Las calles de estos años  

Imagen: Joaquín Salguero

A medida que envejezco, lo noto, los reflejos se vuelven raros. El cuerpo es otro. Tal vez uno ha sido siempre ese otro y recién ahora se aviva. Se supone que con la edad se alcanza cierta sabiduría y que la sabiduría, si con algo no tiene que ver es con la ansiedad. Se supone también que uno ha conquistado el dominio de la paciencia. En mi caso, al menos, no es así. Mi tolerancia al dolor se achicó considerablemente. Y a esta altura, cuando debería adoptar ante los hechos una actitud reflexiva, el dolor me despacha hacia la diatriba. Miro la hora contando los minutos que faltan para que estos canallitas arltianos del poder se vayan de una buena vez.

Transcurría el 2016, y en el prólogo a “Crítica del neoliberalismo” de José Pablo Feinmann, ese libro donde el pensador disecciona la debacle del país colonial, creo haber contado imágenes del infierno tan temido por miles de argentinos, esos miles que, de pronto, dejaron de ser un nombre, tener una identidad, para pasar de golpe a ser un número en el país de las estadísticas. Entre las víctimas, también creo haberlo contado, se incluían, los esperanzados que habían apostado al rechazo del populismo. Me acuerdo, en los primeros tiempos del macrismo, cuando se produjo el cierre de Cresta Roja, en julio del 2015 cerca de 3.000 obreros quedarían en la calle. Uno, apaleado por la represión, se asombraba: Cómo podía pasarle esto a él, que había votado por el cambio. En tanto, más que paradoja, coherencia ladina, la clase media despreciaba el proyecto populista que la había favorecido, pero claro, igualaba demasiado y los beneficiados, identificándose con la clase alta, aspiraba a más. No temo repetirme: me parece oportuno recordar ciertas escenas. Si, en un principio, los caídos del sistema, eran la representación de la política depredadora del nuevo gobierno luego de la promesa de hambre cero (sic), ahora esas mismas escenas y sus protagonistas se han multiplicado, y lo que entonces impresionaba con un dramatismo fuerte, proyectado en el presente aterra. Pero del horror vertiginoso no ha sido sólo responsable el gobierno neoliberal que propiciaba la indiferencia intentando ocultar el naufragio. También fue responsable un grupo nutrido de intelectuales que se definía y se define macrista. Es cierto, pensar intelectualidad macrista suena a oxímoron.

Una noche, en abril de aquel año, venía caminando con mi hijo de seis por Córdoba. Al pasar por una galería comercial con la persiana metálica ya baja, convertida en una boca de lobo, vimos a un hombre alerta. Nos llamó la atención su inquietud, como haciendo guardia. Más atrás, en la penumbra, una mujer y tres chicos con una expresión asustada. No tenían aún la ropa mugrienta ni habían enflaquecido por el hambre, pero les faltaba poco. La impresión que transmitían era de haber pertenecido, hasta hacía un rato, a la clase media. El problema, su problema, como también el de tantos, era que habían caído. No era preciso ser un observador agudo para advertir que esa debía ser su primera noche en la calle. Habían perdido todo y las pocas cosas que pudieron rescatar en la expulsión estaban en unos bultos. Lo único que no habían logrado salvar era lo más importante mientras el invierno se les venía encima: el techo. El padre permanecía a la defensiva, listo para proteger a sus seres queridos. Tal vez podría protegerlos de una agresión, pero ya no del desamparo.

Nos olvidamos de qué veníamos conversando. Mi hijo, dándose vuelta, volviendo a mirar esa familia tan silenciosa, muda, porque en la desgracia esos seres habían perdido las palabras, me preguntó: Por qué, papá. No me acuerdo qué le contesté. Tal vez intenté ser didáctico en una pedagogía de la injusticia contarle una fábula. Quizás debí hablarle del mal.

Años más tarde, ahora, cada vez que lo busco, a ambos lados del edificio en que vive, hay en la vereda, a la derecha una carpa improvisada donde duermen unos pibes y a la derecha, una vieja con sus trapos y su perro sobre un colchón. Me cuenta que algunos vecinos, cada tanto, le bajan abrigo o comida a la vieja, que colaboran también con los pibes.

Después, cuando lo traigo a mi depto en el Bajo, caminamos la noche sorteando cuerpos tirados, y al escribir cuerpos pienso en cadáveres inmediatos. Ahora los cuerpos son más, se acomodan en las puertas de los negocios cerrados, están cubiertos por lonas y cartones, y toda una metáfora, se refugian en el espacio mezquino de un cajero automático.

Con seguridad los intelectuales macristas que adhirieron desde el vamos al derrape social son “léidos” y se sienten republicanos puros. Entre estos hay escritoras almodovarianas y coquetas y escritores motorizados en Harley, filósofos new age y espiritualistas, periodistas sentenciosos de un país irreal, académicos de la nada, actores vetustos irritados y cineastas con crispación futbolera, y no sería raro que se encontraran entre ellos marxistas arrepentidos, en fin, una fauna variada compuesta por un tilinguerío de almas puras. Seguro, se me dirá, pertenecen a la clase media. Pero con decir clase media, una clase que se define por la traición, sospecho, no se explica del todo la razón de ser de su colaboracionismo con el gobierno de los bancos. Quizás se lo comprenda mejor a estos lectores y redactores de suplementos culturales, cuando suelen perder su dichosa sensibilidad presuntamente democrática, cuando se acerca la negrada. Habría que detenerse entonces a analizar los discursos de estos bien pensantes para comprobar que los une no el amor sino el espanto. Y el espanto consiste en un antiperonismo visceral. Sólo así se comprende cómo se las han arreglado para no ver las calles de estos años y, no obstante, ante las últimas Paso, volver a manifestar una vez más su reaccionarismo en una solicitada de respaldo al gobierno. Queda claro, los intelectuales macristas eran, son aquellos que han elegido no ver.

Ahora, en las mañanas de domingo, cuando con mi hijo caminamos por el Bajo, en las recovas se cobijan familias desparramadas en lo que se denomina, vaya eufemismo, situación de calle. Mi hijo ya no me pregunta por qué, papá. Y yo temo que se le naturalice el horror.

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