eso.  

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