Carta desde la retaguardia

EL CUENTO POR SU AUTOR

Cuando Gustavo Abrevaya y Leonardo Killian me ofrecieron participar en una antología de relatos sobre el peronismo me puse a buscar entre mis cuentos sin terminar. Así di con uno muy antiguo donde quise contar el primer viaje al pueblo piamontés de mis abuelos, las imágenes y palabras que me habían impactado (además de insertar una mención a Pavese): los habitantes del minúsculo pueblo caminando detrás de mí mientras lo recorríamos, la visita al cementerio, los relatos de cacerías de jabalíes y el contraste entre la dura vida de los mayores y sus hijos. Pero por sobre todo quería insertar las palabras de una prima sobre la guerra: “Con los alemanes no tuvimos problemas, los que eran unos bastardos eran los nuestros”. Pero nada había ahí sobre peronismo. Hasta que apareció la idea que lo justificó todo. Eso sí, tuve que descartar la mención a Pavese. 

CARTA DESDE LA RETAGUARDIA

Y al fin al cementerio, como si yo les hubiera exigido pruebas de que casi todo Tavernette era parte de mi familia. Una vez allí señalaban las tumbas e iban relacionando las ramas del árbol genealógico. A veces dudaban y se consultaban entre ellos. “¿Esta era la esposa de Dante o del hermano?”. Eso fue después de haber visitado una casa tras otra donde me presentaron al primo de tal o al cuñado de la esposa de aquel otro. A esa altura había logrado memorizar cuatro o cinco apellidos nunca oído antes. Primos de primos de primos, primos casados con primos. Después perdí la cuenta.

Para mí ya era suficiente pero el árbol genealógico no paraba de dar brotes. Alguien señaló la tumba de un tío de la madre de mi abuelo que había muerto en la guerra.

La guerra.

Ahí salí de mi aturdimiento. Para mí la guerra era mi abuelo, sentado en una silla desfondada en medio del patio, llorando y culpándola por haber dispersado a la familia.

—Unos acá, otros allá —decía.

La palabra guerra desató otra ola de recuerdos. Un primo segundo de la madre de mi abuelo que nunca regresó del frente africano. Recordé que la noche anterior, durante la cena, Cesare también había tocado el tema.

—Ustedes porque no estuvieron en la guerra —les había dicho a los hijos antes de comerse los restos que dejaban en los platos.

—Pero mi abuelo no estuvo en la guerra, ¿no? —pregunté una vez que terminaron de contar la historia del primo que nunca regresó del frente africano.

Cesare, que tenía una memoria de elefante, contestó.

—No, durante la primera guerra hizo el servicio militar en Torino. Antes de la segunda se fue a Argentina. Se salvó.

—Se salvó de los alemanes —dije.

—Los alemanes nunca nos molestaron —dijo Luisa, la esposa de Cesare—. Acamparon en la Rocca y ni los vimos. En cambio los nuestros sí que eran unos bastardos.

Todos asintieron. Era evidente que había sido un tema en la mesa familiar durante décadas. De los doscientos habitantes del pueblo, al menos sesenta caminaban en la caravana que se había formado detrás de mí, como en El Padrino cuando Michael pide la mano de la joven italiana. Quedaba una prima segunda por conocer y hacia allá fuimos. Era la última casa de la calle más alejada. Al pasar frente a la anteúltima, Luisa me codeó y la apuntó con un dedo.

—Uno de los nuestros, un bastardo —dijo—. Oficial de Mussolini. Un bastardo —remarcó.

—Al menos no es de la familia —dije yo porque era una casa que no habíamos visitado.

—Cómo que no. Es el hermano menor de tu abuelo. Pero tu abuelo no quería saber nada de él. Nos tenía prohibido que lo mencionáramos en las cartas.

El tío Giancarlo. Me había olvidado de él. La última vez que lo había oído nombrar fue cuando murió mi abuelo y mi mamá preguntó si habría que avisarle al tío Giancarlo. Mi papá respondió con un lacónico “ni sabemos si está vivo”.

A manera de desaire todos pasaron ante la casa de Giancarlo manteniendo la mirada al frente, con ínfulas de pelotón moral. Al fin tantas precauciones no sirvieron de nada porque no pude resistir la tentación de asomarme al jardín, que en realidad era una huerta. Debo haberlos mirado como pidiendo permiso porque Augusto me dijo:

—Anda. No te preocupes, a esta hora está en la Rocca.

