Nueva era
La celebración
Ni Una Menos como bandera, la puesta en común de los cuidados -eso que llaman amor pero es trabajo no pago-; la discriminación por género, por raza, por clase; la brecha salarial pero también cultural y política. Las demandas que empujó la calle estuvieron en el primer discurso del nuevo presidente y eso fue parte importante de una celebración que tomó la ciudad y los cuerpos. Pero no hay carta blanca, hay urgencias y expectativas por el nuevo tiempo que se abre.
Imagen: Jose Nico

El martes en la Plaza de Mayo fue todo fiesta. Pero esta vez pasó otra cosa: las mujeres y disidencias escucharon y festejaron que las consignas, demandas y banderas construidas en el debate y las calles en estos últimos cuatro años de neoliberalismo en Argentina, llegaron a la agenda del gobierno: la violencia machista, el Ni una Menos, la desigualdad de género en el trabajo y la economía y la diversidad fueron parte del discurso de asunción del presidente Alberto Fernández y las razones para crear un Ministerio de Mujeres, Género y Diversidad que tiene al frente a la abogada penalista Elizabeth “Eli” Gómez Alcorta, defensora de los derechos humanos y los pueblos originarios.

Frente a la Asamblea Legislativa, el presidente dedicó varios párrafos de su discurso de asunción a la agenda de género y diversidad: “’Ni una Menos’ debe ser una bandera de toda la sociedad y de todos los poderes de la República"; "El Estado debe reducir drásticamente la violencia contra las mujeres hasta su total erradicación"; “Que estén en un primer plano los derechos de las mujeres”; “Buscaremos reducir, a través de diversos instrumentos, las desigualdades de género, económicas, políticas y culturales”; “Pondremos especial énfasis en todas las cuestiones vinculadas al cuidado, fuente de muchas desigualdades, ya que la mayor parte del trabajo doméstico recae sobre las mujeres en Argentina al igual que otros países”; “Hay mucho sufrimiento por los estereotipos, los estigmas, por la forma de vestirse, por el color de piel, por el origen étnico, el género o la orientación sexual. Abrazaremos a todos quienes sean discriminados”, dijo.

Con 38 de sensación térmica, miles siguieron y festejaron el discurso dentro de los bares de la Avenida de Mayo, desde el Congreso hasta la Plaza y también desde las pantallas al sol que lo transmitían en puntos estratégicos. Abrazos y lágrimas que se mezclaron con la transpiración, el agua fría en la cabeza y los pañuelos descartables intentando secar todo. “Festejamos porque termina el neoliberalismo y porque creemos que va a ser un gobierno feminista”, dicen unas veinteañeras.

Como ellas, también miles siguieron por redes la asunción de la ministra y abogada penalista Elizabeth “Eli” Gómez Alcorta, la defensora de Milagro Sala, la defensora de la activista mapuche Moira Millán. Hasta ahora, la ministra “Eli” no habló de medidas ni de gabinete. Sólo dijo que esta era una deuda pendiente del país y que “no existen soluciones mágicas frente a la violencia y la desigualdad sino proyectos políticos y personas ejecutándolos desde el Estado con responsabilidad, capacidad, articulación y sensibilidad junto a cada una de las organizaciones y personas que forman parte de este movimiento de mujeres y diversidades que protagonizan las transformaciones”.

“Generar una institucionalidad al más alto nivel es una clara muestra de voluntad política para avanzar sobre las deudas sociales que persisten para con las mujeres. Y es la sensibilidad de un hombre político a la épica de los tiempos”, explica Ana Falú, activista social, feminista y ex directora de ONU Mujeres. Y rescata el foco puesto en el rol de cuidado de las mujeres: “La injusticia de ese rol que aún no logramos revertir: las mujeres somos las cuidadoras de la humanidad. Necesitamos la Ley de Cuidado y avanzar en este sentido junto a la nueva ministra de Hábitat y Vivienda, porque el cuidado está vinculado al territorio y sus servicios”.

La socióloga e historiadora feminista Dora Barrancos, candidata a senadora del Frente de Todxs, dijo que “con la elección de Eli se pone en buenas manos una tarea enorme y desafiante: hay un arco de problemas a enfrentar, pero la prioridad es encarar medidas de prevención de la violencia. No ha habido ninguna en los últimos años y así estamos. Es una tarea ardua y de largo camino: hay que ir a todo el país y a la educación para erradicar los valores y estructuraciones patriarcales en todo el sistema y en todo el país”. También puso como prioridad la necesidad de “intervenir el mercado laboral para favorecer el empleo de las mujeres y las personas trans: Tiene que haber mecanismos fiscales para la inclusión. Hay que hacerlo. También el Estado tiene que hacerse cargo de los cuidados: no hay cuerpo femenino que aguante la magnitud de los cuidados en tres segmentos: infancia y adolescencia, personas con discapacidad, personas mayores”.

