El mito del peronismo

Hace ya setenta años se desarrollaba en la Argentina un evento de rotunda relevancia. Nos referimos al Congreso de Filosofía de Mendoza, diseñado y puesto en funcionamiento bajo la primera presidencia del General Juan Domingo Perón. Al amparo de un esmerado esfuerzo estatal se dieron cita allí muchas de las principales figuras de la disciplina a nivel mundial, brindándole características inéditas y nunca reiteradas. Un dato adicional debe destacarse, y es que el propio Perón asiste a las Jornadas y no haciendo culto a un protocolo, sino desplegando un extenso discurso que luego daría origen a “La Comunidad Organizada”, plataforma doctrinaria primordial de esa experiencia que acababa de conmocionar a la vida política argentina.

Interesa aquí indagar en las causas de ese insólito maridaje entre celebridades teóricas, activismo institucional de una nación y prédica ambiciosa de un líder en ascenso. Señalemos tres elementos. En primer lugar, el intento por desmentir las imputaciones sobre un supuesto antiintelectualismo de aquel movimiento, graficado en el furibundo conflicto con numerosos exponentes del pensamiento liberal y de izquierda. En segundo término, erosionar la denunciada complicidad del gobierno triunfante con los nacionalismos de derecha recientemente derrotados en la Segunda Guerra Mundial. El Congreso como antídoto. Habilitar la prestigiosa palabra de la filosofía convocando incluso especialmente a quienes habían sido perseguidos por el fascismo y el nazismo.

Y finalmente, y esto es lo que más importa destacar ahora, los organizadores estaban firmemente convencidos de que el planeta atravesaba horas aciagas. Luego de dos espeluznantes contiendas bélicas, donde las sofisticaciones de la tecnología habían facilitado una espantosa amoralidad de la masacre, el destino de Occidente pendulaba entre el desconcierto civilizatorio y la decrepitud cultural. Las filosofías del progreso de la modernidad, los pregonados beneficios de la racionalidad ilustrada y la confianza en el rol ejemplarizante de los pueblos avanzados se habían estrellado contra la evidencia incontrastable de un mundo sacudido por los efectos devastadores de una orgía de la pólvora en gran escala.

Perón, siempre es bueno recordarlo, nunca imaginó a su proyecto apenas como un pliego programático destinado a rescatar al país de una crisis, sino además como una filosofía trascendente en condiciones de auxiliar a la humanidad toda en una coyuntura éticamente tenebrosa. La simbiosis entre ciencia y exterminio, el giro imperial tanto del capitalismo liberal como del comunismo soviético y el vacío cultural que colocaba a la historia al borde del nihilismo exigía un mensaje reparador que sólo podía provenir de la lozana clarividencia de América Latina.

He aquí un punto. Si el paradigma liberal-positivista había sentado las bases teóricas de un capitalismo egoísta y excluyente, si los nacionalismos de derecha habían culminado en totalitarismo imperial genocida y el socialismo real era cómplice de una geopolítica bipolar de dominación surgida de los acuerdos de Yalta y Posdam, solo podía esperarse que el hálito salvífico para un mundo putrefacto surgiese de la impoluta palabra de ese continente asimilado hasta entonces con la barbarie.

Perón retoma así una línea que en buena medida ya había trazado Víctor Raúl Haya de la Torre, que llamó “espacio-tiempo histórico americano” a una radical singularidad conceptual que proviene de las entrañas de un continente dispuesto a repeler cualquier falsa supremacía externa. “La Comunidad Organizada” es además de un modelo de organización social, una urdimbre filosófica de inspiración americana, originalidad teórica que se pretende apta para tallar frente al ostensible fracaso de las recetas de un Occidente en estado de extravío.

Pues bien, ese tronco de lo que podríamos denominar autonomismo filosófico americano luego irá incorporando notables y lúcidos exponentes. Uno de ellos, y tal vez de los principales, es Rodolfo Kusch, de quien se están cumpliendo 40 años de su muerte. Su obra es heredera de una ensayística precedente que parte de intuir la latencia de una zona profunda de lo real que ha permanecido opacada por la ceguera cognoscitiva de aquellos que presumían de civilizados. En sintonía con Raúl Scalabrini Ortiz o Ezequiel Martínez Estrada nuestro autor comienza a elaborar sus reflexiones denunciando el extrañamiento de las élites dirigentes y las clases medias respecto de un espacio de la autenticidad nacional renuente a ser capturado por los efluvios de un fatuo e inoperante europeísmo. Inanidad de un cientificismo cosmopolita que se conserva desconectado de una tradición fecunda que requiere ser más certeramente justipreciada.

