El estreno de Monos, del director Alejandro Landes
Verde fosforescente y metralletas en el aire 
Un viaje al interior de una foresta profunda, enquistada en un nudo íntimo, hace de la película colombiana un alegato poético y furibundo.
Retrato de un grupo de niños jugando a la guerra, según sus adultos les enseñan.Retrato de un grupo de niños jugando a la guerra, según sus adultos les enseñan.Retrato de un grupo de niños jugando a la guerra, según sus adultos les enseñan.Retrato de un grupo de niños jugando a la guerra, según sus adultos les enseñan.Retrato de un grupo de niños jugando a la guerra, según sus adultos les enseñan.
Retrato de un grupo de niños jugando a la guerra, según sus adultos les enseñan. 

Monos

(Colombia/Argentina/Alemania/Suecia, 2019)

Dirección: Alejandro Landes.

Guión: Alejandro Landes, Alexis Dos Santos.

Fotografía: Jasper Wolf.

Música: Mica Levi.

Montaje: Ted Guard, Yorgos Mavropsaridis, Santiago Otheguy.

Reparto: Sofía Buenaventura, Moisés Arias, Julianne Nicholson, Laura Castrillón, Deiby Rueda, Paul Cubides, Wilson Salazar.

Duración: 102 minutos.

8 (ocho) puntos

Experiencia visual arrebatadora, hipnótica.

 

No hay manera, ¿cómo escapar al influjo de Apocalypse Now? En verdad, ¿por qué evitarlo? No es que Monos, el film de Alejandro Landes, busque un parecido pretendido ni nada semejante. Tal vez, en todo caso, se trate de un hálito que corroe benéficamente al cine todo. No en vano el film de Coppola es una de las obras maestras de todos los tiempos. Ahora bien, todo esto porque tras ver Monos no hay manera de desligar ciertos aires de pesadilla hermosa, de vidas trastocadas de modo horrible, entre verdes fosforescentes y un aire puro que el sonido de las metralletas hiere; así como sucedía durante aquel film insigne y maldito.

Puede pensarse también en cómo Landes adhiere esa misma textura corrosiva a su cámara, con la atención puesta en niños y niñas que desfilan militarmente durante su preparación profesional, dentro de la foresta, escondidos pero a la vista de quienes los cuidan y aglutinan para cumplir tareas de fines no confesados. ¿Dónde ocurre efectivamente todo esto? No hace falta explicitarlo, el mundo que retrata Monos está cerquita, sea en el tiempo próximo como en las latitudes de confines nada lejanos. Niños y niñas hundidos en la miseria militar, desprovistos de albedrío y libertad, ahogados en una cofradía de gestos y sobrenombres -Rambo, Lady, Pitufo, Lobo, Perro, Boom Boom, Patagrande, Sueca-, sometidos a una jerarquía que les niega un pasado de vida o sentimientos. ¿Quiénes son estos niños, convivientes en una parábola reminiscente de El señor de las moscas?

Entre los premios que Monos está obteniendo -vale recordar que tuvo su primera proyección en Rosario durante la última edición del Festival de Cine Latinoamericano-, figura el muy reciente del Festival Internacional de San Sebastián, donde ganó el "20 Sebastiane"; allí, según el jurado, Monos ataca la dualidad y mirada binaria, y "ofrece una historia que se ubica en ambos lados de todas las cosas, pero a la vez en ninguna parte. Los filmes del bien o mal, de gay o hetero, la separación entre hombre y mujer, víctima y victimario, son binomios que nos alejan de los verdaderos debates y disputas sobre violencia, sexualidad o injusticia social. En ese grupo la única brújula moral es Rambo, un personaje queer".

Niños y niñas hundidos en la miseria militar, sin albedrío ni libertad, sometidos a una jerarquía que les niega pasado y sentimientos

 

Efectivamente, Rambo es interpretado por Sofía Buenaventura. Los planos que la retratan -de pelo bien corto, nombre masculino, facciones femeninas- indagan en la alteridad que ella/él supone. Que su sobrenombre diga sobre el cine mismo es una afrenta estética en sí, que nada casualmente coincide por estos días con otro film dedicado al veterano de guerra de Stallone. Entonces, Monos es un film bélico. Pero quizás no. Así como sucede con Apocalypse Now. Es mucho más. Capaz de resituar lo que se tenía preconcebido en otros términos.

Ahora bien, lo hace a la manera clásica, con una doctora norteamericana apresada por estos pequeños militares. Obligada a participar de videos que, se presume, darían cuenta de su paradero, la doctora Watson (Julianne Nicholson) convive de una manera cuasi amigable; de nuevo, las categorías habituales se trastocan, la doctora asume características médicas o maternales o amorosas. Pero tampoco está claro de dónde procede esta detención. Así como sucede con la misma organización a la que se corresponde este grupito, liderado por el Mensajero, un adulto de estatura corta y físico pulido: el papel lo desempeña Wilson Salazar, ex guerrillero de las FARC, con lo cual, la película agrega capas sobre capas.

Es el Mensajero quien les encomienda, a su vez, el cuidado de una vaca. En esa vaca, dadora de leche, símbolo pagano/religioso, se cifra el devenir fortuito, la revelación y la revuelta. Desgracia u oportunidad; en todo caso, lo que primero ocurre por casualidad luego lo será por decisión. A partir de allí, con la vaca vuelta rito, entre el fuego de las brasas y el sabor de su carne, Monos se abre como un pequeño infierno. Pero también se retrae, mientras toma un contacto cada vez mayor con los elementos naturales. Y lo hace de una manera casi parecida a la de Los salvajes, la ópera prima del argentino Alejandro Fadel.

Monos se abre como un pequeño infierno. Pero también se retrae, mientras toma contacto cada vez mayor con los elementos naturales

 

A diferencia de Fadel -que empequeñece a sus personajes hasta disolverlos en una matriz originaria-, Landes los despliega hacia una deriva de la que habrán de ir deshojándose, hasta quedar en alguno de ellos el lugar de relieve. Allí, justamente, habrá que pensar al personaje de Rambo, capaz de mirar de otras maneras, y de pensar un mundo diferente. Al respecto, es sintomático el desenlace. Porque si bien Rambo es en quien el film hace asidero -y de maneras elípticas, sin explicar demasiado con quiénes se encuentra en su derrotero o en su huida, o cuáles son sus intenciones profundas-, lo también cierto es que el rescate final tendrá corolario en un helicóptero tan militar como la idiosincrasia de quienes con él/ella convivían. Así, del cielo baja ese salvador de colores aceituna, un protector que merece tantas sospechas como alertas.

 

Monos es una experiencia visual arrebatadora, hipnótica, que sobrevuela espacios bellos para luego hincharlos de gritos afiebrados, de origen tribal y designios militares. A la vez, es también el retrato de un grupo de niñas y niños jugando a la guerra, descubriéndose entre besos, golpes y borracheras, mientras intentan ser lo que sus adultos les enseñan. Igualmente, hay una fisura, un lugar a partir del cual pensar otras posibilidades, aun cuando el peso mayor y adulto parezca determinante. Allí, por eso, Rambo. Su sensibilidad presagia algo mejor, distinto. En ese espacio abierto -apenas insinuado- se detiene la película de Alejandro Landes.

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