Muestra autobiográfica en el Moderno
¿Sentiste hablar de Sergio De Loof?
Imposible no sentirlo. Su influencia está en el aire, en las fiestas, en los desfiles, en restaurantes y en catacumbas de los comentarios de los demás. Sergio De Loof nunca será pasado aunque su reinado se remonte a los 80 y los 90, hayas oido hablar de él o no. Artista intempestivo: supo mostrar y explicar el tiempo presente minuto a minuto.  El Museo Moderno (con curaduría de Lucrecia Palacios) presenta vidas y obras de este artista que con este gesto vuelve a hablar del aquí y de los ahora. 

Si algo logró la obra de Sergio de Loof durante estos años en los que se produjo, es haber llevado adelante una tarea pedagógica en la que explicó a los argentinos de qué se trata el presente y cómo se produce.

Por eso también su obra mayor no se puede cristalizar en objetos y necesita ser “narrada” se constituye, y se “ve”, en un relato que se dieron unos a otros y que llegó a todos mediante una narración de eso de lo que se trata el presente, ahora, hace un instante, apenas hace un momento que pasó.

Su exposición retrospectiva, que comienza hoy en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad, se titula de ese modo, como la muestra de un relato que tuvo lugar en un tiempo y espacio desaparecidos y de los que quedó, como un perfume, una esencia de lo que dejó atrás: una sensación.

“¿Sentiste hablar de mí?” es el nombre de lo que acaba de pasar y que todavía no es del todo. Pero a lo que, además, no pudimos ser indiferentes ni esquivarlo; simplemente sentimos hablar como se habla de un lugar inaccesible, que queda en un más allá y del que tenemos la nostalgia de no haber llegado del todo: una experiencia.

BOLIVIA ES ARGENTINA
Quizás porque su obra comenzó en un momento en el que los argentinos demasiado ocupados en acumular fracasos, como sociedad, como productores o como comunidad, ya no teníamos ninguna lengua para nombrar el presente es que De Loof es un artista intempestivo: a cada momento produce el presente y te lo enseña. Ahora el presente es así: un bar, que es peluquería que es casi nada, en el que las mozas son performers en “Bolivia” a fines de los años 80.

Muy rápidamente De Loof tuvo que construir un discurso que diera a comprender al público que la creación de un ambiente, podía ser pensada desde la perspectiva de lo artístico y que la “fiesta” podía ser uno de sus objetos. Para De Loof siempre fue fácil vivir en el interior de construcciones que son difíciles de conceptualizar por los teóricos del arte y que, más de una vez, está pensadas, justamente para derribar sus edificios reflexivos.

DE LOOF ES DE LOOF

Su producción de presente, es como ya sabemos una producción de “yo”. Pero la agobiante producción de yo a la que estamos acostumbrados tendría en el artista su crítica más acérrima. De Loof no se hizo ese personaje para mostrarnos lo correcto de su presentación ni lo civilizado de sus apariciones ni, mucho menos lo cosificado de su persona. Se hizo un personaje artista que se ofrece a la mirada del público para mostrarnos los límites de un artista. Como un Nietzsche que sale de la filosofía y que le devuelve al arte lo que Nietzsche usó para pensar la filosofía: en sus imágenes , en su presentación como artista. 

De modo que no sabemos si su obra es la construcción de un estilo detectable y nombrable o parte del “espíritu del tiempo”. Y si muchas de sus acciones (fiestas, desfiles, imágenes) ya habían sido probadas antes  en nuestro país, De Loof llevó adelante su trabajo sin fetichizar el arte que mostraba ni ponerle la etiqueta en el costado para que sea leído como tal, por el contrario, en el colmo de su genial humildad (¿o de su narcisismo feroz?) hizo que su obra se desvaneciera en el aire como para dejar una huella imborrable. De modo que no sabemos si su obra es la construcción de un estilo detectable y nombrable o parte del “espíritu del tiempo”. 

En su forma de ocupar el espacio público solamente dice ”Ecce Artista” como un “Ecce Homo” agotado en los confines del arte y que no tiene más las posibilidad de mostrarnos un material en el límite: los materiales del arte están todos agotados en la vida cotidiana estetizada hasta el vómito. De Loof lo muestra como lo que son: deshecho público glorificado como celebración del yo. Los artistas argentinos “finos” y sus instagrams pubicitarios enrojecen de vergüenza cuando De Loof les muestra enmarcadas como cuadritos para living burgués sus fotos infames de vacaciones en familia en la Costa Atlántica vueltas políticas de la memoria.

FALTA DE RESPETO

En el diccionario de De Loof no consta la palabra “respeto”; ni al arte ni al artista ni al mercado. Y al mismo tiempo circula por el mercado del arte con una comodidad que pocos tienen.

