Marianita

Nos mudamos a zona sur cuando cumplí diez años. Pasar del barullo del microcentro al silencio del barrio significó la pérdida total del anonimato. Ya no era una piba del edificio de dieciocho pisos sino la hija de que se junta con. En un principio fui la vecina de Marianita, la hija de la bioquímica que vivía al lado. La cuadra entera era una revista leída por todos y cuando faltaba algún dato para titular un chisme se acudía a un adjetivo, marca de auto o ubicación: la puta del duna, el falopero del citroen o la bobita de la esquina: así había apodado yo a Mariana.

Por la tarde, los adultos tomaban mate en la vereda mientras las nenas andaban en bici. A los pocos días, me compraron una mountain bike de adolescente para que yo también lo hiciera. A partir de este gesto entendí que el barrio funcionaba como un dominó y que, sin discreción, había que imitar o superar lo que hicieran los vecinos. A esa misión, se sumó el deseo familiar de que hiciera amigas, "para que la nena no sufra tanto el cambio", había escuchado decir a mi madre. Nunca entendí a qué cambio o sufrimiento se refería. Ni me gustaba vincularme con gente ni planeaba extrañar a nadie. De casualidad y por un gesto de cortesía devenido diálogo, me hablaba con una sola señora en el edificio. El propósito de la bicicleta era ambicioso: volverme una de las nenas en bici. Quizá por eso habían elegido una fornida mountain bike.

En poco tiempo, mis padres se unieron al mandamiento de la cuadra y a eso de las seis sacaban las reposeras a la vereda. Hacían tiempo tomando mate con nutrasuí y esperaban a que hubiera otras hijas pedaleando para sacarme a andar. Yo me sentía un perro en su horario de paseo, los odiaba. A propósito, andaba de esquina a esquina con el walkman puesto, cosa de no hablar con nadie. Así y todo, Marianita me frenó a la vista de mamá, me bajé los auriculares y, luego de un silencio, lo dijo: “¿querés ser mi amiga?”. Mamá respondió por mí con una mirada de ternura. Yo la miré con odio, suspiré y volví a la bobita: “bueno, dale”.

Al día siguiente estaba en el patio de la mansión de Mariana jugando a cosas de lelas. Enseguida comprobé que Marianita era más estúpida de lo que pensaba. A mamá, en cambio, le encantaba que tuviese una amiga. No podía verme sola que enseguida me mandaba a buscarla. Una tarde escuché a nuestras mamás hablando en la vereda. Graciela se hundía la mano en el pecho y decía que le preocupaba que su hija fuese mitómana. Mamá hizo el sonido de compasión que hace cuando algo la apena y largó un "pobrecita, mi vida", que me dio pie para interrumpirlas. Cuando les pregunté qué era eso, me dijeron que así se les decía a las nenas muy tímidas.

Otra tarde de verano, me invitó a su casa y tuve que ir. Le propuse jugar al cuartito oscuro. Ella dudó y propuso las muñecas pero yo le mentí y le dije que con mis amigas –que eran más grandes– no jugábamos más a esos juegos de nena. Volvió a dudar pero aceptó. Me tocó esconderme primera. Estuvo tres horas para encontrarme en un cuarto diminuto. Hasta en eso era lenta. Después me tocó a mí ser la que buscaba. Le di tiempo para esconderse y, mientras esperaba afuera tuve un impulso que no pude rechazar. Cerré la puerta del cuarto –que sólo se abría desde afuera– y me fui corriendo a casa. Me latían fuerte el corazón y la panza, sabía que lo que había hecho estaba mal. Lo que no sabía –y tampoco sabría Marianita hasta esa tarde– es que era claustrofóbica. Lo supo gracias a la crisis que tuvo al encontrarse encerrada.

Al rato su mamá fue a casa para hablar con la mía. El llanto de Mariana se escuchaba desde el patio. Mamá me llamó de un grito y me preguntó adelante de la mujer por qué había hecho eso. Yo puse mi mejor cara de desentendida y le dije que no sabía de qué me hablaba, que me había ido de su casa porque Mariana me había echado luego de encerrarse. Su mamá quedó helada, hizo una pausa y terminó pidiéndole disculpas a la mía.

A la noche, durante la cena, mamá me esquivó la mirada como cuando se manda una cagada y después se manda la parte. Papá, en cambio, me miró fijo hasta que le arqueé las cejas en gesto de burla. Me preguntó por qué lo había hecho. Le dije que un buen susto le saca la timidez a las mitómanas, que lo había leído en su libro de cosas de psicología.

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