El recuerdo de la ambientalista hondureña (1971-2016)

Berta somos todas

Gritar por Berta Cáceres es invocar lucha y justicia feminista. Su figura es clave a la hora de pensar el avance del neoliberalismo sobre los eco sistemas y las tierras indígenas.  

Berta no murió, se multiplicó. Berta vive. Berta soy yo. Berta volverá y será millones. Izado por las bocas que lo rugían, su nombre anduvo hecho cuerpo por las calles del último Encuentro. Aparecida necesaria para hacer las revoluciones que faltan. No fue la única, en apetito de almas de fuego esas mismas bocas nombraron lengua al viento a otras infalibles: Macarena Valdés Muñoz, la ambientalista mapuche asesinada también en 2016, Diana Sacayán, Lohana Berkins y Marielle Franco, una visión indudable de ellas juntas y presentes cruzó el cielo borrascoso en nombre de todas las perseguidas y asesinadas. "A Berta Cáceres la mataron dos hombres a pedido de otros. La mataron a balazos en su casa en La Esperanza por ser ambientalista, por ser feminista, por defender los derechos de la cultura Lenca y por proteger a los ríos del negocio hidroeléctrico. La mataron los de la represa Agua Zarca, en el río Gualcarque, los de DESA (empresa de desarrollos energéticos)" dijo su familia con su hija Bertha Zúniga Cáceres a la cabeza (una de lxs cuatro que tuvo) mientras el tribunal culpaba solo a los esbirros del gatillo y dejaba libres a los actores intelectuales que en la Honduras de Berta como en el Amazonas o en cualquier otro lugar de la tierra, provocan incendios, talan árboles, persiguen a lxs indígenas y les roban sus tierras para negociar concesiones, o construyen represas (energía barata) para que las multinacionales devasten a descuajo.  La mujer de los ríos libres y los bosques altos que recibió un año antes de su muerte el premio Medioambiental Goldman -el Nobel Verde-, no se dejó seducir por la cucarda que para algunxs endulza el pulso para aplacar –corromper– la lucha. Nada, nadie, nunca, pudo aplacar la de Berta. Cuando hablaba de su militancia decía no se rendía gracias a su mamá: “viví en un hogar dirigido solo por ella, una partera que desde temprano trabajó en la defensa de los derechos humanos en medio de dictaduras y golpes de estado". Perseguida, amenazada y detenida, nunca dejó de denunciar el “hostigamiento militar y policial que le apuntaba los cañones de sus fusiles a las cabezas de los niños, las niñas y los ancianos de Río Blanco". Cuando Berta y la organización (COPINH, Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, fundada en 1993) denunciaron cada una de las concesiones negociadas, el poder de turno los criminalizó; cuando la mataron la policía dijo que había sido un crimen pasional; cuando juzgaron a sus asesinos quisieron cerrar la causa culpando solo a los testaferros. Nada hubiera desenmascarado esa historia oficial que todavía se niega a ceder y perder, sin la lucha de su familia y de sus compañerxs, nadadores valerosxs en el aire (homenaje al río que corre libre sin el desvío al que lo somete la mano con dinero del hombre), que bracean sin pausa en la crepitación de insultos que aplauden los oídos cómplices mientras siguen pidiendo justicia y verdad, como lo vienen haciendo desde aquella madrugada de marzo, cuando dijeron que el asesinato de Berta Cáceres, a manos de sicarios, había sido ordenado por los ejecutivos de la DESA.Pocas noches atrás, aquellas bocas que la nombraron viva en el último Encuentro recuperaron su voz entre diagonales: “Vos tenés la bala/yo la palabra/la bala muere al detonarse/la palabra vive al replicarse”. 

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