Su pagina web es una compendio de la vida de los artistas de Buenos Aires, de su escena, de su ambiente, etcétera, hasta el punto en el que no se sabe si es un fotógrafo social o artístico. Ambas definiciones, social o artístico, son, para definir a De Loof, un error: Nada es una sola cosa en su obra. 

La página se abre mostrando una imagen que es absolutamente suya: “La hamaca” de Fragonard. No es una cita al azar. Y es que si uno recorre su obra puede percibir hasta qué punto su arte es un infinito rococó una voluta sobre otra en las que se juega a una especie de simplicidad que lo vuelve todo absolutamente complejo. Entre sus desfiles, que siempre son un más allá de la moda, fluctúan los trajes que son pieles (y entonces los modelos, casi desnudos, nos explican hasta qué punto la lucha entre los hombres es la lucha en lo que hay en nosotros de animal, de naturaleza y de especie en peligro) o también, en el extremo opuesto de la industria, pueden ser trajes de gala cuyo diseño es principesco y su material es las páginas de papel satinado de la revista Vogue en las que se hace una crítica de la moda. Y si puede parecerse a un piloto de Burberry es porque tiene entre sus páginas entramada del papel la palabra “Burberry” tal como esta aparece no en la etiqueta, no en el desfile, no en la confección, sino en la foto de la publicidad de la revista que vive del proceso de creación de esa mercancía.

El procedimiento es tan complejo y tan representante de una doble hélice en espiral, que para ser explicado, o bien es necesario un tratado sobre el destino de la mercancía en el capitalismo tardío, o bien no vale la pena pronunciar una sola palabra. Es como un Rey Midas llevado a la enésima potencia: todo lo que toca (y casi ningún objeto de la cultura logra escapar a su mirada) se convierte inmediatamente en el desastre de la cultura, en su fracaso, en la exhibición del modo espurio en el que fue producido. Todo es al mismo tiempo basura y objeto de la cultura de un marketing aspiracional. Por eso no hay medio (desde la densidad histórica de la pintura hasta la inestabilidad e inmediatez de Facebook) que no sea convertido en un soporte para que extienda su obra.

SERGIO DE QUEER

Por eso su obra es estructuralmente queer, e incluso en nuestro país podríamos decir que es uno de los inventores de una estética queer. Si en sus ultimas obras (en la muetra “Trucha”, por ejemplo, de 2017) se trata apenas de la reproducción –exacta, digital, cristalina, o fotocopia en idéntico tamaño al original - de los grandes maestros del arte, no es sino para mostrar que la historia del arte es una capa sobre otra de negación de la sensibilidad que la produce. Y por lo tanto, esa apropiación que supone estampar sobre la reproducción de la obra su nombre (que no es necesario, porque el gesto era suficiente), es también darle al arte no sólo la medida de quien lo percibe, sino también encontrarle a ese resto agónico de la técnica un valor humano. Toda la obra de De Loof es un monumento queer a las negaciones en las que vivió la comunidad que están grabadas en la cultura. Reírse de la historia del arte, parodiarla, devolverle el carácter ambiguo que les dio origen (porque entender el arte es entender su poder para levantarse contra el presente, contra todo presente) es también el modo de hacernos ver la cultura por primera vez. Como en la revista “Wipe”, mucho antes de explicar de qué se trata, su objetivo es cartografiar lo que hay, encontrar las claves de circulación en el presente, no ponerse a evaluar su calidad como si se el arte tuviera que tener un “finishing” y una evaluación final.

Y aun así, sus obras destilan romanticismo, como si se lo suyo se tratara de la mirada de un dandy que recorre los bajos fondos, se sumerje en lo abyecto y emerge con el gesto de que acá no pasó nada pero tiene todas las huellas en su mirada de que vio algo ominoso. En su mundo, en ese mundo de dandy del conurbano, no existe lo alto o lo bajo de la cultura; es todo una maquinaria devoradora en al que aparece todo mezclado para que se lo pueda distinguir de manera prístina.

 

Por eso cuando De Loof nos muestra el arte de los otros nos lo muestra intervenido por sí mismo para que miremos en él el modo en el que cada vez que el arte apareció, lo hizo para pensar, configurar y ponerse contra un presente, el suyo. Como si nos mostrara toda la historia de la cultura y sus rechazos vista con los ojos nuevos de unx que acaba de llegar. Y que no lo va a entender porque ya no va a servir obedientemente a los fines de la cultura; sino, por el contrario, se servirá de ella. “¿Sentiste hablar de mí?” es una obra sobre las sensaciones que provoca uno que se dedica a producir el presente y te lo tira en la cara como algo inaudito. 

¿Sentiste hablar de mi? Desde hoy en el Museo Moderno. San Juan 350, Buenos Aires.

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