Tejidos

Ella organizaba en un cartón rectangular una serie de diez, doce, a veces quince agujas pinchadas en hilera. En cada una de las agujas que estaban pinchadas al cartón tenía una buena cantidad de lana de color, enhebrada a cada una y enrollada en forma de ocho, cada lana tenía un color diferente y ella las ubicaba según los necesitaba y según la memoria le indicaba, transformándose así cada una en una especie de mini-ovillo que usaba según

lo que estaba haciendo.

Sabía de memoria exactamente cuál era el color de la lana de cada una de

las agujas, iba eligiendo los tonos y los acomodaba así para no perderse, ya que estaba completamente ciega. Cómo hacía para no equivocarse nunca fue un misterio que nos quedó guardado en el fondo de la memoria.

Para acomodarlos, obvio, necesitaba algún secretario, léase, un vidente, que le dijera cuál color era cuál y le enhebrara las agujas y se las acomodara. Una vez que tenía esto, ella se ponía a trabajar cual arañita en guerra y seguía tejiendo y tejiendo hasta que las lanas se le acababan y ahí sí, Dios mediante, pedía otra vez algún secretario para que le renovara la urdimbre.

Ella hacía crochet, nada más, al menos en esa época. De joven, más bien desde niña, había hecho mantillas, pasamanería, caminos de mesa, puntillas y encajes diversos, manteles, servilletas, repasadores y cortinas, amén de la cantidad de trajes de novia que hizo, junto a guantes y sombreros que era lo que se usaba en la época. Había tenido un negocio grande, fue el único en Rosario por aquellos tiempos, dedicado a hacer sombreros y guantes, hacía traer todo importado de Londres y de París, la materia prima, como quien dice y supo tener unas cuantas empleadas, todas mujeres, muy dedicadas y prolijas ellas, para estar siempre al grito de la moda que ordenaba tanto a las mujeres como a los varones, sobre todo a las mujeres, utilizar guantes y sombreros para salir a la calle para asistir a los eventos de la sociedad burguesa y chismosa que andaba husmeando, siempre, en los atavíos de las demás señoras y señoritas…

Después de la crisis del '30 el negocio se fue a pique, empezaron a despedir empleadas, ya nadie se moría por comprar un sombrero nuevo confeccionado con materiales franceses o ingleses, pasaron a zurcir medias, hacer ruedos, poner parches, componer lo que sea por dos mangos, con tal de poner el plato en la mesa, como pasó con todos en esa época, como nos pasa a todos, cada tanto, en este país…

Pero ella seguía tejiendo, tejiendo, esmerada arañita de la posguerra, nos hizo camperas a todos, vestiditos y mantillas que eran una divinura, una frazada de dos plazas hecha toda de lana de colores, abrigadísima, una hermosura, pesadísima pero abrigadísima, muy bien había elegido los colores, muy bien había quedado… Todo eso lo hizo cuando ya estaba completamente ciega… Tardó tanto tiempo en tejer la frazada que los incrédulos hacían apuestas a ver si la vieja se moría o no antes de terminarla. La vieja les tapó la boca, no sólo que terminó de tejer la frazada que quedó divina y la usaron un montón, es más, todavía la usan, sino que encima siguió viviendo y tejiendo muchos años más. Además de multitud de almohadones y puntillas nos supo hacer mucha ropa a nosotros, que siempre andábamos necesitando y crecíamos a la velocidad de la luz… Medias para dormir, de esas de crochet que son el colmo de lo calentitas, mañanitas para ella, pulóveres, vestidos y sacos para nosotros .

Jamás la vi tejer a dos agujas. Supongo que sabía. La conocí ya ciega, con muchos años encima, los años del tiempo y la sabiduría. Siempre tejió como una arañita endemoniada. Es cierto, era lo único que hacía. Se organizaba el tiempo de trabajo como si estuviera en una oficina o todavía tuviera el negocio y sí o sí, los trabajos los terminaba en el plazo previsto.

A mi mamá le hizo una ropa divina, a nosotros también. Una bikini de encaje negro que era una locura, además de otras cosas. Vi cosas que había hecho cuando veía, eran una hermosura, bordaba, hacía encajes, maravillas con las manos…

Me enseñó a tejer crochet mientras le enhebraba las agujas, de paso me contaba, me charlaba; como todos los viejos, necesitaba charlar con alguien, a veces se juntaba con la hermana pero ya casi no le quedaban parientes vivos.

Ella vivió demasiado. Tenía una paciencia enorme, enorme. Muy de vez en

cuando, se enojaba y puteaba en piamontés o te decía, "¡Andá a bañarte!",

que en su escala de improperios era lo máximo. Era muy educadita la señora,

no decía malas palabras, pero para ella bañarse era lo peor de lo peor. La vieja le esquivaba al agua como si fuese gato, che, ni por puta se bañaba.

De ella aprendí el arte de la paciencia, a ser feliz con muy poco y a esperar que las cosas sucedan sin desesperar.

Aún le brillaban los ojos, a pesar de la ceguera, cuando hablaba con devoción del abuelo Orestes. Nunca vi una mujer tan enamorada como ésa.

Pasaron muchos años después pero jamás vi una mujer que irradiara tanta luz al hablar de su hombre. Fueron muy felices juntos. A pesar de las crisis y las desgracias y las cuestiones políticas. Aprendió a vivir sin él como todo lo que aprende una mujer en esta vida: con una ancha y amplia resignación.

De ella aprendí algo de italiano, de piamontés y de crochet, el truco de esconder el dinero enrollado en el alma de los ovillos (así lo trajeron cuando vinieron de Italia) y de ella heredé un librito intitulado "Labores de señora" una reliquia editada por el Almacén Alsaciano de Bordado y una máquina Singer que bordaba en todos los estilos y cosía. Nunca aprendí ni a coser ni a bordar. Leo y escribo. Y no dudo que si ella hubiera podido, hubiera elegido lo mismo…

marianamiranda66@gmail.com

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