Lo primero que veías al entrar a la huerta era el buzón de cartas al lado de la puerta. Era del tamaño de una valija, enorme, sobredimensionado, ideal para alguien que recibe cajas y paquetes. Era de fabricación casera, pintado malamente de verde. Me asomé a una ventana. No tenía ningún plan más que llevarme una mínima impresión del tío abuelo al que creía muerto. Pero comprobé una vez más que la única verdad es la realidad cuando vi la foto sobre el mueble de la sala, al lado de la de Mussolini, del mismo tamaño, con el mismo marco que simulaba plata o era de plata.

Por suerte, la prima que faltaba conocer estaba de viaje por el Caribe.

—Y por segunda vez en el año —dijo Augusto.

—Está apurada en gastar la herencia que le dejó el marido —aclaró Luisa—, y bien que hace. Si total no se la va a llevar a la tumba.

Me describieron los intricando lazos familiares por los que la viajera vendría a ser mi prima pero no logré entenderlos. La mayoría volvió a sus vidas y el resto fuimos a lo de lo de Cesare. Dos de mis primos más jóvenes se despidieron porque tenían una fiesta en Cumiana. Antonio, el hijo mayor de Cesare, y Paola, la esposa, llegaron a la hora de cenar, cuando todos estaban sentados a la mesa.

—Lo siento —dijo Antonio—. El tránsito en Torino era una locura y Paola salió del trabajo más tarde que nunca.

Paola no agregó ni una palabra. El tema de la cena fue las complicaciones de la vida moderna. Cada vez que yo contaba algo de París sacudían la cabeza como si estuviera loco por vivir en una ciudad así. Cenamos chingiale con polenta. Cesare me contó que los jabalíes ya no bajaban al pueblo por los ruidos de los coches.

—Este —dijo y señaló la carne en el plato—, estaba en medio de la calle como un tonto. Parecía perdido. Tuve tiempo de volver a buscar la escopeta y cazarlo. Una parte la comimos durante esos días y la otra la guardamos en el congelador para una mejor ocasión.

Levantó la copa hacia mí y yo hice lo mismo. Era el vino que fabricaban en las cavas que había debajo de cada casa. Podías beber lo que quisieras sin emborracharte. Luego de la vida moderna enumeraron a los que se habían ido a vivir al extranjero los últimos años y al fin reapareció el tema de la guerra. Supongo que era una forma de resumir la historia del pueblo en una docena de postales para satisfacer mi curiosidad.

—Una vez tuvimos que escondernos en la Rocca —dijo Luisa mientras señalaba su cabeza como si la Rocca dei Due Denti estuviera apoyada sobre ella—. Esos bastardos americanos tiraron una bomba cerca y creímos que iban a bombardear el pueblo.

—Esos eran los que nos venían a salvar —le dijo Augusto—. Estaban bombardeando a los alemanes.

—Una bomba americana o alemana te mata igual. Y esos bastardos tiraban bombas sin saber que aquí abajo había italianos antifascistas.

Dormí por segunda noche consecutiva en la casa de Antonio. Quizá los jabalíes no bajaran al pueblo por el ruido pero a mí me estaba torturando el silencio. Debería haberme llevado smog en una botella y ruidos grabados de París, cosas que se conseguían con sólo abrir la ventana de mi departamento, y a veces sin abrirla. Después de un rato de dar vueltas en la cama, me vestí, bajé a la sala, me serví una copa de grappa de la botella que Antonio había abierto el día anterior para brindar conmigo y salí a la calle. Era un desierto. A menos que uno de los hijos de mis primos estuviera regresando de una discoteca o uno de sus padres fuera a cubrir su turno en la Fiat de Rivalta, no parecía haber vida por los alrededores.

Me equivocaba. Paola estaba fumando medio escondida en la entrada del garaje.

Ton oncle le fasciste a été marié à ma tante —me dijo.

—Hablas francés…

—Un poco. Estudié ingeniería en Marsella. Ahora doy clases de matemática en escuelas de Torino.

—Ajá… —dije yo.

Me alcanzó un cigarrillo que rechacé. Le ofrecí grappa y bebió directamente de mi vaso.

—¿Tienes trato con Giancarlo? —señalé hacia donde estaba la casa aunque desde ahí no se veía.

