Pájaros de verano, dirigida por Cristina Gallego y Ciro Guerra
El peligroso cuidado del mandato familiar  
Presentada en el Festival de Cine Latinoamericano Rosario, la película es una experiencia alucinada y dolida que cruza tradiciones originarias y economía delictiva.
El film registra a una comunidad, que participó en su elaboración. El film registra a una comunidad, que participó en su elaboración. El film registra a una comunidad, que participó en su elaboración. El film registra a una comunidad, que participó en su elaboración. El film registra a una comunidad, que participó en su elaboración. 
El film registra a una comunidad, que participó en su elaboración.  

Pájaros de verano

(Colombia/Dinamarca/México, 2018)

Dirección: Cristina Gallego y Ciro Guerra.

Guión: María Camila Arias, Jacques Toulemonde Vidal.

Fotografía: David Gallego.

Música: Leo Heiblum.

Montaje: Miguel Schverdfinger.

Reparto: José Acosta, Carmiña Martínez, Natalia Reyes, Jhon Narváez, Greider Meza, José Vicente.

Duración: 125 minutos.

Distribuidora: Mirada Distribution

Sala: Cines del Centro.

7 (siete) puntos

Ciro Guerra y Cristina Gallego combina registros.

£Ingresar al mundo de Pájaros de verano imbrica varias capas, simultáneas. Una cosmovisión extraña pero cercana. Es el norte colombiano, son los años '60, la protagonista es la comunidad wayyu, hay un rito, música, baile, la posibilidad de un casamiento, el desafío de conseguir una dote significativa. Todo esto, contenido en el canto y la pena de quien ha visto lo que ha sido, cuando el esplendor ocurría, antes de la caída, a partir de una génesis maldita. El narrador, en su lamento, hace vibrar el aire.

La narración oral es el nexo con el tiempo, es la posibilidad de rememorar y entender, a través de la ilación entre cinco "cantos" que van de los años '60 a los '80. Ascenso, cima, declive. En este arco, lo que se dibuja es la instauración de una actividad económica relevante, ilícita, corrupta. Con el fin de llegar a cumplir con la dote exigida, se concretarán dos cosas: el matrimonio y el narcotráfico.

Tales instancias, se nota, van de la mano. También como resortes que estructuran el relato. Se trata del vínculo finalmente consumado entre Rapayet (José Acosta) y Zaida (Natalia Reyes), porque la dote finalmente aparece y con ella la inmersión en el mundo del narcotráfico. A la par, lo que se consolida, o se persigue, es la familia. El cuidado al grupo familiar por sobre todo lo demás. Tal como sucedía en Breaking Bad, y en tantos otros ejemplos. Con la salvedad de que aquí es entre miembros de una comunidad originaria.

En este provocador cruce de semánticas se construye Pájaros de verano: entre las que el cine aporta desde su historia, munido de gángsters y tintes noir; y la relativa al registro de vida de una comunidad histórica, que además ha participado activamente en la elaboración del film. De este modo, la película de Cristina Gallego y Ciro Guerra combina, confunde, documental y ficción, verismo y recreación. Pone en un límite difuso la propuesta y logra su potencia.

Desde luego, esto no es algo raro en la filmografía de Ciro Guerra, responsable de la extraordinaria El abrazo de la serpiente, cuyo blanco y negro proponía un viaje amazónico que teñía de alucinaciones a imágenes reales. En Pájaros de verano hay ecos similares, ahora con el color como paleta hipnótica, de valores estridentes entre vientos terrosos que se pierden en horizontes lejanos, con suelo quebradizo. Un espacio geográfico que desdice referencias espaciales precisas, que se extraña mientras se adentra en su historia, al avanzar las décadas, ya inmersos en el narcotráfico como modo de proseguir y de proteger lo único que importa: la familia.

En principio, habrá que prestar a atención a que Rapayet ha sido criado por alijunas, ya que trae consigo comportamientos y saberes que nos son de los wayyu. Rapayet, si se quiere, es personaje de cinefilia mestiza, surgido de algún rescoldo de Más corazón que odio, de John Ford. Vive entre dos mundos, se debate consigo, ha traído la manzana podrida al paraíso. Y son varios los que la muerden a gusto. Entre ellos, la misma madre de la prometida, aquella que sabe leer entre sueños pero quien sin embargo -o quizás por resultar presa de sus propios deseos o palabras- termina por invocar la desgracia. El porvenir se ofrece tentador, las posibilidades económicas aparecen, y con ellas la construcción de un palacio de cuento de hadas, ubicado sobre ese mismo suelo terroso y agrietado donde moraban sólo viviendas endebles.

Lo que emerge en Pájaros de verano es un retrato de dolor, afectado ante el devenir similar de tantos pueblos. Un destino latinoamericano. 

El blanco y las terminaciones sinuosas ofrecen ahora un oasis salido de alguna fantasía. Como si fuese una fisura imaginaria, un palacio breve, emergido de alguna de las mil y una noches. Hasta animales conviven allí. El paraíso perdido pareciera haberse recuperado. Ilusiones y sueños. Pero las muertes aparecen, y los pactos traen consecuencias. Y allí, finalmente, la verdad o el gusano de la manzana.

De esta manera, a partir de matices cuasi surrealistas, Pájaros de verano despliega una hendidura pronunciada. Que finalmente será foso donde todos se carcoman, el infierno tan temido. El comercio de drogas ha hecho lo suyo. En otras palabras, el capitalismo es el que ha hecho pie sobre su fondo de ciénaga. Por eso, la piedra de toque la brindan los norteamericanos, con sus perspicacias y slogans en estampitas. Hacia ellos se dirige la posibilidad de contraer ese trato que permita la dote, la seguridad familiar, la gracia de la buenaventura. "Di no al comunismo", comunican entre sonrisas.

Será un brindis por el capitalismo, entonces, el que cierre el primer trato, en donde la algarabía se dibuja en la forma de un futuro refulgente. De las ganancias del café, a las de la marihuana. Reinvertir para obtener millones. Con la complicidad policial como barrera levantada. Una vez abierto, el camino se hace todavía más atractivo. Hacia allí, aun cuando los sueños adviertan, se orienta el film. La guerra, claro, su corolario.

 

Una vez sucedida la película, con retazos todavía humeantes y laceraciones autoinfligidas, lo que se erige es un penar que canta, que dice sobre lo que sucedió. Un lamento que subsiste, como el mismo viento, mientras todo parece volver al mismo sitio de siempre. Así, lo que emerge es un retrato de dolor, afectado ante el devenir similar de tantos pueblos originarios. Un destino latinoamericano, tal vez. En todo caso, no hay didactismo alguno en el film, sino puesta en juego de un drama que dialoga con el cine mismo -ascenso y caída de gángsters- mientras retrata costumbres y rostros de un pueblo que subsiste entre el atropello sufrido, los errores propios, y la dignidad histórica.

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