AUTOSTOP #26: estudiantes universitarios investigan el titán batracio de la pampa húmeda
La ley del menor escuerzo
Es uno de los bichos con mayor mitología construida alrededor, pero un grupo de jóvenes biólogos lo saca del pozo a la luz.
Nucleados en el colectivo COANA, alumnos y egresados de la UBA y de la UNLP estudian al "gigante de las pampas".Nucleados en el colectivo COANA, alumnos y egresados de la UBA y de la UNLP estudian al "gigante de las pampas".Nucleados en el colectivo COANA, alumnos y egresados de la UBA y de la UNLP estudian al "gigante de las pampas".Nucleados en el colectivo COANA, alumnos y egresados de la UBA y de la UNLP estudian al "gigante de las pampas".Nucleados en el colectivo COANA, alumnos y egresados de la UBA y de la UNLP estudian al "gigante de las pampas".
Nucleados en el colectivo COANA, alumnos y egresados de la UBA y de la UNLP estudian al "gigante de las pampas". 

(Desde la Pampa húmeda) Cuando el escritor y maestro Marcos Sastre anotó, hace más de 150 años, aquella frase de que “la Pampa tiene el ombú”, en realidad se quedó corto: tendría que haber agregado en el inventario al escuerzo, tan habitual en la región como cualquier otro tipo de animal o vegetal. Quizás el batracio fue obviado porque –a diferencia del sapo– vive más tiempo escondido bajo tierra que saltando a la vista del humano. O tal vez porque la info que se suele tener de este bicho es perniciosa y, por lo tanto, poco contributiva a la belleza que requiere una poesía.

Hay toda una mala prensa sobre el escuerzo por culpa de la literatura, la ignorancia y también el mascotismo: gente que valora a los animales en función de la domesticación que son capaces de tolerar. Por eso podemos estar horas conmoviéndonos con fotos o videos virales de gatitos “llorando” –aunque en realidad se trate de felinos con los ojos mojados por infecciones oculares–, pero si cruzamos un escuerzo probablemente lo pateamos de punta a causa de las maledicencias que se le atribuyen.

 

El libro Las fuerzas extrañas, de Leopoldo Lugones, es considerado pionero en el género fantástico y sci-fi en Argentina, aunque curiosamente años después varias de esas aseveraciones fueron comprobadas por la ciencia convencional. Así ocurrió con la mayoría de esa compilación de cuentos, salvo el titulado Escuerzos, donde una anciana (basada solo en relatos populares y el qué dirán) sugería quemarlos para evitar las desgracias que este batracio podría dedicarle a cada humano que lo ofende.

Esa obra salió en 1906, Lugones se suicidó tomando cianuro tres décadas después y el escuerzo intentó sobrevivir durante el siglo siguiente con tantos hostigamientos y dificultades que la propia Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, la organización medioambiental más grande del planeta, terminó rotulándolo como “especie casi amenazada”.

Por ese motivo es que un grupo de jóvenes biólogos y estudiantes de distintas universidades argentinas comenzó una serie de estudios para tratar de entender los motivos por los cuáles este anfibio dejó de verse con tanta frecuencia en las provincias de Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba, sus principales zonas de hábitat.

 

El colectivo COANA (Conservación de Anfibios en Agroecosistemas ) es compartido mayormente por alumnos y egresados de las universidades de Buenos Aires y de La Plata, además de becarios del Conicet. Entre los proyectos trabajados existe uno puntual dedicado a escuerzos, llamado El gigante de las pampas, con la dirección de la bióloga Camila Deutsch, además de otro sobre la conducta de la especie en todo Sudamérica junto a facultades de Uruguay, Brasil y Alemania, más la participación de la argentina Gabriela Agostini.

Las investigaciones llegaron a varias conclusiones respecto de la disminución de escuerzos. Entre ellas, dos que son comunes a cambios en la existencia o conducta de otras especies –tal como el NO contó sobre la alarmante migración de chimangos desde los campos hasta las playas–: el abuso de agroquímicos en las zonas rurales y la intrusión humana en áreas urbanizadas de manera acelerada. Los trabajos, además, desmitifican mentiras tales como que el anfibio muerde humanos por deporte, produce ceguera con su orina, genera verrugas con su contacto e inocula veneno.

Para quienes crecieron en la Costa Atlántica, era bastante común compartir el patio de casa con algún escuerzo que pacientemente se había armado su madriguera debajo de la tierra para invernar, copular, depositar sus huevos y tener sus crías. A diario, cuando su cabeza aparecía por ese hueco, la presencia generaba alegría: el anfibio también cumplía una función ecológica al alimentarse de insectos varios.

En épocas de lluvias, luego de largas temporadas de sequías, los escuerzos que aún sobreviven vuelven a asomarse con sus verdes intensos y sus anchas bocazas. Al googlear se encuentran artículos periodísticos del interior, publicados a lo largo de varios años, donde los especialistas deben que explicar una y otra vez que estos batracios no ocasionan ningún peligro. Así y todo, algunos prefieren desconfiar y arremeter con patadas y pedradas, un hábito lamentablemente común. “No son venenosos, no los mates”, implora un flyer que recientemente divulgó el colectivo COANA . Será cuestión –aunque sea por una vez en la vida– de empezar a creerle más a la ciencia biológica que a la ciencia ficción.

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