—No. No creo que sepa que soy sobrina de la que fue su mujer. Me fui muy chica del pueblo… —hizo silencio y me pidió otro trago de grappa.

—¿Por qué volviste?

—El amor… Vamos —dijo.

—¿Adónde?

—A saludar a Giancarlo.

—Es muy tarde. Debe estar durmiendo.

—Cada vez que salgo a caminar por el pueblo de noche veo luz en su casa.

Dejé la copa en una ventana y la seguí. Había luz en la cocina de Giancarlo pero apenas se veía desde la calle. Giancarlo nos estaba esperando. A pesar de que nadie le dirigía la palabra sabía que yo estaba en el pueblo. Nos abrió la puerta con una sonrisa y nos hizo pasar. Me dio un abrazo parco al que respondí inevitablemente conmovido.

—Tú eres la sobrina de Rosa, ¿verdad? —le dijo a Paola que me miró y abrió los ojos como para demostrar mucha sorpresa.

Giancarlo nos dijo que nos sentáramos y fue a buscar unas copas.

Regarde —le dije a Paola y le señalé las fotos. Perón…

Paola no entendía nada. Menos que yo, lo que no era poco decir. Giancarlo volvió con tres copas minúsculas y una botella de grappa casera.

—Tu tía era una buena mujer —le dijo a Paola—. Pero sus ideas no coincidían con las mías, así que nos tuvimos que separar. ¿Está bien?

—Creo que sí —dijo Paola. Era obvio de que no tenía la menor idea de cómo estaba su tía, si es que estaba viva.

—Y sé que mi hermano falleció —me dijo en español con acento italiano—. Es lógico. Me llevaba veinte años y yo ya tengo casi ochenta.

—¿Cómo lo supo? —pregunté.

—Él me escribió para decirme que le quedaba poco tiempo, que tenía algo malo. Luego de unos meses sin noticias escribí al consulado italiano de Rosario donde estaba empadodra… empa…

—Empadronado —dije yo para ayudarlo.

—Eso. Allí me informaron de su muerte.

Giancarlo era muy parecido a mi abuelo, quizá un poco más alto. Ambos secos y fibrosos como si de chicos se los hubieran olvidados al sol.

—Qué bueno que hayas venido, así puedo practicar mi español. Estudio con esto —del mueble donde estaba la foto de Perón sacó una pila de revistas El Gráfico—. Me las mandaba tu abuelo. Así cuando me vaya a Argentina voy a hablar bastante bien el idioma. ¿Vos hablás piamontés?

El vos y esa conjugación del verbo en ese lugar me resultaron muy extraños.

—No, en mi casa dejaron de hablar piamontés cuando yo era chico. Con el italiano me defiendo bien. Y hablo francés, claro. Vivo en París.

Eso lo sorprendió más que tenernos de visita a esa hora.

—Los franceses no sirven para nada —dijo.

Le conté que tenía una cátedra en una universidad cerca de París aunque en realidad daba clases de español en una escuela de Mantes La Jolie. Lo de la universidad y otras mentiras eran parte de una estrategia que habíamos armado con los compañeros por si nos espiaban o nos habían infiltrado. No era un gran plan, pero en ocasiones, sumar datos erróneos era ganar un tiempo vital. Allí, en Tavernettte, podía haber contado la verdad, pero estaba demasiado habituado a explicar sin explicar.

—Mejor Francia que Alemania. Alemania ya no se sabe qué es —dijo Giancarlo.

Y me preguntó cuándo viajaría a ver a mis padres. Por decir algo, dije:

—Pronto…

—Tal vez podamos vernos en Argentina —dijo Giancarlo—. No creo que falte demasiado para mi viaje.

Del mueble sacó un puñado de cartas.

—Son de mi superior, el capitán Gigliotti. El hombre más valiente que conocí. Los mejores hombres se conocen en la retaguardia porque allí los errores se pagan con la muerte.

Giancarlo siguió elogiando al tal Gigliotti. Yo lo dejé hablar. No terminaba de entender cuál había salvado la vida del otro.

—Estoy seguro de que ahora que regresó Perón me van a llamar como lo llamaron a él después de la guerra.

Me dio un puñado de las cartas de Gigliotti. Hice como que las leía y se las pasaba a Paola que hacía lo mismo.

