El cantante y pianista presenta "La parte que olvidamos"
Martín Elizalde, entre lo clásico y lo moderno
El ex Falsos Profetas continúa en una búsqueda sonora que tiene que ver con el rock como fuente principal.
Elizalde editó su último disco en vinilo antes de subirlo al streaming.Elizalde editó su último disco en vinilo antes de subirlo al streaming.Elizalde editó su último disco en vinilo antes de subirlo al streaming.Elizalde editó su último disco en vinilo antes de subirlo al streaming.Elizalde editó su último disco en vinilo antes de subirlo al streaming.
Elizalde editó su último disco en vinilo antes de subirlo al streaming. 
Imagen: Guadalupe Lombardo

El nuevo disco de Martín Elizalde, La parte que olvidamos, se editó en formato vinilo además de subir a plataformas digitales. El pianista y compositor dice que siempre "fantaseaba" con la idea de hacer un vinilo y que ahora se sacó el gusto. "No era por el tema de la calidad sonora sino porque cuando escucho un vinilo me conecto con el disco y no existe eso de esquivar una canción, por ejemplo. La escucha es diferente", justifica el músico.

Elizalde forma parte de una generación que se vinculó de otro modo con la música y eso se refleja a la hora de pensar un disco. Es decir, un conjunto de canciones con un arte gráfico y un concepto o hilo conductor temporal que las atraviesa. “La parte que olvidamos tiene que ver con los deseos desorganizados que tenía cuando empecé con la música”, devela el músico, quien presentará el material este jueves 19 de septiembre a las 21 en el C.C. Richards (Honduras 5272).

“De todos modos, no critico que hoy la música se escuche de otra manera ni pretendo que se escuche como yo quiero. De hecho, esta transición arrancó desde que empecé con Falsos Profetas, en 2001, y creo que la industria del entretenimiento que primero sufrió el sacudón del universo digital fue la música”, repasa Elizalde, quien reparte sus días entre la música y una agencia de comunicación. “Todo fue cambiando de a poco y todavía no se encontró un nuevo modelo. Soy hijo de esa transición. Si hubiera sacado discos en los '90 con una industria fortalecida sí te diría que la cosa cambió mucho”.

En relación a Llueve. Es de noche. Es verano (2017), su disco anterior, hay una continuidad en la búsqueda sonora que tiene que ver con el rock, la fuente musical principal de Elizalde. Y con la banda que lo acompaña desde 2014: Agustín Macías (bajo, guitarras acústicas y coros), Augusto Coronel Díaz (guitarras eléctricas) y Alex Fank (batería). "La idea sonora tiene que ver con buscar un espacio entre lo clásico y lo moderno. 'Lapacho' o 'No tenemos tiempo' son dos ejemplos de eso”, dice sobre el nuevo disco, que fue grabado con tomas en vivo Estudios ION.

En "Dos extraños en la noche" le da lugar a su costado rioplatense con un arreglo de murga. "En este disco me reencontré con el acordeón y el sonido del órgano y los sintetizadores. Me gusta el sonido de banda de rock con piano, al estilo Billy Joel o Charly. Y yo me considero más un solista de rock que un cantautor", sostiene.

Más allá de las etiquetas, Elizalde es un creador de canciones, es decir, la búsqueda del equilibrio entre la palabra y la música. En su caso, le interesa contar historias. "Hay algo narrativo, me gusta mucho el diálogo adentro de la canción, un recurso que utilizan mucho Bob Dylan y Tom Waits. Esa es la escuela que tengo". La parte que olvidamos abre con una canción que tranquilamente podría ser la de cierre. Se llama "Diciembre" y tiene algo de balance y nostalgia. "Me gustó como apertura porque me parecía que garpaba a nivel sonoro. Y más pensando en la edición del vinilo”.

-Hay poca distancia entre disco y disco. ¿Te interesa especialmente el registro de la obra?

-Estos últimos nueve años fueron muy intensos. Saqué ocho discos, contando los de Falsos Profetas y mi proyecto solista. La idea de sacar discos con esta frecuencia es para no ir guardando canciones para futuros discos; me gusta editar lo que tengo y elegir lo mejor en cada momento. A la vez, pienso que es una época en la que tenemos que estar todo el tiempo haciendo malabares para encontrar el espacio para hacer cosas. Y esa sensación de asfixia me fue guiando a través de las canciones. Son cuestiones cotidianas pero trasladables a muchos a ámbitos diferentes. El miedo que siempre tengo es que la vida se vaya haciendo cada vez más angosta de visión, de inquietudes. El otro día escuchaba a Lucrecia Martel, que decía que en la década del '80 el deseo no estaba tan organizado y que la ciudad era una aventura, que no preocupaba tanto la salud. Y yo creo que es algo propio de la juventud. Hoy pareciera que el deseo se organiza en una app y no debería ser así. Y mi lucha cotidiana es escaparle un poco a la pantalla y darle espacio al animal que tenemos adentro, a la improvisación y la espontaneidad. Hay una especie de precarización emocional, además.

-¿Y la canción funciona como contrapunto?

-La misión de una canción o un disco en esta época es romper con ese blindaje emocional; lograr la conexión con otra persona es milagroso. Internet nos trajo un montón de beneficios pero trato de conservar un espacio analógico. Antes no buscabas una reacción, antes vivías. Y después de que vivías, escribías. Hay demasiada ansiedad de exponer todo lo que hacemos, pero la espera está buena.

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