La filosofía de Kusch combina entonces la condena a una fascinación torpe por las supuestas bondades ontológicas de Occidente, con la percepción de un núcleo de autoctonía cultural que solo puede ser abrazada corrigiendo drásticamente la batería de utensilios hermenéuticos disponibles en los claustros universitarios y las rutinas académicas. Ese manantial de sabiduría esencial lo encontrará en el mundo precolombino, momento primordial de la personalidad americana donde anidan aquellas verdades que el hombre blanco de ciudad se empecina en ignorar. Es en el reservorio existencial de las culturas amerindias donde se asientan los principios nutritivos de un continente que, lejos de confinarlos a mero resabio folklórico, debe verlos como invariantes constitutivas que se transfiguran todo el tiempo en la actualidad de nuestras naciones.

La lógica de Kusch trabaja sobre un binarismo incesante, siendo su eje articulador la contraposición entre el ser y el estar. Si lo primero define la manera en que Occidente imagina la omnisciencia de un sujeto que pretende domesticar a los acosos de la naturaleza y queda fascinado por la proliferación de objetos que la técnica ofrece; lo segundo describe nuestra réplica ontológica, que ve al control absoluto del objeto tan inviable como peligroso y promueve una instalación vital que se alimenta del reconocimiento introspectivo.

América ha padecido un autoengaño, suponiendo que las defensas que ofrece la ciudad y las tranquilidades que emanan de la razón cartesiana podrán distanciarla plácidamente de ese fondo raigal mestizo y hedoroso que hace oír su voz en aquellos fenómenos que se muestran como heteróclitos e intolerables. La trama simbólica colonizada por un estólido europeísmo se esfuerza por ocluir el magma auténtico de nuestra entraña ético-mítica, pero esta empuja en calidad de exabrupto conmocionando las conciencias pulcras de una clase media enajenada.

Allí estará como rotunda muestra el 17 de octubre, irrupción radical de una subjetividad popular insurgente, descalabro absoluto de un sistema de convenciones analíticas que solo encuentran como consuelo el desprecio o el improperio. Cabecitas sabiamente negras que reponen el pliego de enseñanzas que encuentran su cantera en esa metafísica del estar americano.

El pensamiento de Kusch, se advierte, opera sobre la observancia de las impotencias de la razón, vano deambular de un concepto presuntuoso que queda desbordado por aquello que siendo misterioso se revela como perenne e insoslayable. Serán entonces los mitos los vehículos para auscultar esos secretos de la sacralidad colectiva que nos hablan a cada paso. Estructura emotiva de símbolos que en su reticencia argumentativa retiene no obstante una fructífera riqueza interpretativa. Plexo articulado de fulguraciones que anuncian el retorno de una plenitud originaria. Mensaje totémico que esboza un blasón arcaico al que los pueblos recurren en momentos de angustioso desamparo.

Esta breve reseña sirve sin dudas para pensar la densidad del presente argentino, marcado por la derrota de Mauricio Macri y el triunfo electoral del Frente de Todos. La mirada más rápidamente política coincide en señalar dos causas básicas de ese resultado. El descontento y la penuria social ocasionadas por el muy mal gobierno de Cambiemos y la impecable estrategia de Cristina Fernández que permitió amalgamar al universo opositor nacional-popular. Coincidimos, pero solo al precio de incorporar allí un componente mítico, ese que vibra para ofrecer al pueblo argentino la referencia simbólica de un pasado que resucita bajo la promesa de una igualdad hoy mancillada. Eco aleccionador que ve en Juan Perón, Eva Perón y el 17 de octubre una tríada legendaria que vuelve a reconvocar mayorías bajo el ensueño de un tiempo que puede recolocar la felicidad en la historia.

Potencia ancestral asentada en los principios de la dignidad y la equivalencia, que por un lado desmiente la infalibilidad de las tecnologías del control digital de las conciencias, y por el otro alumbra una alternativa frente a las rajaduras de un capitalismo salvaje que en Brasil llevó al neofascismo y en Chile a una furia popular descontrolada que no encuentra canalización institucional y afectiva.

 

Esta construcción, sin embargo, abre también desafíos. Los mitos son, simultáneamente, cerrados y polisémicos. Queremos decir, se presentan como épica reaparición de lo mismo (lo que clausura el universo de sus adherentes), o como enigmática cadena de signos que requiere ser perpetuamente descifrada (lo que autoriza derivaciones antitéticas). Tarea sustantiva entonces para Alberto Fernández, evitar que esa cerrazón impida interpelar positivamente al que se siente por fuera de ese linaje emotivo y pugnar a su vez para que el peronismo que viene se asimile a sus versiones más genuinamente emancipatorias y no a aquellas que alguna vez supieron hablar el lascerante lenguaje del neoliberalismo. 

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