—Gigliotti era ingeniero —dijo Giancarlo—. Después de la guerra se fue a los Estados Unidos pero no le gustó. En Argentina trabajó en los trenes durante muchos años. A él lo mandó a llamar el general Dorff, que estuvo a cargo de Torino. Dorff vivía en la Patagonia, creo. Eran muy amigos. Ahora hace rato que no tengo noticias de Gigliotti, pero a veces el correo se atrasa.

—¿Por qué no escribió al consulado? —pregunté sin que me importara ser cruel.

—No, qué saben esos tontos —dijo con la mirada nublada e hizo una pausa antes de continuar—. Fue Gigliotti el que me mandó la foto de Perón. ¡Viva Perón, carajo! —gritó antes de rellenar las copitas—. Y también tengo una carta del general.

Se puso a revolver otra vez el mueble del que sacó un sobre con la bandera argentina y el sello oficial.

—¿De Perón? —dije yo porque otras palabras no cabían.

—Sí, me la mandó en respuesta a una mía donde le pedía trabajo. Le conté de Gigliotti y que trabajé cuarenta años en la Fiat, así que algo de motores sé.

La carta era del estilo protocolar con la que los gobiernos responden solicitudes de trabajo o de ayuda con una única respuesta: “Agradecemos… veremos su caso… nos comunicaremos con usted… “. Al pie había un sello que decía Presidente Juan Domingo Perón y un garabato a modo de firma, estampado por la secretaria de turno. Giancarlo martillaba con su dedo la firma. Perón le había escrito.

Paola se fue y yo me quedé un rato más por insistencia de Giancarlo. Traté por todos los medios de que dejara de hablar de Perón y me hablara de mi abuelo pero no hubo caso. Apenas se habían conocido. Como decía mi abuelo, algunas acá y otros allá. Giancarlo se ofreció a hacer café y yo le pedí permiso para ir al baño. Me señaló el camino y se fue a la cocina. El baño estaba al fondo de un pasillo que unía las dos habitaciones de la casa. Todo estaba limpio y ordenado. Sobre la cabecera de la cama de Giancarlo había un crucifijo tan sobredimensionado como el buzón y fabricado seguramente con la misma madera. La otra habitación tenía dos camas de una plaza. Sobre una de ellas había una maleta abierta a la que sólo faltaba agregarle el cepillo de dientes para luego cerrarla y emprender un viaje. Giancarlo había tenido la precaución de poner un traje de verano y otro de invierno. Revisaría el buzón cada día esperando la carta de Perón que lo invitaría a viajar a Argentina donde los hombres fieles como él eran bienvenidos.

¿Debería haberle contado lo que yo sabía? Aún me hago la pregunta. Después de todo también era una historia de hombres en la retaguardia.

Tomamos el café, nos dijimos dos o tres cosas más que no vienen al caso y me despedí. Buscando que se me pasara el efecto de la grappa caminé hasta el pie de la Rocca. Habría dado todo por tener un teléfono a mano para contarles a los amigos que aún resistían en Rosario y en Buenos Aires lo que había vivido esa noche. Pero era algo que no debía hacer y lo sabía. Podía haber usado el teléfono de Antonio e intentar localizar a Cecilia, a Jorge, a Miguel, pero no sabía sus números. Los había olvidado adrede.

Al día siguiente me levanté casi al mediodía. Me esperaban a almorzar en la casa de Augusto. Cuando llegué, Cesare estaba descorchando dos botellas de su propia cosecha. Competía con Augusto por la calidad del vino. Luisa cocinaba pastas con tuco. Paola ponía la mesa. Hacía girar cada plato hasta hacer coincidir entre sí las perspectivas de los diseños. Nunca levantó la vista.

—Antonio está en Torino —dijo Augusto.

Al oír las palabras de Augusto, Paola puso los tenedores donde estaban los cuchillos y al revés. La mesa quedó organizada como si todos fuéramos zurdos. Iba a hacer un chiste con la palabra zurdo y gauche pero era complicado de traducir y me dolía la cabeza. “Mi grappa llega a sesenta grados”, me había dicho Giancarlo y seguro que no exageraba.

No les conté lo sucedido la noche anterior. Seguramente Paola tampoco. Y al fin olvidé preguntarles por qué mi abuelo les habría hecho creer que no quería saber nada de su hermano mientras que él le mandaba cartas y revistas. Manías de viejo, desconfianza, vergüenza, vaya uno a saber.

—Después de almorzar voy a subir a la Rocca —dije.