Luli Sánchez, abogada lesbiana y referente feminista histórica, señaló que la creación del ministerio es clave después del desastre que se hizo en el Instituto Nacional de las Mujeres (INAM): “El INAM fue la comprobación de que la meritocracia está también muy instalada como idea en el feminismo. Cumplió punto por punto el programa macrista de ajuste. Y terminamos no sólo sin ley (de aborto) sino sin protocolo y sin misoprostol para abortar seguras. Tener un ministerio va a ser un cambio fundamental en la forma de hacer política no sólo contra la violencia de género y por prejuicios, sino también para promover las disidencias sexuales las feminidades travestis, los lesbianismos. La inclusión de las maricas y los varones trans y las personas no binarias implica también el fin de un paradigma binarista del feminismo enquistado en nuestra institucionalidad y de las políticas de género. Da esperanza porque no tengo duda que va a ser un gabinete ministerial no sólo lleno de feministas antirracistas como es Eli Gómez Alcorta, sino también de compañeras travestis, trans y lesbianes. Este ministerio tiene que influir en un código penal verdaderamente feminista, garantista, antirrepresivo, antirracista”.

 

Antes de que se supiera que sería convocada por el Poder Ejecutivo para ocupar un cargo, la diputada del Parlasur Cecilia Merchán remarcó lo dificultoso que es partir de un “país destruido”: “Estos procesos de construcción colectiva siempre están llenos de contradicciones y de dificultades, externas e internas, y tenemos que tener mucha madurez política para poder acompañar y profundizar las transformaciones que nosotras queremos”. Resaltó la creación del Ministerio, similar al que ella había propuesto como diputada nacional en 2010. “Sobre todo en un país en el que el movimiento de mujeres y de la diversidad tiene tal potencia. Creo que el desafío es que además de poder crear políticas públicas, tiene que articular todas las políticas públicas de todos los ministerios para que efectivamente podamos transversalizarlas. Y la mayor expectativa es que eso además se haga desde una lógica no patriarcal, desde una lógica de construcción que tiene que ver con el aprendizaje que hemos hechos desde los feminismos”.

Para Carolina Balderrama, periodista y docente feminista, el desafío es el de “construir nuevas narrativas y nuevas gramáticas por fuera del neoliberalismo que emancipen nuestros deseos que han quedado enclavados en esas matrices. Para eso va a haber que tener paciencia. El desafío es articular, porque si habla solo no tiene sentido: tiene que ser una pieza para que todas estas existencias habiten todas las agendas políticas y un despliegue territorial federal: porque la realidad e Buenos Aires no tiene nada que ver con lo que pasa saliendo cien kilómetros y mucho menos yendo a otras provincias”.

No sólo el discurso de Alberto Fernández, sino sus gestos, la bajada oficial en los carteles e incluso la locución que lo presentó en el pase de mando como “el gobierno de la unidad”, fueron en una dirección: cerrar la grieta, o al menos intentar sanearla.

En un contexto en el que la derecha saca ventaja de la polarización para avanzar en la región, aparece como algo deseable, aunque con algunos límites. Así lo piensa Merchán: “La grieta que avanza se basa en el odio, en especial sobre lxs más débiles. Lo estamos viendo muy fuerte en Bolivia, con el odio racial, misógino y religioso, también muy fuerte en Brasil. Y acá, si bien la tenemos también forzada por los medios, las grandes corporaciones y la derecha, es difícil pero al menos tenemos que hacer que desaparezca tal como está planteada”.

 

Para Mónica Tarducci, antropóloga feminista y directora del Instituto de Género de Filosofía y Letras de la UBA, la grieta no es más que poner en palabras una separación económica, social y política que siempre existió: “Siempre hubo personas a favor de los derechos, la inclusión y la redistribución de la riqueza y gente que se opone. En un estado capitalista esa grieta siempre va a estar. Además, alimentada por esta situación intern. Me preocupa en todo caso dónde queda Argentina en este panorama latinoamericano. Pero por más que Alberto llame a la no polarización, eso no va a cambiar.El discurso fue inédito y fue revolucionario porque dijo cosas que nunca nadie dijo, pero es un piso. Un piso que genera ilusión, pero que sabemos que se va a encontrar con mucha resistencia de la derecha. No va a ser fácil”.

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