ENTREVISTA  

EL ESPEJO INTERIOR

Claudia Salomón Tarquini, científica social de la Universidad Nacional de La Pampa, trabaja para difundir el conocimiento, la cultura y la organización de los pueblos originarios. “Tenemos que pensarnos como una sociedad pluriétnica”, asegura.

La experiencia como investigadora del CONICET, docente de Metodología de la Investigación Histórica de la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam) y autora de trabajos y libros sobre pueblos originarios llevó a Claudia Salomón Tarquini a especializarse en las expresiones culturales, la organización política y las redes de conocimiento de esas sociedades ancestrales. O, visto desde otro ángulo, Salomón Tarquini conoce e investiga sobre un importante tejido de nuestra trama identitaria, compuesta por el vocabulario, las costumbres y la fisonomía de los argentinos, y negada en forma sistemática por el pensamiento etnocéntrico.

Al contrario de la historia constituida, la investigadora no hace “una excursión a”, sino que desde la hondura pampeana —aquel epicentro de la lucha física y la construcción simbólica de la Argentina moderna durante la denominada “Campaña del Desierto”—, va en busca de las voces y los portadores de esa identidad, una tarea cuyos resultados, en tiempos de reconstrucción de lazos sociales, iluminan zonas comunes de una nación que suele sufrir antagonismos estériles, nocivos e intencionados.

-¿Qué lugar ocupa la educación pública en tu formación?

-La educación pública ha sido fundamental para mí: soy hija de trabajadores, y si no hubiera sido por esa oportunidad que dan las universidades públicas en Argentina jamás habría podido dedicarme a la investigación. Estudiar en una institución chica, del “interior” del país, plantea a veces dificultades, pero las y los docentes te conocen mejor. Uno de esos profesores fue Daniel Villar, que me convocó a su equipo de investigación cuando aún era estudiante. Esa instancia, sumada a la beca de CONICET para finalizar el doctorado y finalmente a dos estancias de investigación en EEUU (becas CONICET-Clais 2010 y CONICET-Fulbright 2017) fueron claves para formarme y pensar mis temas.

-¿En qué proyectos estás trabajando?

-Por un lado, mi línea de trabajo como investigadora en CONICET está centrada en examinar las condiciones de producción sobre los conocimientos académicos que se generan en relación con los pueblos indígenas. Se trata de mirarnos un poco y ver quiénes construimos conocimiento académico acerca de los indígenas, desde qué lugares lo hacemos, en relación a qué factores, y cómo varían esas condiciones, comparando varios países (Canadá, EEUU, México, Perú, Brasil, Colombia, Chile y Argentina). Por otra parte, tenemos un proyecto colectivo en el que examinamos la construcción histórica de configuraciones culturales en la región pampeana, en relación con los espacios y regímenes de sentido sobre la región y sus habitantes, sus campos de posibilidad, las tramas simbólicas comunes y los elementos culturales compartidos. Nos interesan los discursos sobre la región, las circulaciones, apropiaciones por parte de distintos actores, los espacios de sociabilidad y redes intelectuales.

-¿Cuál te parece que podría ser el rol de los investigadores en Humanidades en la nueva etapa política y cultural que seguramente inicie Argentina a partir de diciembre próximo?

-Casualmente de eso charlábamos con colegas de Ciencias Sociales y Humanas hace unas semanas. Creo que estos últimos cuatro años habilitaron la multiplicación de discursos terriblemente retrógrados, que recuperaron muchos de los prejuicios de clase y racistas que han ido sedimentando en el sentido común en nuestro país. El impacto de estas operaciones en la subjetividad de nuestra sociedad no se va a revertir con medidas económicas más o menos exitosas, como marcaba (el sociólogo) Daniel Feierstein días antes de las PASO. Los discursos fascistas que debimos escuchar de parte de funcionarios fueron brutales durante estos años. Creo que podemos contribuir en desarmar estos discursos y ayudar a que se instrumenten políticas públicas éticamente responsables y científicamente informadas. Siempre sostengo que debe haber colegas formados para instrumentar políticas serias, ancladas en reflexiones y lecturas actualizadas, que rompan con la inercia del sentido común que impera especialmente en las políticas públicas.

-Pensando en este trabajo sobre el sentido común, ¿qué elementos hay que tener en cuenta para conformar una identidad superadora del antagonismo “grieta” en que fuimos colocados intencionalmente?

-Creo que ese antagonismo fundacional entre “civilización” y “barbarie” debe ir siendo desmontado. Es algo que parece obvio para varios académicos (aunque menos de los que quisiera admitir), pero no lo es para gran parte de la población. Se trata de estereotipos que siguieron fomentando varios referentes del macrismo, como por ejemplo (el ex ministro de Hacienda Alfonso) Prat Gay, cuando dijo que “cada diez años nos dejamos cooptar por un caudillo que viene del norte, del sur, no importante de dónde viene, pero de provincias con muy pocos habitantes, con un currículum prácticamente desconocido”. Me parece que las luchas de las organizaciones de pueblos originarios y de quienes apoyamos y cuestionamos ese relato fundacional pueden ayudar a poner en discusión esta forma homogénea de pensar la nación. Cuando por ejemplo los pueblos indígenas reclaman Educación Intercultural Bilingüe no lo hacen solo como un beneficio para ese sector específico de la población, sino para que todos comencemos a pensarnos como una sociedad pluriétnica. Espero que a partir de 2020 podamos retomar ese legado de lucha colectiva y avanzar en ese sentido.

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