—Yo voy contigo —dijo Paola.

La subida no fue el paseo que me imaginaba, un poco por mis zapatillas de falso parisino y otro poco por lo empinado del camino. Lo más empinado que había desafiado yo los últimos años había sido el Sacre Coeur, y sólo una vez. Paola era una cabra. Dos pasos de ella por uno mío. Me sentí tan lejos de la épica de los abuelos inmigrantes, del repetido “de sol a sol” en la mesa familiar, que me sorprendió encontrarme cara a cara con Giancarlo. Era la hora de su paseo habitual, la hora en la que el día anterior me había asomado a su ventana para ver la foto de Perón en su santuario personal. Él parecía estar esperándome. O tenía la carta en el bolsillo para no olvidar que debía dármela antes de que me fuera del pueblo. Eso sí que no llegué a entenderlo del todo.

Giancarlo se acercó mientras sacaba la carta del bolsillo. Con la otra mano mantenía la escopeta en alto. Paola se sentó en la raíz de un árbol y encendió un cigarrillo. El jabalí apareció entre los matorrales. No era grande, según me dijeron después Cesare y Augusto, pero para mí era enorme, el bicho más peligroso que vi de cerca en mi vida sin contar a los hombres que me habían empujado a esconderme en París. Paola lanzó un bufido y yo pensé que era una manera rara de reaccionar ante el peligro. Pero su reacción no tenía nada que ver con el jabalí. Quizá ni lo había visto. Lo que sí había visto era a Antonio venir por el camino, con cara de exigir explicaciones. Las rebeldías de ella lo estaban dejando mal ante la familia y el pueblo, que en este caso eran lo mismo. No sé lo que Antonio suponía. No sé si me consideraba el origen del malestar de ella. No hubo tiempo de aclarar nada porque el jabalí se interpuso entre él y Paola. Arremetiera para donde arremetiera, alguien la pasaría muy mal. Según la lógica de Giancarlo la peor parte la llevaría la retaguardia, aunque ahí era difícil saber qué rol cumplía cada uno.

Antonio se quedó paralizado. Sus ganas de pedir explicaciones se esfumaron. Paola esta vez lanzó un gemido. No hubo tiempo para nada más porque el escopetazo de Giancarlo dio de lleno en el costado del jabalí. Nos reunimos los cuatro a mirarlo morir. Yo, en lugar de internarme en las variables de la valentía y en las desventajas de estar en la retaguardia, pensé en lo que sería capaz de pagar un parisino por un trozo de esa carne, en las personas que desearían estar allí, en mi lugar, para balearlo, verlo morir, carnearlo, comerlo.

Giancarlo se fue sin agregar nada. Antonio y yo cargamos el animal. Paola ayudaba cuando el camino se volvía más empinado. Al vernos llegar, Cesare se puso muy contento. Cuando le dijimos que lo había cazado Giancarlo simplemente sacudió la cabeza. Antonio me llevó aparte y me preguntó por qué Giancarlo no se había llevado el jabalí. Sacudí la cabeza igual que Cesare. Quizá no comía carne, o era demasiado pesado. O de puro orgullo.

En la cena hablamos de programas de televisión y de viajes de placer. Con la excusa de que no quería adormecerme durante el viaje comí sólo pan y queso. A la tercera vez que me dijeron que no era bueno viajar de noche les prometí que me detendría en la casa de un amigo que vivía en Lausanne para descansar antes de seguir. Antonio y Paola cenaron tomados de la mano. Ella manejaba el tenedor con la zurda. Augusto bajó a la cava y me trajo dos botellas de vino y dos de grappa. Antes de subir al coche, Cesare me alcanzó dos y dos de la cosecha propia. Abracé a todos mientras les prometía que volvería pronto. Estaba dispuesto a cumplir. Paola fue la última. “Chau, primo”, me dijo en el mejor español posible.

Manejé hasta la rotonda pero en lugar de ir hacia la ruta tomé la calle de la casa de Giancarlo. No me importó que los del pueblo me vieran. Dejé el auto lo más lejos posible para que Giancarlo no me escuchara, eso sí me importaba. No quería tener que dar explicaciones. Del mismo bolsillo donde guardaba la carta que Giancarlo había escrito para que yo le entregara al “General Juan Domingo Perón / Su Despacho” saqué el carnet de afiliado al partido, lo dejé caer en el buzón y regresé a París.


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